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Wednesday, September 23, 2026

Rubén Montoya, historiador y arqueólogo, revela la importancia que tuvo Hispania: "Las minas y el aceite de Hispania fueron el motor económico del Imperio romano"

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El también arqueólogo recorre en su nuevo ensayo los siete siglos de presencia itálica en la península ibérica.

El siglo II a.C. fue una época de expansión sin precedentes para Roma. Tras la caída de Numancia, cientos de itálicos viajaron hasta Hispania atraídos por sus riquezas. El tesoro más codiciado estaba bajo tierra.

Cuando el historiador griego Polibio visitó las minas de Carthago Nova —la actual Cartagena— en el año 151 a.C., quedó impresionado. "Cuarenta mil hombres trabajan de forma regular en ellas y proporcionan diariamente al pueblo romano unos ingresos de 25.000 dracmas", escribió, en un pasaje conservado por Estrabón. Era una fortuna para una época en que un legionario cobraba 120 dracmas al año.

Rubén Montoya, doctor en arqueología e historiador, acaba de publicar "Hispania. Una historia de Roma en Iberia" (Crítica). En diálogo con ABC, trazó el arco completo de esa relación económica y cultural que duró más de seis siglos.

"Las minas hispanas representaron la columna vertebral financiera de Roma, sufragando sus ejércitos y sosteniendo su sistema monetario tanto en la República como en el Imperio", afirmó Montoya. Pero los metales no fueron la única fuente de riqueza: hacia el exterior también fluyeron aceite, salazones costeras y vino. A cambio, desde Italia llegaron arquitectos, ingenieros y un nuevo sistema económico.

Cartago primero, Roma después

Antes de que Roma pusiera los ojos en Iberia, fue Cartago la que vio en ese territorio una tabla de salvación. "Para Cartago, que en la Primera Guerra Púnica había perdido Sicilia y Cerdeña y se veía asfixiada por las deudas frente a Roma, Iberia supuso la salvación económica y militar", explicó Montoya.

Rubén Montoya publicó 'Hispania. Una historia de Roma en Iberia', un recorrido por siete siglos de presencia itálica en la península. Foto: X/@rubsmontoya.

La dinastía de los Bárcidas encontró allí plata, metales preciosos y mercenarios indígenas. En el 237 a.C., Amílcar Barca cruzó el Estrecho y se estableció en Gades —la actual Cádiz—. El siguiente paso lógico era Italia, y eso encendió la mecha romana.

"Para Roma, la incursión inicial respondió a una necesidad táctica: cortar la arteria vital de hombres y provisiones que sostendría la marcha de Aníbal hacia la península itálica por los Pirineos", señaló el experto. Pero al desembarcar en Ampurias, los romanos comprendieron el valor real del territorio.

"Ambas potencias vieron Iberia como la despensa financiera y el motor bélico para asegurar la hegemonía del mundo mediterráneo", sostuvo Montoya. Tras la expulsión de los africanos en el 206 a.C., Roma inició un largo proceso de colonización que culminó con la creación de dos provincias en el 197 a.C.

Las minas, el aceite y la gran despensa de Roma

Desde la conquista de Carthago Nova en el 209 a.C., el foco principal fue la galena argentífera del sudeste y Sierra Morena, de la que se extraía plata y plomo. También se explotaban cobre —en las minas de Riotinto—, hierro, mercurio y estaño.

"Este modelo se gestionaba de forma indirecta mediante arrendamientos a publicani y sociedades de emprendedores itálicos, reportando ingresos colosales a las arcas públicas", precisó Montoya. Con la llegada del Principado, el Estado asumió un control más directo a través del fisco de Roma.

Desde el 27 a.C. hasta el siglo III d.C., el foco se desplazó hacia el noroeste. "Allí, explotaciones colosales como Las Médulas aplicaron la técnica de la ruina montium para extraer el oro necesario que garantizaba la estabilidad del aureus", indicó el historiador.

Montoya explica en su nuevo ensayo por qué Roma no pudo prescindir de Hispania. Foto: X/@rubsmontoya.

Los metales hispanos pasaron de ser un botín republicano a convertirse en la "arteria económica fundamental que sostuvo en gran parte la maquinaria estatal e industrial del Imperio".

Hispania también fue, según Montoya, "la gran despensa que alimentaba la Urbs". Hacia el exterior fluían aceite de oliva bético en ánforas Dressel 20, garum, salazones costeras y vinos de la Tarraconense. El consumo interno, en tanto, se sostenía sobre el cereal, la ganadería, la lana y manufacturas agrícolas de proximidad.

"Hispania fue siempre uno de los principales motores económicos e industriales del Imperio", sentenció Montoya.

Las villas y el ejército como motores de transformación

En el siglo I a.C., Roma introdujo en Iberia un instrumento que transformó el paisaje económico: las villas. "Sustituyeron el modelo de explotación especulativo por un sistema agropecuario racional y jerarquizado", sostuvo el autor.

En origen, la villa era una propiedad rural organizada en torno a la residencia del propietario y las áreas de trabajo agrícola. Con el tiempo se convirtió en una "unidad productiva compleja" con prensas de aceite y vino, graneros y alfarerías para fabricar sus propias ánforas. Estas grandes fincas también sirvieron de residencia para las élites llegadas desde Roma.

El otro gran motor de transformación fue el ejército. "El ejército romano experimentó una metamorfosis apasionante: la máquina bélica encargada de la ocupación se transformó en el verdadero motor urbanístico, logístico y administrativo de las provincias", explicó Montoya.

Ingenieros y arquitectos militares trazaron calzadas, levantaron el puente de Martorell y el acueducto de Los Bañales, y supervisaron las explotaciones auríferas del noroeste. Sus campamentos fueron el germen de futuras ciudades y sus soldados, con el tiempo, se convirtieron en campesinos.

Nota generada con inteligencia artificial bajo supervisión y edición humana.

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