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Friday, October 9, 2026

Ray Bradbury no lo pudo imaginar

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En su cuento “El asesino”, publicado en 1952 en el libro Las doradas manzanas del sol, Ray Bradbury narra la historia de Albert Brock, un hombre que, en un futuro distópico, está internado en un psiquiátrico porque no soporta las constantes alertas que recibe. Lo gracioso para un lector de 2026 es que aquello que lo que vuelve loco al amigo Brock es una nimiedad: no aguanta más el televisor, la radio, las llamadas telefónicas ni las notificaciones de su reloj pulsera.

Ni un genio absoluto como Bradbury pudo imaginar –anticipar– el infierno de las notificaciones en el celular, los grupos de Whatsapp, los mensajes por Instagram, comentarios en X, Tik-Tok, ni las aplicaciones de salud que nos marcan cuándo debemos movernos y demás maravillas a las que nos somete la tecnología en esta tercera década del siglo XXI. Incluido el maldito doomscrolling, que nos pudre el cerebro.

El relato se llama “El asesino” (alerta spoiler) porque el paciente psiquiátrico está internado como consecuencia de un momento crítico, cuando ya no aguantó más, se compró una pistola y le pegó unos cuantos tiros a la tele y a unos intercomunicadores domésticos que le hablaban en la casa (algo muy similar a lo que sería hoy Alexa).

Brock se desespera porque, en el camino de regreso del trabajo a la casa, en el ómnibus, le ponen ¡música clásica!, cuando él solo quiere un poco de silencio. El autor de Crónicas marcianas no hubiera podido ni siquiera sospechar que en un colectivo porteño un pasajero se iba a ver sometido décadas después a escuchar diferentes canciones (y no precisamente composiciones de Mozart o Beethoven) por parte de compañeros de viaje que no se dignan a usar auriculares. Para colmo de males, parecería haber una regla tácita: a peor gusto, hay más posibilidades de que la persona en cuestión escuche más fuerte la música.

En los noventa se decía que en un diario dominical había más información que la que un rey podía recibir en la Edad Media durante toda su vida. Ignoro si aquello es verdad, pero sí que en esa época se consideraba demencial el zapping. Comparado con el scroll infinito de hoy, esa práctica es casi como meditar. El mismo Bart Simpson se quejaba ante su familia de que se estaba quedando sin memoria de tanto ver televisión. Son referencias que quedan empequeñecidas ante la omnipresencia de las pantallas actual.

“Han ido demasiado lejos. Si un poco de música y ‘mantenerse en contacto’ es agradable, piensan que mucha música y mucho ‘contacto’ será diez veces más agradable. ¡Me volvieron loco! Llegué a casa y me encontré a mi mujer histérica. ¿Por qué? Porque había perdido todo contacto conmigo durante medio día”, se queja el bueno de Brock ante el médico que lo atiende en el hospital.

El lamento del protagonista del cuento es el de los seres humanos de hoy, que reciben estímulos similares todo el tiempo pero multiplicados por mil. El psiquiatra que lo trata le pregunta si no quiere ayuda especial de la Oficina de Salud Mental para reinsertarse en la sociedad.

“Soy la vanguardia de unos pocos cansados de ruidos y órdenes y empujones y gritos, y música en todo momento, en todo momento en contacto con alguna voz de alguna parte. Ya veremos. La rebelión comienza. ¡Mi nombre hará historia!”, responde Brock, antes de volver, relajado, a su “hermosa celda privada”, en busca de un poco de paz.

Me acordé de este cuento luego de estar esperando en una guardia médica en un sanatorio privado (nada serio, por suerte) y descubrir que ya ni siquiera en un lugar donde debería reinar la calma se puede disfrutar del silencio. Sentado cerca de mí, un hombre miraba algún tipo de programa cómico a todo volumen en su celular y se lo enseñaba a su pareja. Más allá, alguien recibía mensajes de WhatsApp con el clásico sonidito “tin, tin, tin”.

Ya no existe sitio donde podamos estar a salvo de estas alienantes alertas y sus estímulos. A veces hay que convertirse en un verdadero maestro zen para no volverse un asesino de aparatos.

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