Todo lo que dice un libro sin palabras

El escritor e ilustrador Shaun Tan (1974) estaba empantanado. “Quería poner a los lectores en los zapatos de un extranjero”. Ojo: no contarnos, hacernos experimentar.
“Buscaba puntos de contacto, sentimientos y situaciones de los inmigrantes, como la nostalgia, los problemas burocráticos, la comida desconocida o las dificultades con el idioma”, explicó en entrevista.
Por eso, cuando llenaba páginas con diálogos y explicaciones, la obra se sofocaba.
Entonces, decidió borrar todas las palabras. Chau texto. Quedaron las imágenes. Y Emigrantes, una maravilla que cumple 20 años (y que acá edita el Fondo de Cultura Económica, en una edición para atesorar), empezó a respirar.

Una familia global
Claro que Shaun sabía muy bien cómo se siente ser un sapo de otro pozo, esperanzado.
Él nació en Australia. Su papá, chino, había llegado desde Malasia para estudiar arquitectura. La mamá era australiana, de raíces anglo-irlandesas. Su mujer, Inari Kiuru, nació en Finlandia. Su hija (cuyo nombre no revela) es segunda generación australiana. Y siempre recuerda que la familia adoptó un loro, Diego, originario de Sudamérica.
Además, para Emigrantes, Shaun se internó en los archivos sobre quienes arribaban a la isla de Ellis, Nueva York, para fundar una vida a fines del siglo diecinueve.
Así que arrebatarle las palabras al libro fue un ejercicio de empatía radical, para que nos cale el desconcierto.

“No hay guía para interpretar las imágenes del libro… se trata de buscar el sentido y la familiaridad en un mundo donde son escasas o están ocultas”.
Artes sin fronteras
Hay más. Las ilustraciones de Shaun, otras maravillas que también te hacen perder, como la poesía.

Las viñetas de Emigrantes se alimentan de un mar de influencias: desde los tonos sepia de las fotos antiguas de los recién llegados a la isla de Ellis (“las miradas fijas, los detalles de la ropa gastada y la textura del papel viejo”) hasta el surrealismo (“no para crear absurdo sino para mirar cada objeto cotidiano como si fuera un enigma”).

El cine es otra clave. De eso, Shaun también sabe. En 2011, cinco años después de publicar Emigrantes, ganó un Oscar por el corto La cosa perdida, además del Astrid Lindgren Memorial, uno de los mayores premios de la literatura para chicos.
En Emigrantes, como en la pelis mudas de Buster Keaton y de Chaplin, y como en Metrópolis de Fritz Lang, la iluminación, el ritmo de los cortes y la gestualidad dicen mucho.

Los libros álbumes o ilustrados vienen ganando terreno entre los adultos. Pero todavía hay prejuicios. Si tienen dibujos son para chicos (como si eso implicara obras menores). Lo cierto es que ilustraciones y textos, juntos, multiplican sentidos. Un editor experimentado definió: "Son 1x2", en un libro, dos.
Shaun lo dijo así: “Lo fascinante del formato libro álbum es su capacidad para apelar a una atención primaria, casi infantil, sin importar la edad de quien lo sostiene. En 'Emigrantes', las imágenes funcionan como un alfabeto desconocido que exige ser descifrado paso a paso, devolviéndole al lector adulto esa sensación olvidada de no entender del todo lo que lo rodea”.
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