Mudanzas, ludopatía y salud mental: Machado, la historia íntima de un famoso clan de actores

Durante los 80 y los 90, los Machado fueron una de las familias de actores más reconocidas de la televisión. Personajes centrales de algunas de las telenovelas más populares de aquellos años, con el tiempo se volvieron familiares en los hogares argentinos. Sin embargo, detrás de los sets, los escenarios y la fama había otra historia, más íntima y mucho más compleja, donde las mudanzas, las adicciones y los problemas de salud mental coparon la escena. Impulsado por la curiosidad, Julián Tagle −nieto de Rodolfo Machado, el patriarca del clan− acumuló imágenes, charlas y postales cotidianas de sus abuelos, de su mamá y de sus tíos sin un objetivo claro, hasta que un día empezó a mirar ese material desde otro lugar. ¿El resultado? Machado, un documental que muestra con crudeza, pero también con mucho humor y con una mirada amorosa, la historia detrás de un clan de artistas.
En 72 minutos, Tagle reconstruyó algunos de los capítulos más complejos de la historia de Rodolfo Machado; de Martha Susana, su abuela; y de los cuatro hijos de la pareja: Martha Isabel -la madre de Tagle-, Pato, Juan Ignacio y Rodol. A las imágenes que registró durante casi dos décadas le sumó varias escenas de las telenovelas en las que trabajaron los Machado, y entonces el límite entre la ficción y la realidad comienza a desdibujarse.
Producida por Tagle, Manuel Aguer y Laura López, la película se estrenó en abril en el marco de la 27ª edición del Bafici, donde obtuvo el premio a Mejor Largometraje de la Competencia Oficial Argentina, el Premio del Público al Mejor Largometraje Argentino y el galardón al Mejor Montaje. Más tarde fue reconocida como Mejor Documental en el Festival Internacional de Cine de la Provincia de Buenos Aires. Este viernes 9 de octubre llegará a Malba Cine, donde tendrá funciones todos los viernes del mes, a las 21.30.
Antes del estreno, Tagle habló con LA NACION sobre el origen de la película, la decisión de exponer la intimidad de su familia y aquello que descubrió sobre los Machado -y sobre él mismo- durante el proceso. “Creo que logré llevar la película hacia un lugar disfrutable para el público y hacer una película con la que pueda identificarse. Me parece que todos tenemos familias disfuncionales de una forma u otra”, explicó. En ese camino, aseguró, hubo dos lugares que buscó evitar: “Para mí eran muy peligrosos el golpe bajo y la solemnidad”.
-¿En qué momento apareció tu necesidad de hacer una película con la historia de tu familia?
-Mi vínculo con la película, con el material y con la posibilidad de filmar aparece desde un lugar muy de espectador. Era simplemente la sensación de: “che, esto que está pasando acá hay que filmarlo”. Era una cosa de registro del entorno y de pensar: “a esta gente hay que filmarla”. Son muy magnéticos. Delante de la cámara son prácticamente iguales que cuando la cámara no está.
-¿Cuándo te diste cuenta de que ese material podía convertirse en una película?
-Cuando empecé a pensar en editar lo que venía guardando, ponerlo en una línea de tiempo y ver qué pasaba. En la Enerc hice un retrato documental sobre Juan, mi tío, y pensé: “acá hay algo que funciona”. Tenía todo ese material y tenía en la cabeza otras cosas que me parecía que estaría bueno filmar.
-Ellos también se prestaron a contar cosas muy privadas. ¿Hubo algún límite?
-Siempre estuvieron dispuestos a abrirse y mostrar su intimidad. El tema de la ludopatía de mi abuelo fue lo único que en algún momento me hizo pensar: “che, estoy exponiendo esto”. Mi abuelo era muy prolijo con el trabajo, con sus vínculos, cuidaba su imagen. Tuve dudas sobre cómo se lo iba a tomar mi abuela, que siempre lo defendió a muerte.
-¿Y cómo reaccionó ella cuando vio la película?
-La vieron por primera vez en el estreno. Y mi abuela lo único que dijo fue: “Yo quiero que sepan que a mi marido yo lo sigo amando”. El otro día hablaba de esto con mi hermana y me decía: “Mirá, él se cagaba de risa de esto”. De hecho, uno de los unipersonales que escribió y protagonizó se llamaba Cerraron el bingo, me quiero matar. Son ellos contando su historia, no es una acción mía de exponer algo contra su voluntad. Y creo que está hecha con respeto, con amor. Incluso contando estas intimidades, me parece que hay una reivindicación de todos los Machado en la película, con amor, con humor.
-Hay algo muy personal en todo lo que contás. ¿Hubo desde el comienzo una búsqueda por entender qué había pasado en tu familia?
-No. Yo encaré el proyecto como algo que me parecía importante para mi carrera como director. Después, hacerla me acercó mucho a mi madre y a esa parte de la familia. Pasaron un montón de cosas en paralelo que tienen que ver con algo más personal: procesar un trauma, por decirlo de alguna manera, o elaborar la relación con mi madre. Pero fueron pasando lateralmente.
-¿Por qué fue importante mantener esa distancia?
-Porque si encarás el proceso con la intención de procesar un trauma o elaborar la relación con tu madre, la película seguramente sea pésima. O por ahí es buena para vos. Cualquiera que hace una película de archivo familiar tiene que preguntarse: “¿a quién le va a importar esto que estoy contando? ¿a quién se lo cuento?”.
Cuando la ficción empezó a hablar de los Machado
Además de las imágenes que Tagle registró durante casi dos décadas, Machado recupera escenas de las telenovelas en las que trabajó la familia. Puestas junto a sus testimonios, algunas parecen dialogar inesperadamente con aquello que ocurría puertas adentro.
-¿Cómo encontraste esos fragmentos?
-Fue bastante mágico. Al principio trabajé con el material que había en internet y que podía encontrar fácilmente. Por ejemplo, vi Celeste entera: son 175 capítulos de 45 minutos. Estuve tres o cuatro meses haciendo eso. Arrancaba mi día a las nueve de la mañana, me hacía el mate, ponía Celeste y veía la novela. Al principio buscaba las escenas de mi abuelo y, cuando terminé de extraerlas, tenía 24 horas solamente de escenas de él.
-¿Y cómo encontraste los fragmentos que finalmente incluiste?
-Agarraba al azar cualquier capítulo y donde caía encontraba algo que me servía. En un momento aparecía mi abuelo preguntándole a otro personaje: “¿Sabés lo que quiero que diga mi epitafio?”, y yo ya estaba editando una escena en la que mi mamá contaba qué quería él que pusieran en su epitafio. Entonces pensé: “La voy a ver entera”.
-La película empieza con vos viajando a Chivilcoy para recuperar una caja de objetos de los Machado que había terminado en un depósito. ¿Qué encontraste ahí?
-Una caja de VHS con grabaciones que hacía mi abuela de la televisión cada vez que aparecía algún Machado. Yo sabía que existía, pero se había perdido de una mudanza a otra. Ese material terminó reemplazando todo el archivo televisivo que tenía en la película.
Una nueva mirada
Tagle afirma que el cambio en la manera de mirar a los Machado ocurrió casi “por accidente”: a medida que avanzó con la película, algunas de las certezas con las que había comenzado a reconstruir la historia familiar se modificaron. Una de ellas tenía que ver con su abuelo. La otra, con su mamá.
-¿Hacer la película cambió la manera en la que entendías a tu familia?
-Totalmente. Arranqué creyendo que el culpable del presente trágico de sus hijos era mi abuelo, por su ludopatía, por su inconstancia con la vivienda. Pero haciendo la película me di cuenta de que las cosas no son tan lineales. Ellos lo quisieron y lo quieren mucho. Yo también. Me sacó un poco ese prejuicio. Y la forma en la que ellos transitan las cosas malas que les pasan es un poco el mensaje lindo de la película y lo interesante con lo que me encontré en mi propia familia. Y me di cuenta de que yo también lo tengo.
-Porque sos Machado.
-Claro, yo soy Machado, exactamente.
-También encontraste recuerdos muy distintos.
-Sí. Algunos hablan de que mi abuelo desaparecía cuatro días y mi abuela lloraba, y otros me decían: “Fue hermosa nuestra infancia, nuestra adolescencia. Nos cagábamos de risa, vivíamos en el campo, teníamos caballos”. Disfrutaron mucho de su infancia y de su adolescencia. Después se les fue un poco de las manos. Creo que hubo una falta de límites, pero tampoco es tan lineal, tampoco es tan simple.
-En el caso de tu mamá, ¿cómo fue cambiando tu vínculo con ella?
-Mi mamá tuvo su primera internación cuando yo tenía 11 años y se fue de mi casa cuando yo tenía 13. Ahí arrancó una serie de internaciones psiquiátricas que continúa hasta el día de hoy. Yo entré en la adolescencia en ese momento e inevitablemente se generó una distancia. Tenía una madre con problemas de salud mental y yo era un adolescente. A esa edad querés estar con tus amigos, haciendo tu vida. Creo que inevitablemente se genera una distancia emocional. Y un poco la película me vuelve a acercar a ella.
-¿Qué significa para vos que ella sea la protagonista de tu primera película?
-Estoy en el momento más importante de mi carrera profesional. La película pasó por Bafici, le fue bien, ganó premios. Y eso me lo está dando ella. Eso me pone en otro lugar en el vínculo, en un lugar de agradecimiento. Esta película existe gracias a ella, gracias a cómo es y gracias, por feo que suene, a la historia que tuvo. Por trágica que sea.
-La película cuenta historias muy duras, pero lo hace con humor y deja también una sensación de esperanza. ¿Era importante encontrar ese tono?
-Sí. Creo que un poco el mensaje es: “La vida es una mierda, pero podés ser feliz y amar a la gente que tenés alrededor”. Hay algo de poder contar con humor una historia así, por más fea que sea. Las funciones que más disfruto son aquellas donde la gente más se ríe. Y a veces sucede en momentos que yo no había pensado como cómicos. Y también pasa que la gente que más se ríe es la que más llora al final. Hay algo del tránsito entre la tragedia y la comedia.
-En un momento aparece la idea de que este podría ser “el final de los Machado”. ¿Sentís que fue así?
-Creo que es el final de la familia como había sido hasta ese momento. El cambio empieza con la muerte de mi abuelo, con la internación de mi abuela y con dejar de tener esa casa a la que siempre volvíamos. Había algo del hogar que se rompe, que termina, porque así es la vida. Y eso también da lugar a otra cosa.
-¿La película vino a sanar algo dentro de la familia?
-Hay una idea medio romántica en eso. Yo trato de no pedirle más a la película que lo que puede dar en una sala de cine. Lo primero que filmé, hace veinte años, fue a toda la familia reunida. Creo que no volvimos a estar todos juntos en el mismo lugar hasta el día del estreno.
-¿Y qué pasó ese día?
-Se abrazaron todos, dijeron: “Qué linda la película, qué genio Juli”, todo. Al día siguiente estaban todos peleados fuerte de nuevo.
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