Catalina Siles: “Que hayan más niños es un bien social que trasciende posiciones valóricas que pueda tener este gobierno u otro”

Catalina Siles es licenciada en historia, magister en Historia y doctora en Sociología de la Universidad Católica de Chile. Desde marzo de este año, es asesora del gabinete de la ministra María Jesús Wulf, de Desarrollo Social. Y su mandato es uno: trabajar en el plan “Chile Renace”, que busca generar políticas públicas que detengan la caída en la tasa de natalidad y logren acercarla a la tasa de reposición.
Hoy, Chile tiene una de las tasas más bajas del mundo -0,99 hijos por mujer-, y en un debate que mezcla economía, calidad de vida y orientaciones valóricas, Siles plantea cuáles son, a su juicio, las variables fundamentales de esta crisis. Lo mismo hace en el libro “Donde nace el mundo. Familia y natalidad en tiempos de desarraigo” que se publica en diciembre al alero del de Estudios de la Sociedad.
¿Cuáles son las causas de esta fuerte baja en la natalidad que hay en Chile en los últimos años?
Aquí se combinan múltiples factores que, además, no son propios de Chile, sino que son parte de un fenómeno global, pero que tienen que ver con restricciones económicas, con un acceso a la vivienda cada vez más difícil. Con dificultades de conciliación familia y trabajo, con pocas redes de apoyo en los cuidados. Con una postergación también de decisiones familiares desde el emparejamiento y después, eventualmente, con la llegada del primer o más hijos. Redes de apoyo comunitario y familiares cada vez más debilitadas, esta gran familia que había sido un sostén importante en la historia de Chile, está cada vez más disminuida y eso hace que la crianza se vea cada vez con más soledad.
¿Las causas son en su mayoría materiales y económicas?
Es difícil medirlo. Hay causas materiales, pero hay un peso muy importante -me atrevo a decir incluso más relevante- de un cambio cultural importante en Chile y en el mundo en las últimas décadas. Tener hijos hasta hace poco tiempo era como un capítulo ineludible de la vida adulta y hoy está siendo muy cuestionado. Compite con otros proyectos de vida, otras alternativas, sobre todo para las mujeres que hace un tiempo no las tenían y ahora se han abierto para ellas, que parecen incompatibles con tener hijos por los mismos motivos que decía antes: la conciliación, el apoyo en los cuidados, las exigencias de corresponsabilidad. Pero también se ha disminuido el valor o el sentido que tenían los hijos en esos proyectos de vida, en las expectativas que queremos no solo para nosotros sino para nuestros hijos. Esos cambios que a veces son más profundos y más difíciles de enfrentar han tenido un rol importante.
¿Más importante que los factores materiales o tangibles que se plantean?
Me es difícil poner proporciones, tal vez 50-50, porque hay mucha variación según el territorio y el grupo. Hay países que tienen sistemas de seguridad súper importantes, sistemas de cuidados, de calidad educativa, y que sin embargo tienen también una baja persistente, lo que muestra la importancia del factor cultural. Eso sugiere que los cambios culturales son más gravitantes de lo que pensamos. Tienen que ver con la diversificación de proyectos de vida, el menor valor de los hijos, la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida, la pérdida de un sentido de trascendencia, no solo religioso, sino como a un nivel más profundo. La secularización ha influido en esto y las trayectorias vitales están mucho más cargadas hacia un individualismo. Los proyectos comunitarios han perdido relevancia en esos proyectos vitales, que están más cargados a la autonomía, la libertad, y donde, claro, la dependencia muchas veces aparece como una amenaza a la vida y a la libertad personal.
¿Le atribuyes algún factor al feminismo en este fenómeno de cambio cultural en relación con la maternidad y los hijos?
El feminismo es una corriente muy diversa, pero la relación del feminismo y la maternidad ha sido muy compleja, sobre todo desde la segunda ola con Simone de Beauvoir, donde tal vez el feminismo más crítico de la maternidad o de cómo ésta se ha vivido hasta entonces ha adquirido predominancia. Hay una crítica de que la sumisión de la mujer o su confinamiento al ámbito doméstico, está asociado a la maternidad, lo cual es cierto, digamos, y que por tanto, para abrir caminos para las mujeres en el ámbito público de alguna manera había que renunciar a él. Y eso sin duda ha influido en este cambio cultural.
Sin embargo, también dentro del mismo feminismo hay lo que Mary Harrington llama el feminismo del cuidado, que dice: el problema no es la maternidad en sí misma, sino cómo se ha entendido por los sistemas patriarcales. Lo que tenemos que hacer es revalorizarla y mostrar que no es un camino incompatible con otras cosas, que las mujeres pueden aportar al mundo público y laboral, y eso no significa tener que renunciar a la maternidad y, sobre todo, mostrar que una maternidad bien acompañada puede ser un espacio de satisfacción y realización.
Y desde el punto de vista del Estado, ¿qué es lo que puede y no puede hacer? ¿Puede plantear una visión revalorizada de la maternidad?
Hay que tener muy claro eso, cuáles son los límites de la acción del Estado en esto y de las políticas públicas...
Partiendo de la base de que un gobierno siempre tiene una visión...
De todas maneras, y este gobierno tiene una visión positiva hacia la importancia de la familia, la presencia de niños y niñas como un bien humano y social, la importancia de las nuevas generaciones para la continuidad de nuestras comunidades.
Pero también sabemos que la valorización de tener hijos, de que esto haga sentido, no es algo que se pueda manejar con un decreto ni a nivel legislativo. Si bien al Estado le corresponde un rol importante, aquí se requiere de la voluntad de las personas, de las familias, de las empresas para que en su organización se valore la familia y que no se vea como un impedimento para el trabajo. De las instituciones educacionales, de todos los actores sociales, de también cómo transmitimos positivamente y no solo como un costo el tener hijos.
¿Eso implica compatibilizar de alguna forma el costo de tener niños entre la familia y el Estado? ¿Ves un rol más activo por parte del Estado en este tema?
Sí, o sea, cuando hablamos de corresponsabilidad hablamos de corresponsabilidad social: que las familias son las primeras responsables de sus hijos, pero que lo que hacen los padres y las madres es en beneficio de todos. No es solamente un bien privado, sino que es un bien social que por un asunto de justicia corresponde que sean apoyadas y el Estado quiere contribuir a eso.
Uno pensaría que un gobierno como el de José Antonio Kast querría tener al Estado lo más lejos posible de lo que es el ámbito privado de las personas...
Claro, pero depende cómo pensemos esta acción del Estado, siempre desde una premisa fundamental que ha estado en los gobiernos de derecha, que es el de la subsidiariedad: dejar que la familia haga lo que solo ella puede hacer bien, no sustituirla en esos ámbitos, pero sí apalancarla en aquellos aspectos en que puede estar más débil. Siempre respetando la libertad de las personas y de la familia y su proyecto educativo y de crianza.
¿De qué familia estamos hablando?
En Chile hay muchas realidades familiares y, en el fondo, el apoyo que el Estado tiene que dar a esta familia va a depender de esa realidad y de las necesidades concretas de cada una de ellas. Sin embargo, también puede pensar en cómo fortalecer los vínculos familiares, sabiendo que el bienestar tanto de los niños como los adultos en esas comunidades va a ser mejor en la medida en que haya vínculos sólidos y estables, que haya corresponsabilidad entre padres y madres y que uno pueda apoyar y promover eso. Que haya también un mejor vínculo entre generaciones, que ha sido parte fundamental de la idiosincrasia chilena.
¿Estamos hablando de poner en valor la figura de la familia tradicional?
Lo que a veces pensamos como familia tradicional, ha sido bien poco tradicional en la historia de Chile. Esta familia entendida como el matrimonio, con hijos, fue una experiencia en Chile que duró algunas décadas. Esa familia, si bien tenía ciertos aspectos positivos - tal vez la presencia de ambos padres, uniones formales que pueden facilitar la estabilidad de los vínculos-, también en su dinámica interna tenía otros problemas. A veces una división de roles de género muy estricta, muchas veces, sobre todo, en perjuicio de las mujeres. Estructuras a veces muy jerárquicas, verticales, una presencia cotidiana del padre débil. Entonces para mí no se trata de volver atrás, sino de mirar hacia adelante y ver la evidencia que existe de cuáles son las configuraciones familiares que favorecen mejor el bienestar tanto de niños como de adultos. Y eso sí se puede ver que hay vínculos sólidos que permanecen en el tiempo, una resiliencia familiar que hace que se puedan enfrentar dificultades.
¿Cómo hacer que esto sea un tema país y no se encasille como algo valórico?
Aquí hay un acuerdo muy transversal de la relevancia que esto tiene para el futuro, incluso para el presente del país. Las consecuencias a nivel estructural, lo que va a implicar para el crecimiento económico, para el mercado del trabajo, para el sistema de seguridad social, pensiones, salud, las implicaciones que tiene el envejecimiento para los sistemas de cuidado es algo que nos debería preocupar a todos. Y ya estamos empezando a ver las consecuencias.
Pero a mí, en realidad, lo que más me preocupa y creo que debería preocuparnos a todos es el estrechamiento o la reducción de los vínculos y su debilitamiento. Que haya menos familias, cada vez más atomizadas, más aisladas, es algo que tiene consecuencias cotidianas para la vida de las personas, en múltiples ámbitos afectivos, de cuidado, de apoyo. La familia es un espacio de acogida de las personas en todas sus dimensiones que ninguna otra institución, ni el mercado, ni el Estado, ni siquiera otros organizadores de la sociedad civil pueden cumplir.
Al mismo tiempo un país sin niños es un país más triste, menos humanizado, es un país menos cohesionado, con menos perspectiva de futuro. La experiencia de muchas personas hoy es sin niños. Y eso también tiene implicaciones, incluso políticas democráticas en el futuro, de cómo tomamos las decisiones. Entonces, que hayan más niños, que hayan nuevas generaciones, es un bien social que trasciende posiciones valóricas que pueda tener este gobierno u otro.
¿Qué experiencias extranjeras están tomando como ejemplo?
No hay ningún país que haya logrado revertir la tasa de fecundidad a nivel de reposición generacional que es 2.1, pero hay países que al menos han logrado detener la tendencia a la baja, que es lo que esperamos nosotros, y tal vez con el tiempo aumentar algunos puntos en la tasa global de fecundidad. Países como Francia, países nórdicos, han logrado detener y subir algunos puntos un poco más cercanos a la tasa de reposición, alrededor de 1.5. El problema es que son realidades muy distintas. Francia ha logrado esto a través de un gasto social importante que es difícil de sostener en el tiempo y vemos la crisis que eso ha generado. En un país con la economía que tiene Chile, que todavía no logra repuntar, es difícil aspirar a un sistema como ese. Creo que la conclusión fundamental, más que medidas particulares, es que aquí se necesita acción a largo plazo y sostenida en el tiempo en distintos ámbitos que son los ejes en los que estamos trabajando: el costo de la crianza, vivienda, cuidados, conciliación, incluso formación de parejas, que también es un fenómeno mundial.
Y además queremos añadir este último eje que tal vez es mucho más desafiante, más difícil de hacer, y de actuar, sobre todo para el Estado, que tiene que ver con las normas sociales y culturales y cómo podemos proponer un discurso más positivo sobre la vida familiar, sobre tener hijos.
¿Pero es el Estado el llamado a hacer eso?
El Estado no es el principal actor, pero creo que se puede. El Estado siempre entrega mensajes de una u otra forma, de valorizar ciertas cosas, de hacia dónde quiere encaminar el país. Hace un tiempo leía una noticia en Mongolia sobre el significado que tenía el estatus de la maternidad, que es algo que se ha perdido. Allá el gobierno empezó a entregar unas medallas de honor en reconocimiento de este estatus. Y a veces eso puede tener más relevancia de la que uno piensa.
El Bono Bodas de Oro, bueno, tal vez no tiene una implicancia muy significativa, pero son mensajes simbólicos. Muchas de estas propuestas de política pública, tienen no solo consecuencias prácticas, sino que tienen consecuencias simbólicas del mensaje que uno quiere dar a la sociedad.
La derecha suele abordar este tema desde un prisma valórico. La izquierda, más bien material. ¿Hay puntos de encuentro?
Creo que hay muchos más ámbitos de acuerdo de lo que uno piensa. Porque cuando uno dice fortalecer los vínculos de pareja, ¿en qué se traduce eso? No solo es, por ejemplo, promover el matrimonio. Puede ser desde la reformar la sociedad conyugal, modernizar ciertas instituciones para que sean también más deseables para las personas. También uno podría pensar en políticas públicas donde haya mayor ámbito de acción para las iglesias, pensando en que la evidencia muestra que los grupos religiosos todavía tienen más hijos que los que no.
Hay un ámbito de acción súper amplio en los que yo creo que podemos tener muchos acuerdos sobre los que se podría actuar, pero sobre todo también hacer un llamado a que esto no es solo una responsabilidad, sino que se requiere de la acción de las empresas, de los colegios, de las universidades, de las comunidades barriales, de las familias extensas para apoyar. Y que esto va a ser como un trabajo en conjunto, o sea que la aldea la vamos a construir entre todos para generar este cambio.
¿Cómo se encadena esto con la batalla cultural de la derecha, que empujan sectores cercanos a Kast?
Nosotros hemos tratado de no meternos en eso y, sobre todo, no enmarcar esta preocupación dentro de la batalla cultural. La misma composición de la comisión habla de eso, también se armó una bancada por la natalidad dentro del Congreso. Las distintas universidades o centros de estudio que se han metido en estos temas muestran que es un tema que trasciende esos marcos. A algunos les preocupa el futuro económico del país, a otros las familias, otros están muy preocupados por las consecuencias que puede tener en la soledad, otros en el envejecimiento. Los distintos actores están aproximando este tema desde distintos puntos de vista, con distintos énfasis y preocupaciones, pero hay una mirada muy transversal de la importancia que tiene esto, y no solo a nivel país, sino a nivel mundial. Esto es una preocupación para la ONU, para los países de la OCDE.
¿Cuáles son los riesgos de que esto no se revierta?
El otro lado de la moneda es el envejecimiento poblacional y lo que esto va a implicar para el país, digamos, una población cada vez más envejecida en términos del gasto en salud, que va a subir exponencialmente del gasto en pensiones, la PGU va a significar varios puntos del PIB. También el cierre de todo un ámbito que tiene que ver con la infancia, como los colegios. Un mercado laboral cada vez más reducido que tiene que sostener además todo este sistema de protección social. Menos juventud también implica en general menos innovación. Una progresiva institucionalización del cuidado, que, si bien puede ser muy positivo, nunca va a reemplazar el cuidado personal familiar. Incluso puede repercutir en la seguridad en términos como estratégicos, en la soberanía de los países.
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