Ni migrantes ni élites: el paisaje podría explicar cómo se extendió el mijo en la Polonia de la Edad del Bronce
Un análisis isotópico de 192 esqueletos revela que el mijo llegó a Polonia 130 años antes de lo estimado, y sin migración masiva de por medio.
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Durante siglos, el mijo ha vivido a la sombra del trigo y de la cebada en la cultura cerealística europea. Sin embargo, este cereal resistente, capaz de crecer en suelos pobres y con poca agua, protagonizó una de las primeras grandes revoluciones alimentarias del continente. Ahora, un equipo internacional de arqueólogos ha concluido que los habitantes de los territorios de la actual Polonia empezaron a comerlo hace 3.500 años.
El equipo de estudio ha llegado a esta conclusión a partir de los propios huesos y dientes recuperados en el registro arqueológico. Analizando la composición química de los esqueletos, los investigadores han reconstruido cuándo y de qué modo se incorporó el mijo en la dieta de la Edad del Bronce centroeuropea. El estudio, publicado en Science Advances, examinó a 192 individuos procedentes de trece yacimientos del sur de Polonia y su conclusión desmonta una idea muy extendida sobre la adopción y difusión de este cereal.
Un nuevo estudio adelanta más de un siglo la fecha del primer consumo de mijo isotópicamente constatable en toda Europa.

¿Cómo se determina la dieta de alguien que murió hace 35 siglos?
La clave está en la fotosíntesis. El mijo pertenece a un grupo reducido de plantas, las llamadas C4, que fijan el carbono atmosférico de forma distinta a la mayoría de cultivos europeos que, como el trigo o la cebada, se clasifican en el grupo C3. Esa diferencia bioquímica deja una huella medible: quien consume mijo de forma habitual acumula en sus tejidos una proporción específica del isótopo carbono-13.
Los científicos midieron esa señal en el colágeno óseo, la dentina y el esmalte dental de cada individuo. Cada uno de estos tejidos se forma en una etapa distinta de la vida humana. El esmalte y la dentina contienen información relativa a la infancia; el hueso, en cambio, refleja los últimos años o décadas de existencia. Comparar ambos resultados, por tanto, permite averiguar si una persona empezó a comer mijo en la niñez o si lo incorporó ya de adulta.
A esta información se sumaron los isótopos de estroncio y oxígeno, que actúan como un pasaporte geológico. Revelan si alguien creció bebiendo el agua y comiendo los alimentos de la zona donde fue enterrado o de un lugar distinto.
Los datos genéticos y de estroncio descartan que el mijo llegara a Polonia a través de una oleada de migrantes foráneos.

Un hallazgo en los huesos de una mujer del siglo XVI a. C.
Hasta ahora, la primera evidencia isotópica de consumo sustancial de mijo en Europa se situaba en torno a 1460 a. C., en el sureste de Polonia. El nuevo análisis adelanta esa fecha a 1588 ± 48 años antes de Cristo, es decir, más de un siglo antes de lo estimado.
El protagonista de este vuelco cronológico es un esqueleto concreto (MIL1_234), perteneciente a una mujer enterrada en el yacimiento de Pielgrzymowice. Sus huesos petrosos, que reflejan la vida en el útero materno, y la dentina de su primer molar, formada durante la infancia, muestran una dieta basada exclusivamente en cereales C3. El colágeno de un hueso largo, que resume sus últimos años de vida, sin embargo, revelaba una historia distinta: había integrado el mijo en su dieta ya de adulta.
Los científicos han podido determinar que esta mujer murió entre los 40 y los 50 años. Aunque el equipo no pudo precisar el momento exacto del cambio de dieta, al no conservarse muestras del segundo y del tercer molar, el patrón resultó revelador: el mijo no formaba parte del menú habitual de su comunidad en el momento de su nacimiento, pero sí décadas más tarde.
Un varón (MIL1_233) enterrado en el mismo yacimiento mostró un patrón de alimentación parecido. Adoptó el consumo de este cereal solo en los últimos cinco años de su vida. Ambos casos sugieren que el mijo se introdujo de forma paulatina, primero como alimento ocasional y después como recurso más habitual.
El mijo se extendió porque permitió cultivar tierras pobres y secas, no aptas para los cereales tradicionales, como el trigo y la cebada.

Ni migración masiva ni imposición cultural: una respuesta al territorio
Una de las hipótesis más debatidas sobre la llegada del mijo a Europa central apuntaba a la difusión démica, es decir, a la idea de que grupos foráneos, ya habituados a este cereal, se habrían asentado en Polonia y transmitido la costumbre mediante la migración. Los datos genéticos y arqueológicos, sin embargo, desmienten ese escenario.
Los primeros consumidores de mijo identificados en la región presentaban valores locales de estroncio; habían mantenido una dieta basada en cereales tradicionales durante su infancia. Solo más tarde, ya en edad adulta, incorporaron el nuevo cultivo. Este patrón se repite en varios yacimientos, lo que descarta que una única oleada de recién llegados trajese consigo el hábito.
En cambio, a partir del año 1500 a. C., los investigadores detectaron un cambio. Quienes consumían mijo en cantidades notables presentaban valores de estroncio distintos de los esperados en su propio territorio. La explicación más plausible apunta al uso de nuevas tierras para el cultivo. Puesto que el mijo tolera suelos pobres y climas secos donde el trigo o la cebada no prosperan, su cultivo habría permitido aprovechar parcelas hasta entonces marginales.
Ni el sexo, ni la edad, ni el estatus social determinaron quién comía mijo en las comunidades del Bronce polaco.
El estudio también desmiente que el mijo estuviera reservado a un grupo social concreto. Ni el sexo ni la edad fueron determinantes para su consumo. Hombres y mujeres, enterrados con ajuares tanto lujosos como modestos, consumieron mijo por igual.
Tampoco existió una preferencia por consumirlo en una etapa concreta de la vida. Aproximadamente un tercio de los individuos infantiles ya mostraba señales compatibles con el consumo de mijo desde la niñez, mientras que en la edad adulta la proporción rondaba la mitad. El cereal, concluye el estudio, se integró de forma transversal en la sociedad, sin convertirse jamás en alimento exclusivo ni en sustituto total de los cultivos tradicionales.
Referencias
- Depaermentier, M. L. C. et al. 2026. "Multiproxy bioarchaeological analyses reveal subsistence shift in Bronze Age Central Europe". Science Advances, 12(37), eaeh1079. DOI: 10.1126/sciadv.aeh1079
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