Octubre: sombras que ofenden

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Hace siete años comenzó el evento político y social más potente de mi generación: el estallido social de 2019. Hoy su fantasma parece incomodar a todos los sectores políticos dominantes. A la nueva izquierda le recuerda su oportunismo, su falta de lealtad con la república, sus diagnósticos ciegos y su rápido acomodo al poder y sus sueldos. A la derecha “valiente” le recuerda el malestar social, las promesas de mayor justicia incumplidas y la rabia acumulada contra las élites. Opera entonces la amnesia, ese monstruo chileno que Gonzalo Justiniano trata en la película homónima, y que ronda también en Casa de campo, de José Donoso. Esa pretensión de haber vivido una fantasía con la que concluye Sueño de una noche de verano: “si nosotros, las sombras, los hemos ofendido/ piensen solo esto, y todo está arreglado/ que ustedes solo han dormido aquí/ mientras estas visiones aparecían”. La izquierda ahora alucina con Cerimedos retrospectivos, que les devuelven la batuta de las grandes alamedas (incluso a Jaime Bassa, quizás el más delusorio de los guaripolas). La derecha, por su parte, fantasea con nada más que criminales, muchos de ellos extranjeros entrenados, castrochavistas que brotan y vuelven a las alcantarillas. Estallido antineoliberal o estallido criminal. Todos llevando agüita a su molino. Y no hay nada más que hablar.
Sin embargo, cualquiera que quiera entender las frustraciones y las esperanzas de los chilenos debe volver al estallido con ojos abiertos, corazón atento y mente afilada. Fue lo que traté de hacer en “Dignos: crónica del estallido social”, que publicamos en el IES hace alrededor de un año. Reconstruir los hechos e intentar comprender su forma. Varias piezas del puzle habían sido ya bien puestas por Gonzalo Blumel, Carlos Peña, Manuel Canales, Kathia Araujo, Lucy Oporto y Sergio Micco, entre otros. Pero faltaba la llave del desfile salvaje. Y seguir la descripción de Simon Schama de la Revolución francesa en su magistral obra Ciudadanos me permitió confirmar una intuición antigua (ver mi columna “Estallido y fiesta” de 2020): que esa llave era la fiesta, el carnaval. La inversión momentánea y simbólica del orden cotidiano. Esa potencia que, tal como explica Octavio Paz en El laberinto de la soledad, puede volverse triste y violenta. Y, en el caso chileno, imbunche (castradora, segadora, anuladora).
¿Y qué nos dice la representación de la inversión durante el estallido? Que muchos chilenos sienten y resienten que, en el Chile de hoy, las cosas importan más que la vida de las personas. O que la vida de las personas importa solo en proporción a las cosas que poseen. De ahí, creo yo, la locura gnóstica de las calles durante esos días: romper todo lo material en nombre de la dignidad. Un odio furibundo a las cosas. Los aplausos emocionados al capucha que toma el plasma y lo tira al fuego. El estallido fue muchas cosas malas y perversas, pero no homicida. Y la otra inversión que se dio durante esos días fue la de la introversión: de vivir para adentro, todos pasaron a volcarse hacia afuera. Romperse hacia el exterior, liberando en público las penas, los miedos, las rabias. Un rajarse triste que, como dice Paz, coquetea con la muerte. De ahí ese patetismo permanente empapado en una retórica empalagosa, esa “epidemia de buena voluntad” (Schama). De ahí, también, esa especie de suma de monólogos que inundaba las calles. Mucha gente sola junta. Una muchedumbre que no cuaja en un pueblo, como tantos ansiaban.
Esta puerta hacia el estallido, la de la fiesta, es explorada por cada vez más observadores. Y no es un tema de tendencia política. Tenemos el ensayo de Sergio Guerra La (re)vuelta del carnaval y también el artículo “Octubre fue carnaval” de Ignacio Barrales, además de la columna de Mauro Basaure “Fiesta, feísmo y dignidad”. Puede que surja un debate interesante. Pero, ¿qué político, qué militante, qué miembro de las clases dirigentes está dispuesto a verse ofendido por las sombras del estallido? ¿Quién quiere ver los verdaderos dolores de la modernización chilena representados en el lenguaje grotesco del carnaval?
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