Miguel de Unamuno, una figura de referencia en tiempos convulsos
Descubre quién fue Miguel de Unamuno y por qué su pensamiento sobre la vida y la incertidumbre sigue siendo una referencia en tiempos convulsos.
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«del sentimiento trágico de la vida»
Don Miguel era la encarnación del «estar siendo», un hombre en conflicto permanente que tranquilizaba a las agitadas mentes de su época.
No recuerdo el título de la película. Pero sí recuerdo que transcurría en la España de inicios de los años treinta y que durante un giro de guion que llevaba a una situación comprometida, uno de los personajes anónimos, con inquietud, se preguntaba: «¿Y Unamuno, qué opinaría de esto?». Lejos de ser un chascarrillo, la necesidad de saber en aquellos momentos convulsos qué pensaría Don Miguel de Unamuno, qué haría, qué diría, era una constante cuando la incertidumbre acechaba como un mal lobo, pero todavía existía una figura de autoridad. Don Miguel, en este caso. Permítaseme un recuerdo biográfico. Mi abuelo, Manuel, pasó su infancia y mocedad en Salamanca después de emigrar con su familia de Oporto. Durante años, a determinada hora cumplía un mismo ritual. Se sentaba en un banco de la Plaza Mayor, a la hora oportuna, y esperaba ver pasar, siempre taciturno y reflexivo, a Unamuno que cruzara la plaza desde la rectoría de la Universidad de Salamanca al Café Novelty. Nunca se atrevió a dirigirle la palabra. Nunca lo abordó. Si le preguntábamos por el motivo de este ritual, él nos respondía que no lo sabía con certeza, pero que le producía tranquilidad verlo pasar. Así nos lo relataba. Unamuno era, para todos, una referencia y una guía. Un punto de soporte. Un lugar donde asirse. Y no era porque sus ideas, por más vehemencia con que fueran expresadas, resultaran taxativas e inequívocas. No era porque cada opinión suya cerrara cualquier incertidumbre. Era más bien por lo contrario. Su modo de pensar y consecuentemente su modo de estar en el mundo, era la encarnación de la problematicidad, la de no estar anclado en ningún sitio, la de «estar siendo» mucho más que la de «estar». No era un vasco como se esperaba que fuera un vasco (Sabino Arana dijo de él que era «un vasco españolizado»), no era un católico como se podía esperar que fuera un católico (su obra, Del sentimiento trágico de la vida, fue incluida en el Index librorum prohibitorum, por lo que se prohibió su lectura a los católicos), no era de izquierdas como se esperaba que fuera alguien de izquierdas ni era de derechas como lo reclamaba el canon. En Unamuno el conflicto era permanente, porque ninguna estandarización sometía su sentido crítico ni sedaba su sentido común.

Del sentimiento trágico de la vida fue publicado en 1913 en Salamanca y escrito el año anterior. En él refleja algunas ideas que desconcertaron a Tirios y Troyanos («A los hunos y a los hotros», diría él). Desde sus primeras páginas se percibe la afinidad con Kierkegaard (otro que como él entendería el ser cristiano como una lucha por no dejar de serlo) y un humanismo que anticipaba, como lo hiciera el mismo danés, lo que en los años cincuenta cristalizaría de manera más sólida como «existencialismo». El hombre, para Unamuno, no era una entidad cartesiana, abstracta y racional sino Antonio, Lucía o Miguel: el ser humano concreto, «El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere». El arrojado a la existencia particular sin más fin que el fin, sin más horizonte no solo que el morir sino el estar ya muriendo. Esto último (y aquí Jaspers coincidirá) es radicalmente trágico, porque establece en nuestras existencias dos posiciones encontradas, la de lo efímero y la eternidad, que en ningún modo se pueden sintetizar. Que no tienen solución. La razón indica esa certeza ineludible del desaparecer, el sentimiento se opone férreamente a esa verdad. Ya desde ahí, desde el origen, desde la primera bocanada de aire que inspiramos o el primer beso que recibimos, nuestra condición es inevitablemente trágica. Después, esas confrontaciones entre lo que se desea y lo que ocurre (o va a ocurrir) solo hacen que multiplicarse hasta el infinito. Traumas, frustraciones, desamores, enfermedades… sufrimientos. Las verdades racionales nunca serán asunto de fe. Esta no puede guiarse por aquellas (absurdo demostrar racionalmente la existencia de una continuidad tras la disolución), uno tiene que estar en permanente lucha (trágica) contra ellas. Tener fe es dudar (trágicamente) de tener fe. La tensión entre esa «necesidad existencial» de continuar, de permanecer limitado, y la demostración racional de la discontinuidad y la ilimitación que nos espera, nos retuerce como a la madera del arco, siempre a punto de quebrarse, siempre presta a romperse. Nuestra existencia no se maneja ni se da sentido en la certidumbre: lo hace en la paradoja, en la inestabilidad, en la ambigüedad y en la imprevisibilidad contra la que la razón nada puede. Podría deducirse de lo anterior, que como Blaise Pascal o el propio Kierkegaard, Unamuno encuentra una cierta estabilidad, una cierta pacificación de la angustia trágica en sus conclusiones. Pero no fue así. La heroicidad (solo existe heroicidad en la tragedia) de Don Miguel fue quedarse en ese intersticio entre el desconcierto y la certeza, en el dintel del consuelo, a las puertas de un sentido que aplacase la mordida de la bestia. Y ese punto no fue solo un gesto de heroicidad: fue un análisis preciso de lo que nos constituye. Todos nosotros habitamos ese lugar de penumbra, estamos a medio camino, somos como el villano shakesperiano de Ricardo III, «a medio hacer» o como los hermanos Karamazov de Dostoievski hundido en la duda, entre el saber y el creer. Solo que ahora, además, estamos sin ni siquiera poder sentarnos en un banco sombreado, a la espera de que alguien cruce la plaza y nos procure un poco de tranquilidad. Aunque solo sea un poco.

Nuestra existencia no se maneja ni se da sentido en la certidumbre: lo hace en la paradoja, en la inestabilidad, en la ambigüedad y en la imprevisibilidad contra la que la razón nada puede.
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