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Sunday, November 8, 2026

‘Se fueron las dos ruedas y la barra pequeña... pero pa'lante’: drama de un hombre al que le amputaron tres extremidades tras llevar ayudas al Chocó

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El calvario de Carlos Andrés Ortega, quien contrajo malaria cuando ayudaba a los damnificados por el terremoto. Piden apoyo para su recuperación.

Carlos Andrés Ortega contrajo la malaria mientras llevaba ayudas humanitarias al Chocó, tras el terremoto de magnitud 7,4. Foto: Particular

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PERIODISTAActualizado:

"Mamá, cójame pañitos y límpieme los pies, que los tengo llenos de barro", fueron las primeras palabras de Carlos Andrés Ortega al despertar de manera somnolienta en una camilla de hospital y verse el cuerpo. Sin embargo, lo que parecía suciedad en parte de sus dos piernas y su muñeca derecha terminó revelando una dolorosa realidad: era su piel, que se había necrosado y, por consiguiente, debían ser amputadas las zonas con mayor afectación.

En pocas palabras, le tenían que cortar parte de la pierna izquierda por debajo de la rodilla, al igual que parte de la derecha a la altura del empeine, además de su muñeca derecha. De esta dura realidad se enteró cuando una médica que lo atendía se lo contó a su mamá, Jenny Caicedo. Para ello, él se hizo el dormido y así conoció el detalle del procedimiento por realizar.

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Carlos Andrés Ortega vivió momentos dramáticos tras contraer la malaria en Chocó. Foto:Particular

En ese momento descartó por completo haberse accidentado en su bus llevando ayudas para los damnificados del terremoto del pasado 10 de agosto en Chocó, pero la explicación de su mamá lo aterrizó por completo en una difícil realidad.

"Andrés se hizo el dormido y escuchó cuando la doctora dijo que debían amputarle tres extremidades. Cuando ellos salieron, él alzó la cabeza, se miró y dijo con los términos de mecánica que usa: 'Se fueron las dos ruedas principales y la barra estabilizadora pequeña... pero pa'lante'", recordó Caicedo.

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Universidad del Valle, Cali.

Contó que los estados anímicos de su hijo, según los médicos, podrían cambiar de manera drástica: "Ha tenido momentos de fortaleza, pero también recaídas anímicas muy duras. Hubo días en que cayó en depresión profunda, no quería comer ni hablar con nadie y solo pedía analgésicos para dormir. Nos decía: 'Mírenme, ¿qué voy a hacer? ¿En qué voy a trabajar? Yo estaba haciendo una labor social, no estaba robando ni haciendo daño a nadie'. Pero nosotros le recordamos que es un milagro de Dios; él prácticamente entró sin vida a esa clínica", contó la madre de Ortega.

Aunque, al parecer, ya superó la fase crítica de la enfermedad, Jenny se aferra a su fe y a su profunda creencia en Dios para fortalecer su alma y no quebrarse en su lucha por sacar a su hijo adelante, pese a las dificultades. 

A veces, mientras reza, se enoja y cuestiona a Dios por el destino de Carlos Andrés. Pero luego seca sus lágrimas para hablar con voz firme y llena de esperanza, dispuesta a ayudarlo en todos los procedimientos médicos. En esos momentos, los problemas pasan a un segundo plano, así como lo desgastante de recorrer casi 19 kilómetros desde su vivienda en Pradera hasta Palmira, donde se encuentra hospitalizado su hijo, quien el pasado 9 de octubre cumplió 33 años de edad.

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Carlos Andrés es conocido por su carisma, sentido del humor y vocación de ayudar. Foto:Particular

La génesis del drama

Todo comenzó tras el terremoto del pasado 10 de agosto. La sacudida dejó pérdidas y desolación en varias regiones, y en el municipio de Pradera, Carlos Andrés no dudó en encender los motores de su automotor. En mayo había adquirido a crédito una buseta con cuotas mensuales que rozaban los seis millones y medio de pesos. Era su medio de subsistencia, pero ante la tragedia, se convirtió en una bodega móvil de auxilio.

Junto a su madre, el joven comenzó a coordinar entregas solidarias. Recorrieron Cali, veredas apartadas, corregimientos y zonas olvidadas hasta llegar a Buenaventura. Jenny debió detenerse a los diez días cuando uno de sus hijos menores, un mellizo de diez años, sufrió una fractura en un brazo. Entre tanto, Carlos Andrés siguió adelante.

El 14 de septiembre cargó su vehículo y puso rumbo a zona selvática del Chocó para auxiliar a comunidades afectadas. Viajó como suelen viajar tantos hombres de a pie en Colombia: con el afán de ayudar a cuestas y sin la vacuna contra la malaria en el cuerpo.

Regresó a Pradera el 17 de septiembre sin dolor ni síntomas. Los médicos explicarían semanas después que el parásito suele incubarse en silencio durante 8 a 12 días, multiplicándose con una agresividad letal cuando es transmitido por la picadura de la zancuda.

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Con su bus, Carlos Andrés recorrió zonas como Puerto Meluk para entregar ayudas. Foto:Particular

Silbidos en el pecho y un sol detonante

Según recuerda Caicedo, el 22 de septiembre la familia recibió otro golpe: la muerte de su abuelo materno. Había que viajar de urgencia a su sepelio en El Estrecho (Cauca), una zona rural bajo tensión por artefactos explosivos recientes. Carlos Andrés, el mayor de cinco hermanos, pidió solo dos horas para coordinar sus turnos y acompañar a su madre.

Durante el trayecto de regreso, Jenny le escuchó una respiración atípica: "Se reía y se le escuchaba el pecho como si tuviera una guitarra adentro", recuerda ella.

Él le restó importancia achacándolo a una gripa previa y a su hábito de fumar. Pero al llegar a casa comenzó a manifestar un fuego incesante que le quemaba las entrañas; solo pedía jarras de jugo helado para apagar una sed devoradora.

El domingo 27 de septiembre se dispuso a lavar la buseta bajo un sol sofocante antes de emprender un viaje hacia Cali. Aquella exposición térmica extrema fue el catalizador definitivo. Horas después, cruzó el umbral de la casa materna descompuesto, temblando por la fiebre y arrastrando los pasos.

El colapso del cuerpo

Lo que la familia catalogó en un inicio como un virus estomacal derivó en una pesadilla en menos de 48 horas. Para el martes a mediodía, a través de una videollamada, Jenny vio a su hijo con la piel completamente ictérica y las uñas violáceas. Ya no podía sostenerse en pie.

En el hospital local de Pradera le administraron analgésicos para una supuesta gastritis y lo enviaron a casa a las 5:00 de la tarde. Media hora después, Carlos Andrés vomitaba sangre en su sala. En medio de la angustia, su hermano menor consiguió un automóvil y lo trasladó a Palmira. Tras no hallar cupo en el Hospital Raúl Orejuela Bueno, lograron ingresarlo a la Clínica Santa Bárbara, desde donde fue remitido con urgencia a la sede de Llanogrande.

Para el miércoles en la noche, el 95 % de sus órganos vitales estaban al borde del colapso funcional. Con la saturación y la presión arterial desplomadas, no toleraba las máscaras de oxígeno. Hacia las 7:30 de la mañana del jueves, en medio de la asfixia, Carlos Andrés logró marcarle a su madre con ayuda de una enfermera:

"Mamá... el tubo", balbuceó entre lágrimas.

Fue su última orden antes de caer en un coma inducido.

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Carlos Andrés tuvo que ser sometido a tres amputaciones. Foto:Particular

El dilema médico: salvar la vida o las extremidades

Fueron 11 días de zozobra en la Unidad de Cuidados Intensivos. Para impedir que el corazón se detuviera, los médicos debieron suministrarle medicamentos vasopresores a dosis máximas, destinados a concentrar el escaso flujo sanguíneo en los órganos vitales. Pero el estado de choque impedía el uso de anticoagulantes.

El cuerpo médico fue transparente con Jenny: o asumían el riesgo de los trombos o Carlos Andrés moría esa misma madrugada. La decisión médica salvó sus pulmones y su cerebro, pero la factura fue demoledora: micro coágulos taponaron las venas distales más finas, clausurando el riego sanguíneo hacia sus extremidades periféricas.

Poco a poco, mientras los infectólogos lograban exterminar el parásito de la malaria, confirmado tras exámenes continuos de gota gruesa, la piel de sus extremidades se fue secando, endureciendo y volviendo negra, consumida por la necrosis. El siguiente paso, fue devastador, realizar las amputaciones para salvarle la vida.

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La batalla por volver a empezar

Las cirugías fueron sucesivas. Le amputaron la pierna izquierda por debajo de la rodilla, preservando un tramo para asegurar el encaje de una futura prótesis; la mano derecha debió ser cercenada unos centímetros por encima de la muñeca tras sufrir un daño severo, y en la pierna derecha, tras una intervención para frenar el avance interno de los tejidos muertos, los cirujanos lograron salvar el tobillo recortando a la altura del medio empeine. Su brazo izquierdo, aunque maltrecho, permanece bajo terapias para no perder la articulación.

El pasado 9 de octubre, en una habitación de hospital y rodeado de vendajes, Carlos Andrés cumplió 33 años. Aunque superó la infección parasitaria, su presión arterial continúa inestable y su mente oscila entre la resiliencia y el abismo.

"Hay días en que decae por completo, mira su cuerpo y se pregunta en qué va a trabajar, qué va a hacer por su niña de diez años y por su esposa"— relata Jenny, conteniendo el llanto.

La realidad afuera del hospital es igual de implacable. Carlos Andrés no cuenta con pensión, seguro de desempleo ni contrato formal; pertenece al régimen subsidiado a través de Emssanar y su familia vive en arriendo. Las letras bancarias de la buseta siguen acumulándose.

En Pradera, Jenny Caicedo no se detiene. Vende porciones de lechona, rifas y juegos de sábanas por catálogo para reunir recursos mientras atiende a sus otros dos hijos menores. Su meta inmediata es reunir los fondos para una silla de ruedas adecuada y abrir paso al proceso ortopédico que defina el tipo de prótesis mecánicas que requiere su hijo.

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