Pareja se fue a vivir al campo para hacer su propia huerta: "Nunca estamos solos, tenemos animales y podemos vivir tranquilamente unos seis meses sin volver a la ciudad"

La pareja formada por Karina y Ricardo decidieron dejar la ciudad para instalarse en el campo, precisamente en una finca ubicada en la zona de Pacto, en el noroccidente de Pichincha, Ecuador. Allí construyeron una vida basada en el trabajo de la tierra y el contacto permanente con la naturaleza.
La propiedad les permite cultivar buena parte de los alimentos que consumen. Tienen yuca, plátanos, papachina, frutas, maíz y otros productos, además de gallinas y mascotas que forman parte de su vida cotidiana.
La pareja asegura que la distancia no representa un problema. Al contrario, encontraron en ese aislamiento una forma de vivir con mayor tranquilidad, rodeados por los sonidos de los pájaros, los animales y la lluvia.

"Nunca estamos solos, tenemos animales y podemos vivir tranquilamente unos seis meses sin volver a la ciudad", explica Karina al contar cómo es la vida que construyeron lejos de los centros urbanos. El lugar se encuentra a unos 1.000 o 1.500 metros de altura y tiene un clima cambiante, con momentos de sol y lluvia durante el mismo día.
Una finca que les permite producir
La pareja baja al pueblo aproximadamente una vez por semana o cada dos semanas para comprar algunas cosas básicas. Los viajes hasta Quito son mucho menos frecuentes y pueden realizarse una vez al mes o incluso cada dos meses.
Gran parte de sus alimentos proviene directamente de la finca. Allí cosechan yuca, papachina, plátanos, frutas y otros productos. También tienen gallinas, por lo que cuentan con huevos, mientras que la panela se la compran a vecinos de la zona que mantienen sus propias moliendas.

Karina explica que pueden pasar hasta seis meses sin salir porque tienen prácticamente todo lo necesario para alimentarse. Incluso algunos productos pueden conservarse durante varios meses después de la cosecha.
Durante el recorrido muestran diferentes variedades de plátanos, además de papaya, maíz y otros cultivos. La producción no está pensada únicamente para vender, sino principalmente para abastecer a la propia familia.
El trabajo de vivir en el campo
La tranquilidad tiene detrás muchas horas de trabajo. En la zona, los vecinos se dedican a diferentes actividades agrícolas y buena parte de las fincas están rodeadas de cañaverales destinados a producir panela.

La pareja también mantiene una relación cercana con quienes viven alrededor. Para conseguir algunos productos, recorren pocos kilómetros hasta las propiedades vecinas, donde se produce panela de manera artesanal.
Karina nació en esa región y cuenta que durante su infancia pasaba allí sus vacaciones. Con el tiempo regresó junto a Ricardo, quien también se sintió atraído por el lugar. Según explica, fue una decisión que tomó inicialmente su esposo y a la que ella terminó adaptándose.
Una vida alejada de la ciudad
Ricardo también considera que vivir en la finca contribuyó a su recuperación de salud. La pareja encontró allí un ritmo diferente, con menos movimiento y mayor contacto con el entorno natural.
La alimentación es otro aspecto central. Durante la visita preparan una comida con tilapia, papachina, yuca y productos cosechados en la propia finca. También consumen frutas directamente de los árboles y aprovechan lo que produce cada temporada.
Su experiencia no significa que hayan eliminado por completo el contacto con el exterior, sino que lograron reducirlo. La finca les permite producir, alimentarse y disfrutar de un entorno que ambos asocian con la paz y la tranquilidad que buscaban.
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