Cómo la Segunda Guerra Mundial llevó a más mujeres a las fábricas, pese a los prejuicios y la desigualdad
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La Segunda Guerra Mundial fue uno de los grandes puntos de inflexión en la incorporación de las mujeres al trabajo industrial. Sin embargo, el empleo femenino, impulsado por la ausencia de los hombres en fábricas y oficinas, siguió condicionado por los prejuicios sexistas de la sociedad occidental de los años cuarenta.
La incorporación de las mujeres al trabajo en el mundo occidental se remonta a finales del siglo XVIII, con la Revolución Industrial. Pero el acceso al empleo en igualdad de derechos tardó varios siglos en madurar. Las sociedades industrializadas contaron con trabajadores y trabajadoras para expandir sus fábricas, aunque la desigualdad salarial y la discriminación que impedía a las mujeres desempeñar ciertos oficios persistieron.
Con el tiempo, algunas industrias, como la textil, llegaron a estar ocupadas principalmente por mujeres, que seguían cobrando mucho menos que los hombres. La tendencia se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX, pese a hitos como la aprobación del sufragio femenino en algunos países y la entrada de las mujeres en las universidades para estudiar carreras consideradas «apropiadas» para su género.
La Primera Guerra Mundial ofreció a muchas mujeres un primer contacto con empleos reservados hasta entonces a los hombres. Algunas se alistaron en los ejércitos, pero muchas otras dejaron sus hogares o sus trabajos como enfermeras, maestras, secretarias y camareras para ponerse el mono de trabajo y sostener la economía de sus países.
Con buena parte de los hombres en el frente, mujeres a las que la sociedad consideraba amas de casa o trabajadoras de segunda se convirtieron en una fuerza esencial para las economías industrializadas. Durante las guerras, quienes permanecieron en sus países y no fueron destinadas al frente pudieron demostrar su valía en distintos campos.

Como señala Laura Lara Martínez, escritora, académica de televisión y profesora de Historia Contemporánea de la UDIMA, «la Segunda Guerra Mundial implicó un conflicto global en una escala sin precedentes. La urgencia de movilización de toda la población hizo la expansión del papel de la mujer inevitable, aunque los roles particulares variaban de un país a otro».
Las diferencias culturales y logísticas condicionaron la incorporación de las mujeres a nuevos puestos. Aun así, la Segunda Guerra Mundial empujó a muchos países a reclutar a tantos hombres y mujeres como fuera posible, aunque con roles de género más o menos definidos: ellos solían ocupar las posiciones de combate y ellas, las tareas de apoyo, como camilleras, enfermeras o mensajeras.
En la retaguardia, los gobiernos también pidieron a la población civil que aportara su fuerza de trabajo para mantener los sectores primario, secundario y terciario. La partida de tantos hombres al frente recordó lo ocurrido durante la Primera Guerra Mundial, cuando fue necesario incorporar mujeres tanto a las industrias que ellos habían dejado como a las fábricas de munición, cuya producción aumentó.

Reino Unido: una movilización organizada
En su ensayo Madurez industrial, guerra y condición femenina, la historiadora María Vidaurreta Campillo describe que el de «Inglaterra fue el único caso de una movilización femenina “organizada” en una democracia occidental» durante la Segunda Guerra Mundial. Para ponerla en marcha, sin embargo, el país tuvo que llegar a una situación extrema.
Según Vidaurreta, «la Segunda Guerra Mundial representa la culminación del proceso de totalización de la guerra, y la utilización al máximo del capital humano masculino provocó una utilización paralela del femenino». En Gran Bretaña, el estallido de la guerra, en septiembre de 1939, encendió las alarmas económicas. El paro femenino aumentó a medida que el conflicto afectaba a las industrias de consumo, sobre todo las fábricas textiles y la hostelería.
En diciembre de 1939, 270 000 inglesas estaban desempleadas. El Gobierno británico no aprobó la entrada de mujeres en las fábricas que reclamaban su presencia hasta 1941. La derrota de Francia aquel año abrió una primera brecha en un sistema económico que no podía sostener los enormes recursos que exigía la guerra.
Como escribe Vidaurreta Campillo, «el Ministerio de Trabajo y del Servicio Nacional fue el encargado de un verdadero reclutamiento que se asemeja de muchas maneras al reclutamiento de los hombres por el ejército. Se hizo por clases de edad, empezando por las más jóvenes».
Más adelante también se ofrecieron puestos a mujeres de mayor edad, aunque al principio los empresarios no podían contratarlas. Laura Lara Martínez explica que «el porcentaje de mujeres en puestos de trabajo industrial pasó de ser del 19,75 % en 1938 al 27 % en 1945. Lo que pasa es que era muy difícil para las mujeres el pasar los días en la fábrica y luego volver a casa y realizar todas las tareas domésticas y de cuidado de la familia, por lo que muchas se vieron forzadas a abandonar sus puestos».

Además de las dificultades para conciliar el trabajo y las tareas domésticas, muchas trabajadoras británicas se habían convertido en cabeza de familia y seguían padeciendo la desigualdad salarial. Según el estudio del escritor Ian Gazeley El salario de las mujeres en la industria británica durante la Segunda Guerra Mundial, las obreras, cualificadas y no cualificadas, cobraban bastante menos que sus compañeros hombres.
Las británicas se volcaron especialmente en la industria de la munición y la fabricación de armas, donde a veces soportaban ritmos de trabajo insostenibles. Como en la Primera Guerra Mundial, las fábricas de armamento tuvieron que intensificar su producción ante la duración del conflicto.
Laura Lara Martínez, coautora junto con María Lara Martínez del libro Breviario de historia de España, señala que «la incorporación de la mujer al mundo laboral que se había visto ya en la Primera Guerra Mundial se amplifica ahora en esta segunda».
Estados Unidos: propaganda y trabajo industrial
El caso británico no fue único. En Estados Unidos, la incorporación de las mujeres al trabajo quedó asociada a una imagen propagandística muy reconocible: Rosie la Remachadora, una empleada musculosa acompañada del eslogan We Can Do It! («¡Nosotras podemos hacerlo!»).
En Estados Unidos, la incorporación de las mujeres al trabajo quedó asociada a una imagen propagandística muy reconocible: Rosie la Remachadora, una empleada musculosa acompañada del eslogan We Can Do It! («¡Nosotras podemos hacerlo!»).
El país afrontó problemas de abastecimiento similares a los de otras potencias en guerra. Al principio, tanto los empresarios como los sindicatos se opusieron a la incorporación de las mujeres. Pero pronto su trabajo se volvió necesario, incluso en una nación donde el sexismo estaba algo más arraigado que en Europa y a ellas les resultaba muy difícil acceder a un empleo.
En diciembre de 1941, Estados Unidos entró en la guerra. Con el tiempo, el conflicto impulsó un cambio de mentalidad y de organización que permitió el avance del empleo femenino.

Ese mismo año, Estados Unidos registraba más de cinco millones de personas desempleadas; en 1943, la cifra había bajado a 600 000. Muchos obreros se alistaron en las Fuerzas Armadas y otros dejaron sus puestos habituales para trabajar temporalmente en la industria armamentística.
Según Vidaurreta Campillo, «es solamente cuando es reabsorbido ese paro masculino cuando se piensa en la posibilidad de acrecentar el empleo femenino para hacer frente a las necesidades de una economía de guerra».
Como en otros países, muchas trabajadoras se hicieron cargo de las granjas familiares y sostuvieron el sector primario. Otras trabajaron en fábricas y oficinas. Laura Lara Martínez destaca que «fue en la agricultura y la ganadería donde se notó menos la discriminación de género, pues era fuente de subsistencia dentro de economías más familiares. Ahí, lo que la fuerza de trabajo de la mujer le permitiera ganar era para su célula o para su hogar».

También merece atención la incorporación de las trabajadoras afroamericanas, que sufrieron una doble discriminación en una época dominada todavía por las leyes de segregación racial. Solo cuando sus compañeras blancas ya estaban bastante asentadas en la industria algunos empleadores abrieron las puertas a las llamadas entonces «chicas de color».
Hasta 1940, cerca del 70 % de las mujeres negras trabajaba en el servicio doméstico. Las demás solían dedicarse a la ganadería y la agricultura, habitualmente como obreras. Con la Segunda Guerra Mundial, el porcentaje de afroamericanas empleadas se cuadriplicó.
Al igual que otras mujeres blancas de los estratos sociales más bajos, muchas jóvenes negras pudieron acceder a formación para mejorar sus habilidades y demostrar su valía frente a los prejuicios de la sociedad estadounidense.
La Alemania nazi: un avance impuesto por la guerra
Cuando la Alemania nazi necesitó que las mujeres ocuparan puestos en fábricas, oficinas, el sector primario y los servicios, Adolf Hitler tuvo que contradecir el modelo social que había defendido. Para el dictador, la «correcta feminidad» consistía exclusivamente en ser ama de casa, madre y esposa.
La propaganda nazi desempeñó un papel clave cuando el régimen necesitó la fuerza física e intelectual de las mujeres, tanto en el Ejército como en las industrias, en especial la armamentística. Gertrud Scholtz-Klink, líder de la Organización de Mujeres Nacionalsocialistas, se dirigió así a las germanas adeptas al régimen para animarlas a trabajar: «Nuestros hombres en el frente cumplen con su deber frente a la muerte; nosotras, las mujeres en casa, con el mismo coraje inquebrantable, vamos en la dirección que indique el Führer».

Sin embargo, la historiadora Lisa Pine explica en su artículo Las mujeres alemanas y el frente interno en la Segunda Guerra Mundial que «al comienzo de la guerra, el gobierno había proporcionado generosos complementos de ingresos a las mujeres cuyos maridos habían sido convocados, y las mujeres que habían dejado sus trabajos no estaban necesariamente dispuestas a volver a trabajar».
El número de mujeres empleadas en Alemania disminuyó entre 1939 y 1941 y, en 1942, seguía por debajo del nivel previo a la guerra. La dictadura esperaba que las mujeres de los estratos sociales más altos contribuyeran voluntariamente, pero la realidad fue distinta: las mujeres de las clases más humildes acabaron ocupando los puestos industriales.
Las trabajadoras de clase obrera se emplearon en granjas, fábricas, oficinas, transportes y otros servicios. Muchas mujeres más acomodadas, en cambio, pudieron evitar el trabajo fuera del hogar. Así, las de menor estatus social tuvieron que compaginar las tareas domésticas y el cuidado de los hijos con extenuantes jornadas laborales.
El Gobierno nacionalsocialista pidió a las mujeres que permanecían en casa que cuidaran de los hijos de las empleadas. La movilización masiva no alcanzó su punto máximo hasta 1944; antes, el régimen había preferido recurrir a mano de obra masculina de los países ocupados.
Según Vidaurreta Campillo, «de aproximadamente 31 millones de mujeres alemanas con edades comprendidas entre los catorce y los sesenta y cinco años, 14 300 000 están empleadas a media jornada o a jornada completa, lo que hace una proporción del 45 %».
También hubo numerosas mujeres que contribuyeron voluntariamente al «esfuerzo bélico». La académica Nicole Kramer explica que eran, por lo general, mujeres casadas de entre 30 y 50 años, que participaban en «trabajos de planes de protección antiaérea, costura para la Wehrmacht y distribución de alimentos, agua y ropa a las personas afectadas por los bombardeos aéreos. También ayudaron con las evacuaciones gestionando puntos de servicio para proporcionar alojamiento, ayuda con el equipaje y cuidado de los ancianos, mujeres embarazadas y niños pequeños».
La URSS y Japón: experiencias distintas
En el frente oriental, la URSS comenzó a movilizar a todas las mujeres de entre 15 y 55 años. Quienes no se alistaron en el Ejército cubrieron puestos de trabajo en la industria y el campo. En las fábricas, la proporción de trabajadoras pasó del 41 % en 1941 al 50 % en 1942, y alcanzó un máximo del 52 % en 1943.
Después descendió ligeramente. En 1945, las mujeres representaban el 50 % de la mano de obra en los ferrocarriles, la minería, la metalurgia y la industria textil. En esta última, 1944 fue un año clave: las soviéticas constituían el 90 % de las trabajadoras de los telares.
En la agricultura y la ganadería, las mujeres suponían el 71 % de la fuerza laboral en los cultivos y las granjas en 1943. El historiador Gordon Wright señala que «fueron los adolescentes, sobre todo las mujeres, los que taparon una parte de las brechas en los efectivos laborales agrícolas. En respuesta a la llamada ‹las mujeres a los tractores›, las reclutas afluyeron a los cursos acelerados organizados para enseñarles el oficio».
Aun así, como explica la historiadora María Lara, «en las granjas estandarizadas soviéticas se percibían más discriminaciones salariales y de formación, además de un dirigismo alto desde el punto de vista político».
Japón también asignó a las mujeres tareas de apoyo al país, pero con una diferencia: reclutó a mujeres de las clases medias y altas para ocupar los puestos que habían dejado los hombres. A muchas jóvenes pobres, en cambio, las destinó a labores muy alejadas de la emancipación femenina y las convirtió en las llamadas eufemísticamente «mujeres de confort».
Laura Lara Martínez explica que estas mujeres y niñas fueron prostituidas para satisfacer a los soldados japoneses: «Se vieron forzadas a la esclavitud sexual por el ejército imperial japonés antes y durante la Segunda Guerra Mundial. No lo hacían voluntariamente. Había como mínimo 2000 mujeres de confort y muchas eran de países ocupados como China, Corea, Filipinas o Tailandia».
La experta añade que «les prometieron trabajo en una fábrica o en un restaurante, pero una vez que las reclutaban eran encarceladas en una especie de centros de concentración para prostitutas, en tierras extranjeras».
Después de la guerra: desmovilización y silencio
La Segunda Guerra Mundial mostró que países muy distintos necesitaban el trabajo de las mujeres. Pero ¿qué ocurrió después con quienes habían trabajado durante jornadas interminables en fábricas y granjas? ¿Lograron conservar su lugar en las industrias y las oficinas?
Laura Lara habla de «una larga noche de silencio en la que no hay recuerdo de ese paso de las mujeres por las fábricas o por las granjas con voz de mando. Tratan de volver otra vez al esquema patriarcal y la mujer lo acepta ampliamente. La incorporación de la mujer al trabajo fue un síntoma, no un signo de empoderamiento».
Estados Unidos, Inglaterra, Rusia y otros países desalentaron a las trabajadoras y las instaron a regresar a la vida doméstica. En Estados Unidos, se hizo todo lo posible para que los hombres que volvían de la guerra recuperaran los puestos que las mujeres habían ocupado durante su ausencia.
La igualdad laboral aún necesitaría muchos más avances, que llegarían paulatinamente durante las décadas siguientes.
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