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Friday, October 9, 2026

Trincheras en tiempo de tregua

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Después de cinco años consecutivos de votaciones, la próxima elección será recién en octubre de 2028. Una pausa excepcional para un país que ha hecho de las urnas un rito casi permanente. En teoría, este nuevo escenario ofrece una oportunidad: aprovechar el margen para tomar decisiones cuyos costos electorales suelen frenar los cambios. Y aunque algo de eso vimos durante el estreno del gobierno,en la práctica, la política sigue actuando como si las elecciones fueran este domingo. Atrapada en un presentismo incapaz de narrar el futuro, se alimenta de pasado, nostalgia, hastío y desesperanza.

La trinchera es la forma política de ese fenómeno, y la imagen tiene historia. En 1914, cuando el avance de los ejércitos se estancó, los soldados se enterraron y el frente occidental apenas se movió durante tres años. Atrincherarse no fue una estrategia para ganar, sino el resultado de la convicción de que nadie podía hacerlo. Defender era más barato que avanzar.Entre ambas líneas quedó la tierra de nadie, un espacio que no se podía ocupar sin morir.

Y aquí estamos: enterrados, entre el pasado y el presente, entre el miedo a ceder y la incapacidad de construir algo en común. Veamos algunos ejemplos:

El primero es la campaña adelantada. La izquierda salió del gobierno sin relato ni propósito y, como todavía no encuentra uno, vuelve al pasado, a Michelle Bachelet. La nostalgia facilita la tarea: permite elegir qué recordar y, sobre todo, qué olvidar. El gobierno, por su parte, le regaló un agravio y una tribuna. Ahora pide recordar “qué pasó hace 12 años”, mientras la oposición responde que “les tiritan las piernas”. Ambos disputan el 2014 para ganar 2029.

El segundo es la tregua castigada. Un grupo transversal de senadores firmó una propuesta de reforma de seguridad. La presidenta del Partido Socialista negó haber participado en las tratativas, y el episodio terminó en un enfrentamiento abierto dentro de la oposición. “No tenemos un liderazgo”, reconoció uno de los firmantes. Un ejemplo claro del costo de cruzar la tierra de nadie.

El tercero es la defensa de los legados. El proyecto de Presupuesto dejó sin recursos a Yo Elijo mi PC. Parece de toda lógica que los programas no duren para siempre solo porque alguna vez fueron relevantes. Evaluarlos exige medir sus resultados, compararlos con otras urgencias y preguntarse qué aportan al futuro. Esa revisión requiere, también, juego político para mostrar oportunidades y explicar los cambios. Sin eso, toda reducción es un ataque al legado y cualquier continuidad, una victoria.

El cuarto es un poco más antiguo: En agosto, Tomás Vodanovic, del Frente Amplio, y Jaime Bellolio, de la UDI, publicaron una carta conjunta. Proponían siete acuerdos de largo plazo. Los aplaudieron de Boric a Matthei, que es lo que suele pasar con lo que nadie piensa hacer. Les reprocharon que “esta no es la agenda que aprobamos” y le enrostraron “tanta concesión disfrazada de diálogo”. Seis semanas después la invitación sigue sin respuesta.

En ninguno de estos casos se discutió qué cambiar ni para qué, sino quién tuvo la culpa, quién cedió y de quién era el programa. Chile tiene dos años sin elecciones para tomar decisiones. Por ahora, los está usando para cavar más hondo.

Por María José Naudon, abogada.

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