El curioso oficio de quienes cobraban por despertar a los trabajadores lanzando guisantes contra sus ventanas
En las ciudades industriales británicas existieron trabajadores que recorrían las calles de madrugada para despertar a sus vecinos. Algunos desarrollaron métodos tan ingeniosos como insólitos.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Hoy basta con programar una alarma en el móvil para despertarnos a una hora determinada. Pero hubo una época en la que llegar puntualmente al trabajo podía depender de que un desconocido apareciera bajo nuestra ventana y comenzara a golpear los cristales.
No era una broma ni una forma de molestar a los vecinos. En la Gran Bretaña industrial del siglo XIX, despertar a otras personas llegó a convertirse en una ocupación remunerada. Y quienes se dedicaban a ella desempeñaban una función bastante más importante de lo que podría parecer.
Los llamaban knocker-uppers, algo así como «despertadores humanos». Su trabajo consistía en recorrer las calles antes del amanecer y asegurarse de que sus clientes estuvieran despiertos a la hora acordada.
Lo sorprendente es que algunos llegaron a desarrollar pequeños negocios con sus propios clientes, tarifas y recorridos diarios.
Cuando quedarse dormido podía salir muy caro
Para comprender cómo apareció este oficio hay que trasladarse a las ciudades británicas de la Revolución Industrial.
Las fábricas textiles, las minas y los grandes centros de producción necesitaban trabajadores que comenzaran sus turnos a horas concretas. Llegar tarde podía tener consecuencias económicas, especialmente para quienes dependían de un salario modesto.
Los relojes despertadores mecánicos ya existían, pero durante buena parte del siglo XIX no todas las familias podían permitirse comprar uno. Además, algunos modelos resultaban poco fiables.
La solución fue contratar a alguien que se encargara de despertar a los trabajadores.
Y aquí aparece uno de los detalles más interesantes: estos profesionales no cobraban necesariamente lo mismo a todos sus clientes.
Una investigación publicada en Journal of Victorian Culture documenta que, en 1853, despertar a una persona a partir de las seis de la mañana podía costar entre dos y tres peniques semanales, dependiendo de la ciudad.
Sin embargo, quienes necesitaban levantarse antes podían pagar hasta seis peniques.
Cuanto más temprano había que despertar al cliente, más caro podía resultar el servicio.
Durante el invierno, cuando las mañanas eran especialmente oscuras y frías, las tarifas podían aumentar considerablemente.

Una profesión que requería precisión
Los despertadores humanos utilizaban instrumentos sencillos, pero tenían que saber manejarlos.
Una vara suficientemente larga permitía alcanzar las ventanas de los pisos superiores sin necesidad de entrar en las viviendas. Otros trabajadores recurrían a pequeños martillos o herramientas similares.
El objetivo era producir un sonido que llegara al dormitorio correspondiente.
Esto también planteaba un problema bastante curioso: ¿cómo despertar a una persona sin despertar gratuitamente a todo el vecindario?
Había que identificar correctamente la ventana y hacer el ruido necesario. Algunos profesionales esperaban una respuesta que confirmara que el cliente se había despertado, aunque no todos seguían exactamente el mismo procedimiento.
La discreción y la puntualidad eran cualidades fundamentales. Un trabajador que despertara a la persona equivocada difícilmente conservaría su clientela durante demasiado tiempo.
La mujer que despertaba a sus vecinos disparando guisantes
Entre las figuras más conocidas de esta profesión destaca Mary Smith, que trabajó en el este de Londres durante las primeras décadas del siglo XX.
Su método era particularmente ingenioso. En lugar de golpear las ventanas con una vara, utilizaba un tubo por el que soplaba guisantes secos. Los pequeños proyectiles chocaban contra los cristales y producían el sonido necesario para despertar a sus clientes.
El fotógrafo John Topham la retrató en 1931 mientras realizaba su trabajo. Las imágenes permiten comprobar que este peculiar oficio no pertenece únicamente al terreno de las anécdotas populares: sus protagonistas fueron personas reales que encontraron una forma de ganarse la vida atendiendo una necesidad cotidiana.
Además, Mary Smith no fue una excepción en un negocio exclusivamente masculino. Las investigaciones históricas han documentado la participación de mujeres e incluso de menores en esta actividad.
En Manchester, otra trabajadora llamada Mary Filleroft consiguió prosperar económicamente con su negocio. Según informaciones publicadas en 1853, sus ingresos llegaron a permitirle dedicarse también al préstamo de dinero.
No todos los despertadores humanos vivían en la pobreza ni desempeñaban necesariamente aquella ocupación como último recurso.

¿Quién despertaba al despertador humano?
La pregunta parece inevitable. Si alguien tenía que levantarse antes que todos los demás, ¿quién se encargaba de despertarlo?
Lo cierto es que, en realidad, no existía una única respuesta. Algunos organizaban sus horas de sueño para permanecer despiertos durante la noche. Otros combinaban esta actividad con ocupaciones que ya los obligaban a recorrer las calles de madrugada.
También hubo policías que complementaron sus ingresos despertando a vecinos durante sus rondas.
Lo que para unos era una necesidad, para otros se convirtió en una oportunidad laboral.
Pero, posteriormente, con el abaratamiento y la expansión de los despertadores domésticos, el oficio comenzó a perder clientes. Sin embargo, su desaparición no fue inmediata.
En algunas localidades industriales británicas continuó practicándose hasta bien entrado el siglo XX, con testimonios que sitúan su supervivencia incluso en la década de 1970.
Aquellos trabajadores terminaron desapareciendo de las calles, pero dejaron una historia fascinante sobre la vida cotidiana: durante generaciones, la puntualidad de miles de personas dependió de que alguien llamara a su ventana antes de que saliera el sol.
Fuentes:
Arunima Datta, Knocker Ups: A Social History of Waking Up in Victorian Britain’s Industrial Towns, Journal of Victorian Culture, Volume 25, Issue 3, July 2020, Pages 331–348, DOI: 10.1093/jvcult/vcaa013
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