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Sunday, October 18, 2026

El rector y el porqué de las cosas

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Hace unas semanas el rector Carlos Peña publicó una columna titulada “¡Faltaba más!”, la que causó una seguidilla de comentarios y respuestas en las páginas de un matutino de la capital.

El que el escrito de Peña haya sido polémico no es sorprendente - ¡faltaba más!

Lo interesante es que su contradictor fue otro rector – Carlos Williamson de la Universidad San Sebastián -, una experimentada autoridad en materias universitarias, quien durante años estuvo a cargo de las finanzas de la Pontificia Universidad Católica de Chile, institución ranqueada en primer lugar en nuestro país.

Sin exagerar se puede decir que fuimos testigos de un “duelo entre titanes de rectorías”.

Todas las semanas el público lector espera con ansias la columna de Carlos Peña. Sus razonamientos lógicos, sus dardos afilados, su rigurosidad a toda prueba deleitan a decenas de miles de espectadores.

Las víctimas de su aguda y certera pluma tiemblan.

Algunos tratan de responder, otros optan por el silencio, y me aseguran que más de uno jura vengarse en el futuro.

Nada de esto hace mella en el rector. Sigue adelante exponiendo los razonamientos torcidos y oportunistas de adversarios de todas las posiciones políticas e ideológicas.

En los almuerzos familiares de los domingos no falta quien pregunte en voz alta, “¿Leyeron a Peña?”. La conversación que sigue puede ser caótica y vociferante, pero siempre está revestida de admiración por lo erudito, lo leído y lo culto del columnista.

Invariablemente alguien menciona que sus referencias a autores en diferentes disciplinas son profusas y certeras. En su última entrega fueron siete los mencionados: Como siempre, la lista la encabezaba Immanuel Kant, el que en esta ocasión estuvo acompañado de Paul Samuelson, Vilfredo Pareto, Nicky Kaldor, John Hicks, Maynard Keynes y John Rawls. Un ramillete de lumbreras. Faltó Max Weber para lograr lo que los hípicos llaman una trifecta.

Pero volvamos a “¡Faltaba Más!”. En ella Carlos Peña repudia, con claridad y sin ninguna duda, la violencia observada durante la marcha de la Confech de hace unas semanas.

Pero no se queda en eso. Argumenta, con razón, que condenar la violencia estudiantil es indispensable, pero insuficiente. Nos dice Peña que es esencial entender el porqué de las cosas, el porqué del malestar, de la anomia, de la desesperanza. Una sociedad que se limita a condenar las conductas sin preguntarse por sus causas renuncia a comprender lo que le está ocurriendo, y sin comprensión no se pueden encontrar soluciones.

La respuesta no se hizo esperar. Carlos Williamson y otros críticos advirtieron que el esfuerzo por comprender las causas de la violencia podía terminar diluyendo la responsabilidad de quienes la ejercen. Felipe Balmaceda recordó que, por adversas que sean las circunstancias, los individuos conservan su capacidad de elegir. Otros cuestionaron la explicación misma: ¿Por qué atribuir las agresiones a la frustración juvenil y no a la ideología, al fanatismo o al cálculo político? ¿Con qué evidencia podía Peña descartar que los agresores fueran, precisamente, esas hordas inflamadas de ideología a las que se refería?

Peña respondió que sus contradictores no habían entendido su argumento. Una cosa es juzgar una conducta y otra muy distinta explicar por qué ocurre. Recurrió nuevamente a Kant y a la distinción entre quid juris y quid factis. Insistió en que condenar sin intentar comprender es renunciar a una de las tareas esenciales de la razón. Williamson replicó que nadie discutía esa distinción. El problema era otro: Peña exigía investigar las causas, pero parecía haber decidido de antemano cuáles eran. Citando al propio Kant, recordó que un juicio que se adelanta a la reflexión no es otra cosa que un prejuicio.

La discusión se enriqueció con nuevas intervenciones. Algunos insistieron en que el problema principal era la tolerancia de ciertos sectores hacia la violencia política. Otros preguntaron por qué las frustraciones juveniles parecían expresarse con mayor virulencia frente a gobiernos de un determinado signo. El debate había avanzado: ya no se trataba solamente de distinguir entre explicar y condenar, sino de determinar qué explicaciones tenían fundamento y cuáles eran simples conjeturas.

Hasta aquí, mi simpatía está con Peña, aunque Williamson tiene razón al exigir rigor en la identificación de las causas. La distinción entre comprender y juzgar es fundamental. No son actividades equivalentes, ni tienen por qué ir siempre juntas. Hay circunstancias en que basta con comprender; otras en que el juicio moral es inescapable. El problema consiste en saber cuándo estamos frente a unas y cuándo frente a las otras.

Se puede intentar comprender por qué los nazis llegaron al poder en Alemania en 1933, o por qué se produjo el golpe militar chileno de 1973. Pero ninguna explicación histórica, por rigurosa que sea, permite prescindir de la condena del Holocausto o de las violaciones de los derechos humanos cometidas durante nuestra dictadura. Por supuesto, Peña tampoco vacila en condenar la violencia estudiantil. En eso no hay discrepancia.

Pero falta un tercer paso. Una vez que hemos comprendido las causas de un fenómeno y emitido, cuando corresponde, un juicio moral, ¿qué proponemos hacer? No basta con identificar las raíces del malestar juvenil, ni con condenar sus manifestaciones violentas. Es necesario avanzar hacia propuestas concretas, delinear estrategias, señalar caminos posibles para enfrentar esas frustraciones. Comprender, juzgar y proponer. Tres tareas distintas que no deben confundirse y que, frente a problemas como este, se complementan.

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