Lectores: “Milei, proteja el empleo nacional y defienda las pymes”

Señor presidente Javier Milei, le escribo como empresario pyme, como alguien que abre cada mañana una persiana, paga salarios, enfrenta impuestos, sostiene familias y trata de producir en un país que usted está empujando hacia el abismo.
No le hablo desde un despacho ni desde la especulación financiera.
Le hablo desde la economía real: la de los talleres, comercios, fábricas, cooperativas, transportistas, proveedores y pequeños empresarios que todos los días intentamos sostener empleo argentino. Y lo que vemos es una devastación.
Su gobierno ha confundido ordenar las cuentas con destruir la vida productiva del país. Ha convertido el ajuste en una doctrina de castigo. Cierra empresas, derrumba el consumo, pulveriza salarios, paraliza la obra pública, ahoga a las pymes y deja a miles de trabajadores ante la incertidumbre, la angustia y el desempleo.
No hay épica alguna en celebrar una planilla equilibrada mientras se apagan máquinas y se rompen familias.
Argentina no se reconstruye haciendo desaparecer a quienes producen. No se sanea una economía quitándole el oxígeno a las pequeñas y medianas empresas, que son las que generan trabajo, arraigo y movilidad social.
No se combate la inflación destruyendo el mercado interno, licuando ingresos y dejando a la gente sin capacidad de comprar lo indispensable.
Usted parece creer que todo lo público es un lastre, que toda regulación es un enemigo y que el mercado, abandonado a su propia lógica, resolverá por sí solo la tragedia social.
Esa mirada no es valentía: es una irresponsabilidad monumental. Un país no es una empresa que se puede liquidar para mostrar un balance prolijo. Una Nación es su gente, sus capacidades, sus instituciones, su cultura, su industria y su futuro.
Hoy se está deteriorando el tejido social de la República Argentina. Se naturaliza la crueldad, se desprecia al que no llega a fin de mes, se ridiculiza al trabajador, se agrede a docentes, científicos, jubilados, artistas, médicos, universidades y a todo aquel que advierta que este rumbo es insostenible.
Se pretende reemplazar solidaridad por cinismo y desarrollo por supervivencia.
Pero no hay libertad posible para quien no tiene trabajo. No hay mérito posible donde se destruye la oportunidad. No hay futuro soberano para un país que resigna su industria, su ciencia, su educación y su mercado interno para convertirse en una economía primarizada, endeudada y dependiente.
Señor presidente Milei, todavía está a tiempo de frenar. Tiene que revertir este rumbo de manera urgente y total. Escuche a quienes producen, trabajan, estudian, investigan y cuidan. Proteja el empleo nacional. Defienda a las pymes.
Recupere el consumo, la inversión productiva, la educación pública, la ciencia, la salud y la dignidad de quienes sostienen este país.
Gobernar no es humillar; gobernar es hacerse cargo. Y hacerse cargo exige abandonar la soberbia, dejar de gobernar para los mercados y empezar a gobernar para la Argentina real. Si no está dispuesto a hacerlo, si no comprende la dimensión del daño que está causando, si no está a la altura de las circunstancias históricas que atraviesa nuestra Nación, entonces tenga la responsabilidad de dar un paso al costado.
La Argentina no puede seguir siendo el experimento ideológico de nadie.
Mauro González / maurgq@gmail.com
EL COMENTARIO DEL EDITOR
Por César Dossi
El país como laboratorio, y los fantasmas
Mientras el FMI presiona al Gobierno para reactivar ya la economía, la carta del lector expresa la angustia de un sector que siente que ha dejado de ser protagonista, para convertirse en una variable de un experimento más: las pymes. Más allá de las simpatías o rechazos que despierte el Gobierno, el texto plantea una pregunta que ya es denominador común en cualquier reunión social: ¿hasta qué punto una sociedad puede ser sometida a una teoría sin considerar el costo humano?
La historia política de la Argentina está llena de proyectos económicos que prometieron resolver problemas estructurales mediante incalculables fórmulas. Pareciera que lo mascullan en un gran laboratorio donde se mezclan las más insólitas fórmulas de conspiración. Pero las pymes ocupan un lugar singular. No son sólo unidades productivas. Son espacios donde se entrelazan esfuerzo, riesgo, identidad y pertenencia. Cuando una pyme cierra, no desaparece sólo una empresa: se rompe una red de vínculos sociales construida durante toda una vida.
La frase final de la carta resume esa inquietud con fuerza: “La Argentina no puede seguir siendo el experimento ideológico de nadie”. Allí reside el corazón de ese planteo eterno que nos quita el sueño. Y con el insomnio aparecen los fantasmas: el dueño de una pyme que no sabe si podrá pagar los próximos salarios, el trabajador que teme perder su empleo, la familia que posterga planes, y el joven que vuelve a preguntarse una y otra vez si tendrá un futuro que no sea Ezeiza.
Porque cuando un país se transforma en laboratorio, los “científicos de la economía” se olvidan que los ciudadanos no son números de un ensayo, sino los legítimos destinatarios de un proyecto de país digno.
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