De empleadas perfectas a asesinas: la historia de las hermanas Papin y el doble crimen que conmocionó a Francia

Christine y Léa Papin llevaban casi siete años trabajando en la casa de la familia Lancelin, en la ciudad francesa de Le Mans. Eran hermanas, compartían una habitación y eran inseparables.
Sus empleadores las consideraban responsables y discretas, aunque quienes las conocían fuera del entorno laboral decían que eran mujeres reservadas y poco sociables.
El 2 de febrero de 1933, ambas asesinaron a la dueña de la casa y a su hija con un martillo, un cuchillo y una jarra de metal. Hasta les arrancaron los ojos.
Las víctimas fueron Léonie Lancelin y su hija, Geneviéve. Sus cuerpos aparecieron en el descanso de la escalera. Tenían heridas tan profundas que sus rostros habían quedado irreconocibles. Las responsables no intentaron escapar. Después de cometer el crimen, se higienizaron, se cambiaron y se fueron a acostar hasta que llegó la policía.

Una infancia marcada por el abandono
Christine nació en marzo de 1905 y Léa, en septiembre de 1911. Eran hijas de Gustave Papin y Clémence de Ré, un matrimonio atravesado por los celos, los conflictos y el alcoholismo del padre.
La pareja tenía otra hija, Emilia, nacida en 1902. La convivencia, que ya venía inestable, terminó de deteriorarse cuando Clémence descubrió que Gustave había abusado sexualmente de su primera hija, que entonces tenía diez años.
La madre abandonó a su marido, pero responsabilizó injustamente a Emilia por lo sucedido y la envió a un convento de monjas.
Las tres hermanas crecieron separadas. Christine pasó casi siete años con su tía, Léa quedó al cuidado de su tío y Emilia permaneció en la institución religiosa. Posteriormente, Christine también ingresó al claustro, donde aprendió a realizar tareas domésticas y llegó a considerar convertirse en monja, como su hermana mayor.
Sin embargo, Clémence planeaba otra cosa. En 1920 retiró a Christine del convento, cuando tenía quince años, y comenzó a buscarle empleos como doméstica. La joven pasó por distintas casas de Le Mans y adquirió experiencia en cocina, limpieza y mantenimiento del hogar.
Su madre solía intervenir en su permanencia en cada uno de los domicilios para conseguir puestos mejor remunerados.
Léa también comenzó a trabajar en el servicio doméstico. Pese a los años que habían pasado separadas, las hermanas mantenían una relación estrecha y se encontraban en sus momentos libres.
En 1926, Christine consiguió empleo en la residencia de René Lancelin, un abogado retirado que vivía con su esposa Léonie y su hija Geneviéve. Su desempeño fue satisfactorio y, pocos meses después, logró que contrataran también a Léa. Por primera vez, ambas pudieron trabajar y vivir juntas.

La señora Lancelin era exigente con la limpieza y el orden. Las hermanas comenzaban sus jornadas alrededor de las siete de la mañana, preparaban las comidas, lavaban, planchaban y mantenían las habitaciones. Recibían un salario mensual, disponían de algunas horas libres y contaban con un seguro en caso de accidentes laborales.
Durante los primeros años, la relación parecía favorable. Christine y Léa comenzaron a llamar mamá a Léonie, mientras se referían a su madre biológica como esa mujer. La señora, incluso, intervino cuando descubrió que entregaban casi todo su salario a Clémence y les recomendó quedarse con el dinero que ganaban.
Sin embargo, la convivencia comenzó a deteriorarse. Léonie revisaba minuciosamente las tareas y reaccionaba ante un mínimo descuido. Según los relatos recolectados sobre el caso, hubo ocasiones donde las abofeteaba, pellizcaba y daba apretones. Luego de alguna de esas situaciones, Léa le advirtió a Christine que estaba dispuesta a defenderse si la señora volvía a agredirlas.
Un electrodoméstico averiado y una reacción brutal
La tarde del 2 de febrero de 1933, Léonie y Geneviéve salieron de compras, mientras René Lancelin se encontraba afuera de la casa. Christine y Léa se quedaron trabajando en la vivienda.
Durante la ausencia de sus patrones, una plancha eléctrica se volvió a romper. El artefacto ya había tenido problemas y había sido llevado a arreglar, pero al utilizarlo nuevamente provocó un desperfecto que dejó al hogar sin iluminación.
Cuando Léonie y Geneviéve regresaron, alrededor de las cinco y media de la tarde, Christine les informó que no había podido terminar el trabajo.

De acuerdo con su declaración posterior, Léonie levantó una mano con intención de golpearla y Christine respondió atacándola. Geneviéve intervino para defender a su madre y Léa se incorporó al enfrentamiento.
Christine golpeó a una de las mujeres con una pesada jarra de peltre y ambas hermanas atacaron a sus jefas hasta tirarlas al piso. En el medio de la agresión, Christine le ordenó a Léa que le arrancara los ojos. Ella hizo lo mismo con la otra víctima, utilizando los dedos.
Cuando las mujeres yacían en el suelo, Christine fue a buscar un martillo y un cuchillo a la cocina. Las hermanas continuaron golpeándolas y apuñalándolas, intercambiándose las armas durante el ataque.
La violencia fue tal, que los investigadores encontraron trozos de huesos, dientes y restos de cabello dispersos por el lugar. Uno de los ojos había quedado sobre la escalera, a más de dos metros de los cuerpos.
Geneviéve apareció boca abajo, con lesiones profundas en las piernas y glúteos. Léonie estaba boca arriba, con graves daños en el cráneo y rostro. Las hermanas también habían desvestido y dejado las víctimas al desnudo.
Cuando terminaron, Christine cerró las puertas de la vivienda. Luego, las dos fueron a la cocina a lavarse la sangre de las manos, se cambiaron y subieron a su habitación. Llevaron consigo el martillo utilizado en el crimen y se acostaron juntas.
Esa misma noche, René Lancelin regresó a su casa y encontró las puertas cerradas y las luces apagadas. Como su esposa e hija debían asistir a una cena, pensó inicialmente que se habían ido sin esperarlo. Sin embargo, cuando llegó al encuentro, notó que no estaba ninguna de las dos.
Regresó acompañado de un conocido y, ante la falta de respuestas, acudieron a la policía.

Los agentes ingresaron por la parte trasera de la propiedad y comenzaron a revisar las habitaciones. Al subir las escaleras, uno de ellos iluminó con su linterna un objeto pequeño y redondeado que parecía una pieza de mármol. Cuando se acercó notó que era un ojo humano.
Unos escalones más arriba encontraron los cadáveres de Léonie y Geneviéve. En un primer momento, pensaron que las empleadas también habían sido asesinadas y que el responsable podría seguir en la casa.
Continuaron la búsqueda hasta llegar a la habitación de Christine y Léa, cuya puerta estaba cerrada desde el interior. Como nadie respondía, solicitaron un cerrajero.
Cuando consiguieron abrirla, encontraron a las hermanas acostadas en la misma cama, abrazadas y vestidas únicamente con batas. Junto a ellas había una vela y un martillo ensangrentado. Christine recibió a los agentes y les dijo "los estábamos esperando".
Ambas reconocieron su participación. Christine sostuvo que sus patronas habían intentado agredirlas y que habían actuado para defenderse. "Eran ellas o nosotras", dijo. Léa afirmó haber matado a Geneviéve, mientras Christine se atribuyó la muerte de Léonie. Las dos fueron detenidas.
La condena y las dudas sobre la salud mental de las hermanas
Durante el interrogatorio, Christine reconstruyó el enfrentamiento y reconoció: "no me arrepiento de nada. No fue un crimen planeado ni las odiaba, pero no acepté el gesto de la señora Lancelin conmigo esa noche".
El funeral de las víctimas reunió a miles de personas. Mientras tanto, comenzaron a circular distintas interpretaciones sobre las hermanas. Algunos sectores consideraban que el asesinato había sido una reacción exagerada frente a los abusos y las diferencias de clase. Otros sostenían que ambas padecían trastornos mentales.

El juicio comenzó el 29 de septiembre de 1933 en Le Mans. La expectativa fue tan grande que necesitaron aproximadamente 200 efectivos policiales para controlar a la multitud y a los periodistas que se acercaron al tribunal.
Las acusadas se presentaron con una apariencia discreta. Christine mantenía la mirada baja, mientras que Léa se mostraba pálida y asustada. Respondieron las preguntas en voz baja y reconocieron su responsabilidad.
La defensa intentó demostrar que las hermanas padecían una alteración mental. Para sostener la hipótesis, mencionó los antecedentes familiares, entre ellos la violencia de su padre y abuelo, el suicidio de un tío y la internación psiquiátrica de otro pariente.
Uno de los especialistas convocados señaló la enorme diferencia entre el incidente que desencadenó la agresión y el resultado. También sostuvo que la personalidad de Léa parecía estar profundamente subordinada a la de Christine.
Sin embargo, tres psiquiatras presentados por la acusación consideraron que ambas eran responsables de sus acciones y no presentaban alteraciones que justificaran declararlas inimputables.
El jurado tardó apenas cuarenta minutos en decidir el veredicto. Christine fue condenada a muerte a la guillotina, mientras que Léa recibió diez años de trabajos forzados y veinte años de destierro.
Después del juicio, las hermanas fueron separadas. La medida afectó principalmente a Christine, que comenzó a presentar un deterioro psicológico cada vez mayor. Reclamaba constantemente ver a Léa, sufría episodios de agitación y se negaba a comer. Incluso intentó arrancarse sus propios ojos y debió ser inmovilizada.
Las autoridades finalmente permitieron un encuentro entre ambas. Durante la visita, según los relatos del caso, Christin intentó desabrochar la blusa de Léa mientras le pedía con insistencia que aceptara el contacto. La secuencia reforzó las sospechas sobre la naturaleza de su vínculo, aunque tampoco permitió demostrar una relación incestuosa previa al crimen.

El 22 de enero de 1934. el presidente francés Albert Lebrun conmutó la condena de muerte de Christine por trabajos forzados a perpetuidad. Para entonces, la salud había empeorado considerablemente y terminó internada en una institución psiquiátrica.
Christine murió el 18 de mayo de 1937, a los 32 años, por complicaciones pulmonares relacionadas con su desnutrición.
Durante su encarcelamiento, Léa trabajó para una empresa de indumentaria y mantuvo un comportamiento tranquilo. El 2 de febrero de 1943, exactamente diez años después del asesinato, recuperó la libertad.
Se trasladó a Nantes junto a su madre y comenzó una nueva vida lejos de Le Mans. Volvió a trabajar en tareas de limpieza, esta vez en un hotel y con otra identidad. Según uno de los relatos documentales, murió el 24 de julio de 2001, a los 89 años.
El crimen de las hermanas Papin trascendió los tribunales para convertirse en materia de análisis psicológico, político y cultural. La brutalidad del asesinato y la estrecha relación entre Christine y Léa despertaron el interés de psiquiatras, escritores e intelectuales franceses, que encontraron en el caso elementos para discutir desde los trastornos mentales hasta las desigualdades sociales.
Jacques Lecan publicó un estudio sobre el crimen paranoico en 1933, mientras que sectores vinculados al surrealismo interpretaron el ataque como una expresión de las tensiones entre las clases acomodadas y el servicio doméstico.
Su influencia se extendió durante décadas y alcanzó algunas de las expresiones más reconocidas de la cultura francesa. En 1947, Jean Genet estrenó Las Criadas, una obra inspirada en el caso que exploraba la subordinación, el resentimiento y la violencia entre dos empleadas domésticas y su empleadora.
La historia también llegó al cine con producciones como Las Hermanas (2000), de Jean Pierre Denis, y continuó siendo investigada en el ámbito académico. En 2001, Rechel Edwards y Keith Reader publicaron The Papin Sisters, un estudio dedicado a examinar cómo el doble asesinato había influido la literatura, el cine y el pensamiento francés.
Más de nueve décadas después, el caso conserva la particularidad de que aun conociendo a las responsables, las armas del crimen y la secuencia del ataque, ninguna investigación pudo determinar qué llevó a las hermanas a reaccionar de aquella manera.
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