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Friday, September 18, 2026

Vilma Fuentes: Identidad y tiempo

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medida que pasa el tiempo y con él, los años, vamos formando esa serie de sucesos que van construyendo nuestra identidad. De esta premisa, algunos pensadores concluyen que no somos sino tiempo, y el tiempo, ¡oh, tristeza!, no cesa de pasar para irse y dejarnos, si acaso no somos nosotros los que pasamos y nos vamos desposeyendo de los días y las horas, abandonando el tiempo que se nos dio, despojándonos de las horas y los días que fuimos alguna vez.

Pero de ese tiempo que se va está formada nuestra persona; es decir, nuestra identidad, lo que resta de nosotros y acaso nos hace únicos. Y ese tiempo que parece huir, en realidad va dejando las huellas y sedimentos del esqueleto de la identidad. Así, podría decirse sin vacilar que no somos sino pasado. El resto, el futuro, aún no existe y acaso nunca existirá. Al menos, no existirá como lo imaginamos y se va construyendo, a fin de cuentas, él solo. Por eso, quizás, la imposibilidad de imaginarlo o pensarlo como será en realidad.

Por desgracia, las memorias se van perdiendo con los años. Pero, por fortuna, algunas de éstas logran sobrevivir al paso del tiempo y brotan ante nosotros con un aspecto novedoso, sorprendiéndonos como algo que nos es desconocido.

Acaso, sin que siquiera nos percatemos, vamos repitiéndonos y reafirmando todos esos rasgos y recuerdos que hacen de cada uno de nosotros el ser único que es cada quien. Somos, pues, pasado, nuestro pasado. Suma y cúmulo de recuerdos que forman esa memoria que es nuestra identidad. Es decir, nuestro yo.

Así, podría escribirse un cuento sobre el desmemoriado que termina por ignorar quién es, pues ha extraviado los recuerdos que le permitirían conocer su identidad. Cabría preguntarse, en un juego mental, si esta especie de amnesia del yo vuelve más libre o, al contrario, encierra en un laberinto del que no es posible escapar porque no hay puerta de salida.

Esto me recuerda un extraño y evocativo cuento de Salvador Elizondo, el cual forma parte de las historias reunidas, en el volumen de narraciones breves llamado “Narda o el verano”. Cabe señalar que una de las cuestiones que más curiosidad despertaban en Elizondo es la que levantan los recuerdos. ¿No comienza con la frase “recuerdo, no recuerdo” su novela titulada Farabeuf o la crónica de un instante?

En una de esas breves narraciones, un hombre corre buscando la puerta de salida del laberinto donde se encuentra encerrado. Cuando, al fin, encuentra esa puerta, la abre. Pero el portón no se abre sino hacia otra pared: un muro sin puertas.

El sentimiento de desesperanza de Salvador Elizondo era algo más profundo y angustiante que la desesperación. Ésta puede ser breve o larga, pero tiene límites. La desesperanza no conoce confines ni fronteras, carga en ella misma su culminación. Abarca todo a su alrededor buscando y acaso alcanzando la desaparición que busca para poder descansar: la muerte.

Leer los libros escritos por Elizondo es tan peligroso como tragar una flor venenosa. El envenenamiento es seguro. Aunque el envenenado pueda continuar en vida, se trata de una vida latente, la del hombre que sobrevive buscando la muerte que le es imposible encontrar.

No quiero decir literalmente que no pueda morir, pero le es imposible darse la muerte él mismo. Está obligado a seguir esperando un final que tarda en llegar, viviendo y agonizando en una muerte sin fin: Desde mis ojos insomnes / mi muerte me está acechando / me acecha, sí, me enamora / con su ojo lánguido. / ¡Anda, putilla del rubor helado / anda, vámonos al diablo! (“Muerte sin fin”, poema de José Gorostiza.)

Sí: el tiempo huye y con él nuestra existencia. Se nos va yendo la vida sin prevenirnos, semejante a una brisa que pasa junto a nosotros y nos sopla su aliento cálido adormeciéndonos poco a poco, llevándose con ella recuerdos y esperanzas. Nos abandona dejándonos a solas frente a la ineluctable muerte que nos abre sus brazos para recibirnos sin mandarnos al diablo.

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