Los 67 de Caminito: secretos del arcoiris porteño que se convirtió en celebridad global

Se llamaba “la Curva”. Por ahí pasaban las vías del Ferrocarril Ensenada para trasladar cargas al Riachuelo. En 1954 el ramal estaba desmantelado. Levantaron los rieles y el lugar iba camino a ser un basural. Pero una locura dio pie a cambiar todo.
Era de noche. Un vehículo frenó, volcó una montaña de quesos en mal estado en la calle y se fue. El olor era insoportable.
Dos vecinos, los hermanos Arturo y Aníbal Cárrega, dueños de la ferretería naval de la esquina de Magallanes y Pedro de Mendoza, pusieron postes para bloquear las descargas.
El tramo terminó siendo peatonal y abrió paso a Caminito, emblema argentino, celebridad global.

Claro que otro vecino, ícono de La Boca, fue clave. “Un buen día se me ocurrió convertir a ese potrero en una calle alegre”, resumió él, Benito Quinquela Martín.
El chico abandonado, criado por el carbonero Chinchella y su mujer Justina, terminó pintando claves del barrio. “Toda La Boca es un invento mío”, llegó a decir el creador de cuadros con cielos de fuego y personajes oscurecidos, que hombrean bolsas, encorvadísimos.
¿Si exageraba?

Otro vecino, el también pintor Víctor Fernández, ex director del Museo de Bellas Artes Quinquela Martín, documentó todo en el libro Caminito. Una sombra ya nunca serás, en el que también recuerda que Quinquela concibió el espacio como un polo cultural, educativo y sanitario, con escuela, lactario, instituto odontológico y el Teatro de la Ribera.

Caminito sumaría esculturas, relieves sobre artistas y las ya míticas funciones del Teatro Caminito de Cecilio Madanes, donde las fachadas de los conventillos hacían de escenografía y vecinos (otra vez, por suerte) prestaban sus habitaciones como camarines y participaban en las obras como extras.
Un sur global
Hace rato que las estadísticas de Google Maps ubicaron a Caminito entre los diez lugares más fotografiados del planeta.
Pero, en la marea de turistas, entre las maderas, las chapa y los tonos cálidos pero potentes, esta callecita famosa todavía guarda “secretos”.

El domingo 18 de octubre se cumplieron 67 años de su inauguración. Resiste algo de la casa de los Cárrega. Resiste mucho la identidad de barrio.
A mí, la perspectiva hacia el Riachuelo casi siempre me recuerda la época de Madanes, cuando la burra Perica, donada por el Jockey Club de Córdoba para una obra de García Lorca, se convirtió en diva mimada.
Nuevos vecinos, otros colores
Pero Caminito tiene hoy más vecinos cercanos, de colores distintos.
Se integra al Distrito de las Artes. Está la Fundación Proa, donde se expuso la primera gran muestra local de Duchamp, el autor del célebre mingitorio; su centro de experimentación Proa 21, y el flamante Instituto Proa de investigación.
Está la Fundación Andreani, también dedicada al arte contemporáneo.

Además, entre otros espacios, se impone Colón Fábrica: en 7.500 m2 exhibe escenografías monumentales, utilería y vestuarios creados en los talleres del Teatro Colón para sus óperas.
A los 67, Caminito sigue siendo un arcoiris porteño. Frente al gris del Centro, al menos este rinconcito de La Boca se sostiene como la “sonrisa de colores” que soñó Quinquela.
KioskNews shows a cleaned-up reading view extracted from the publisher’s page — the original always lives on their site, not ours.