La misteriosa enfermedad que aterrorizó a Inglaterra en el siglo XVI, sembró el miedo a los baños públicos y podía matar en apenas 24 horas
Entre 1485 y 1551, Inglaterra sufrió cinco epidemias de una extraña enfermedad que provocaba sudoración intensa y podía acabar con la vida de una persona en cuestión de horas. Su aparición también alimentó el temor a los baños públicos, aunque la historia de su cierre es más compleja de lo que parece.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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En el verano de 1551, una enfermedad que los ingleses conocían demasiado bien volvió a extender el miedo por ciudades y pueblos. Comenzaba con síntomas que podían confundirse con los de otras infecciones, pero su evolución era tan rápida que algunas víctimas fallecían antes de que transcurriera un día.
La llamaban sudor inglés, aunque también se conocía como sudor anglicus. Y había algo especialmente desconcertante: llevaba apareciendo de forma intermitente desde finales del siglo XV, sin que los médicos consiguieran comprender qué la provocaba.
Durante aquellos años, el miedo a las enfermedades también transformó algunas costumbres cotidianas. Una de ellas fue el baño, una práctica que empezó a despertar recelos entre determinados médicos europeos. Sin embargo, conviene distinguir entre las recomendaciones sanitarias de la época y las decisiones políticas que afectaron a los establecimientos públicos.
Una enfermedad que podía matar en cuestión de horas
El primer brote conocido del sudor inglés se produjo en 1485, coincidiendo con la llegada al trono de Enrique VII, fundador de la dinastía Tudor. Posteriormente se registraron nuevas epidemias en 1508, 1517, 1528 y 1551.
Sus síntomas eran inquietantes. Los enfermos podían experimentar escalofríos, dolores de cabeza, malestar general y fiebre, seguidos de una sudoración extraordinariamente intensa. En los casos más graves, el deterioro era rápido y la muerte podía producirse en menos de 24 horas.
Las fuentes históricas sugieren, además, que algunos brotes afectaron especialmente a hombres adultos y personas relativamente acomodadas, aunque no significa que los demás grupos estuvieran completamente a salvo.
Lo verdaderamente extraño es que aquella enfermedad, capaz de sembrar el pánico en la Inglaterra de los Tudor, desapareció después de 1551. Desde entonces no se ha identificado ningún brote que pueda atribuirse con seguridad al mismo agente.

¿Por qué los médicos comenzaron a desconfiar de los baños?
Para comprenderlo hay que recordar cómo se explicaban las enfermedades en el siglo XVI. La teoría de los miasmas sostenía que determinados vapores o emanaciones del ambiente podían provocar infecciones. También existía la creencia de que el agua caliente y los baños de vapor abrían los poros, facilitando la entrada de sustancias perjudiciales en el organismo.
Por eso, algunos tratados médicos recomendaban evitar los baños y el exceso de sudoración cuando existía peligro de epidemia.
El médico inglés Thomas Moulton, por ejemplo, advirtió de los supuestos riesgos de bañarse durante determinados brotes epidémicos. Aquellas recomendaciones reflejaban los conocimientos médicos de su tiempo, pero no constituyen una explicación científica válida de cómo se transmitían las enfermedades.
¿Significa eso que los ingleses dejaron de lavarse? En absoluto. Durante la época Tudor continuaron utilizándose agua, jabón, paños y otros métodos de limpieza personal. Incluso Enrique VIII disponía de instalaciones de baño en sus residencias.
El cierre de los baños públicos y la verdadera historia de Enrique VIII
Aquí aparece una confusión histórica bastante extendida.
En 1546, Enrique VIII ordenó clausurar los establecimientos conocidos como stews en Southwark, una zona situada al sur del Támesis, en Londres. Aunque el término había estado relacionado con los baños públicos, aquellos locales estaban estrechamente vinculados a la prostitución.
La medida respondió fundamentalmente a preocupaciones morales y al control de esas actividades. No existe documentación suficiente para afirmar que el rey ordenara su cierre específicamente para detener el sudor inglés.
Es cierto que el temor a las epidemias contribuyó al declive de numerosos baños colectivos europeos durante la Edad Moderna. Pero atribuir todos esos cierres a una única enfermedad sería simplificar un proceso en el que también influyeron las ideas religiosas, las costumbres sociales y las preocupaciones sanitarias.

El misterio médico que todavía no hemos resuelto
El último brote de 1551 dejó incluso una intervención real documentada. Eduardo VI, hijo de Enrique VIII, ordenó a los obispos organizar plegarias para pedir el final de la epidemia, según conserva el Archivo Nacional británico.
Ese mismo episodio fue estudiado por el médico John Caius, que publicó al año siguiente un tratado dedicado a la enfermedad.
Hoy se han propuesto distintas hipótesis sobre su origen, entre ellas posibles infecciones víricas. Sin embargo, ninguna ha logrado explicar de manera concluyente todos los síntomas y las características de aquellos brotes.
Y quizá ese sea el aspecto más fascinante de esta historia: una enfermedad que aterrorizó a Inglaterra durante décadas, alteró la vida de sus habitantes y desconcertó a sus médicos desapareció sin que todavía sepamos exactamente qué fue lo que los enfermó.
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