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Saturday, October 31, 2026

Los productores ovinos de la Patagonia juegan a dos puntas y se integran para llegar al mundo

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La lluvia siempre es bienvenida en la Patagonia, incluso cuando obliga a postergar la esquila, complica las tareas en el campo y exige mayores cuidados sobre las majadas. Después de años marcados por la falta de agua, ver rebrotar los pastizales naturales renueva las expectativas de los productores ovinos de Santa Cruz. Sin embargo, la recuperación del forraje no alcanza para despejar la incertidumbre de una actividad que fue el motor de la economía regional y que hoy enfrenta un profundo desafío: volver a crecer después de una fuerte reducción de sus existencias.

César Guatti, ingeniero agrónomo y productor ovino radicado en Río Gallegos desde 1984, conoce de cerca los ciclos de crisis y recuperación de la ganadería patagónica. En su campo, como en buena parte de la provincia, la producción combina dos ingresos fundamentales: la lana y la carne. Pero el equilibrio entre ambos negocios depende de factores climáticos, productivos y comerciales que no siempre juegan a favor.

“Para la producción de lana no fue un buen año en mi microzona. Hubo muchos meses muy secos y eso generó una merma en los kilos. En Santa Cruz, el promedio es de cuatro kilos por animal y este año se debe haber perdido medio kilo”, explicó en diálogo con Clarín Rural.

La calidad, en cambio, se mantuvo en buenos niveles. Una de las claves es la esquila preparto, que se realiza unos 20 días antes de la parición, habitualmente en septiembre. Esta práctica permite reducir los problemas de lana quebradiza y mejorar las condiciones sanitarias de los animales. Este año, sin embargo, las lluvias demoraron los trabajos y obligaron a extremar los cuidados.

En el negocio lanero, las diferencias de calidad se traducen directamente en el precio. La demanda internacional privilegia las fibras finas, capaces de alcanzar valores muy superiores a los de las lanas más gruesas. “Las lanas de 16 a 18 micrones le sacan mucha diferencia de precio a las de 26 o 27 micrones. Las primeras rondan los ocho dólares por kilo, mientras que las segundas promedian los tres dólares”, detalló el productor.

Esa brecha también explica las diferencias productivas dentro de Santa Cruz. El centro y el norte de la provincia tienen un perfil más lanero, porque cuentan con mejores condiciones para obtener fibras de calidad, mientras que en el sur adquiere mayor importancia la producción de carne.

La suplementación estratégica de distintas categorías empieza a ser una herramienta difundida en la producción ovina de Santa Cruz.

En la zona de Guatti, el principal producto comercial es el cordero liviano, que se vende alrededor de los 90 días de vida con unos 12 kilos de peso al gancho. Buena parte de esa producción se destina a la exportación hacia la Unión Europea. Los animales adultos también encuentran salida en los mercados externos, aunque con otros destinos como Brasil y los países de Medio Oriente.

En términos económicos, actualmente la rentabilidad de la actividad se reparte en partes iguales entre la lana y la carne. Esa diversificación permite amortiguar parcialmente los vaivenes de cada mercado, aunque no elimina los problemas derivados de la caída de la producción y el aumento de los costos.

De la tranquera al frigorífico: una apuesta colectiva

La experiencia de Guatti no se limita al manejo de las ovejas y la comercialización de sus productos. También forma parte de una iniciativa asociativa que buscó resolver uno de los problemas históricos de la producción patagónica: la dificultad de los productores para participar de manera directa en la industrialización y la comercialización.

En 1999, alrededor de 60 productores se unieron para crear una sociedad con el objetivo de poner en marcha una planta frigorífica. La iniciativa, que con el tiempo se consolidó bajo el nombre de Estancias de la Patagonia, nació en medio de una profunda crisis de la industria frigorífica santacruceña y con una idea central: que quienes producen los animales pudieran tener una mayor participación en los eslabones siguientes de la cadena.

La apertura y el mantenimiento de los mercados externos son un componente central de la estrategia. Pero construir relaciones comerciales lleva años y exige cumplir con estándares sanitarios, garantizar volúmenes y sostener la regularidad de los envíos. “Siempre tratamos de mantener los mercados, aunque en algún momento no den mucha ganancia, porque cuesta muchos años conseguirlos y cuando te vas de un mercado es difícil volver a entrar”, explicó Guatti.

La apuesta fue creciendo. Hace tres años, la sociedad decidió comprar otra planta frigorífica, que hasta entonces pertenecía al grupo Benetton. De esa manera, los productores ampliaron su participación en una actividad en la que el acceso a la faena y a los mercados de exportación resulta determinante para capturar valor.

El grupo Estancias de la Patagonia, formado por más de 60 productores, cuenta con dos plantas de faena en Santa Cruz habilitadas para exportar a Unión Europea.

“Creemos que esta es la mejor herramienta que tienen los productores para poder ir entrando cada vez más y participando del proceso de comercialización de sus productos”, sostuvo Guatti.

La integración permite, además, conocer de primera mano cómo funcionan los mercados, cuáles son las exigencias de los compradores y qué factores determinan los precios que recibe el productor. En una actividad con una marcada estacionalidad, esa información es clave para organizar las ventas y sostener los vínculos comerciales.

La capacidad industrial instalada en Río Gallegos muestra la dimensión de esa apuesta. Una de las plantas puede faenar hasta 3.000 corderos por día en un turno, mientras que la otra tiene capacidad para 2.000. Ambas trabajan principalmente durante la zafra, que se extiende de diciembre a mayo, cuando la actividad se concentra y los frigoríficos operan a pleno. En la provincia son tres los establecimientos habilitados para exportar a la Unión Europea, un mercado clave para los corderos patagónicos.

Pero disponer de capacidad industrial no garantiza la sustentabilidad del negocio. Los frigoríficos necesitan un abastecimiento suficiente de animales para diluir sus costos operativos y mantener su competitividad. Cuando las majadas se reducen, la falta de materia prima amenaza con convertir parte de esa infraestructura en capacidad ociosa.

Por eso, Guatti considera que la integración comercial debe ir acompañada de una recuperación de la producción primaria. El desafío no consiste únicamente en vender mejor, sino también en volver a producir más.

Exportaciones en alza, pero con menos ovejas

El crecimiento de los embarques de carne ovina a mediados de este 2026 podría sugerir que el sector atraviesa una etapa de recuperación. Sin embargo, Guatti aclara que detrás del mayor dinamismo exportador aparece una realidad más compleja: buena parte de los animales que llegaron a los mercados externos provino de la liquidación de stock provocada por la sequía. “El repunte de las exportaciones no obedece a un crecimiento de la producción. Lejos de eso, en la Patagonia lo que estamos observando es un decrecimiento, una baja de la producción. Tenemos menos ovinos en este momento”, advirtió el productor.

La falta de pasto obligó a numerosos productores a desprenderse de animales para reducir la presión sobre los campos y evitar pérdidas mayores. Una parte de esa hacienda terminó en los mercados externos, donde la mejora de los precios internacionales y una mayor demanda ofrecieron oportunidades comerciales.

No obstante, vender más carne en el exterior no significa necesariamente que la actividad esté creciendo. La liquidación de animales puede mejorar temporalmente los volúmenes comercializados, pero reduce el capital productivo de los establecimientos y compromete su capacidad de generar ingresos en los años siguientes.

A esa situación se suman otros factores que afectan la productividad. Guatti menciona los ataques de zorros y pumas, que provocan pérdidas importantes entre los corderos y los borregos, y la competencia del guanaco por los pastizales naturales. En campos donde la disponibilidad de forraje es limitada, la presión sobre los recursos obliga a reducir la cantidad de animales.

También preocupa el incremento de los costos medidos en dólares, particularmente los vinculados al combustible y la logística. Aunque los precios que recibe el productor mejoraron, el encarecimiento de los insumos sigue condicionando la rentabilidad, sobre todo en los establecimientos pequeños y medianos.

Como referencia, el precio de la carne ovina que recibe el productor registró un incremento cercano al 30 por ciento interanual. Según los valores relevados por productores del sector, el kilo de carcasa se ubica aproximadamente entre $8.000 y $9.000, dependiendo del tipo de animal y las condiciones de comercialización. La mejora ayuda a compensar parte de los mayores costos, pero no resuelve el problema de fondo: para sostener una cadena exportadora competitiva se necesita recuperar las majadas y aumentar la producción.

La situación actual remite a otros momentos críticos de la ganadería ovina santacruceña. Guatti recuerda especialmente los años 90, cuando el derrumbe internacional de los precios de la lana coincidió con los efectos de la convertibilidad y el encarecimiento de los costos internos medidos en dólares.

A esa crisis económica se sumaron dos episodios climáticos devastadores. La erupción del volcán Hudson, en 1991, provocó graves daños en la meseta central de Santa Cruz, mientras que la denominada “nevada del siglo”, en 1995, ocasionó una elevada mortandad de animales.

Después de aquellos acontecimientos, la actividad atravesó un largo proceso de recuperación. Actualmente, la provincia cuenta con aproximadamente 2,1 millones de cabezas ovinas, un stock que Guatti considera relativamente estabilizado, aunque todavía por debajo de las posibilidades productivas de Santa Cruz. "Nosotros siempre decimos que debemos generar de alguna manera la consolidación de los establecimientos que están en marcha, para de ahí en más empezar un proceso de crecimiento”, planteó.

La prioridad, entonces, es fortalecer las unidades productivas que lograron mantenerse en actividad y generar las condiciones para que vuelvan a invertir. Recuperar animales es parte de la tarea, pero también resulta necesario mejorar los indicadores de cada majada: obtener más kilos de lana por oveja, elevar los porcentajes de parición y aumentar la cantidad de corderos que llegan efectivamente a la venta.

Más tecnología para producir en un ambiente desafiante

En ese camino, la incorporación de tecnología y el manejo más preciso de los recursos naturales ganan importancia. Una de las herramientas que comienza a extenderse es la suplementación estratégica, especialmente en momentos críticos del ciclo productivo.

La práctica consiste en aportar alimento en períodos en los que la disponibilidad o la calidad del forraje no alcanzan para cubrir los requerimientos nutricionales de los animales. Puede aplicarse durante el último tercio de la gestación, antes del servicio o en la recría de animales que presentan una condición corporal insuficiente.

La principal dificultad en Santa Cruz es la logística. Llevar alimento a establecimientos extensos y alejados exige infraestructura, organización y costos adicionales. Además, para incorporar esta tecnología de manera eficiente se necesita una transición que incluya comederos, mixers y un manejo adaptado a las condiciones de cada campo.

Aun así, frente a sequías severas, la suplementación puede ser una herramienta valiosa para reducir pérdidas, mejorar los resultados reproductivos y evitar una liquidación excesiva de animales.

Guatti también considera que existen oportunidades para intensificar la producción en áreas bajo riego y para diversificar las actividades de algunos establecimientos, ya sea mediante otras producciones agropecuarias o propuestas de agroturismo. Pero advierte que esas inversiones requieren herramientas de financiamiento adecuadas para una actividad que trabaja con márgenes ajustados y ciclos productivos largos.

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