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Wednesday, September 23, 2026

Malvinas: el tiempo largo de la corona

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Mientras en la Argentina solemos discutir Malvinas como un conflicto territorial, Gran Bretaña lo administra como un problema de estrategia. La diferencia no es semántica: es la distancia que separa el tiempo corto de la política del tiempo largo del Estado.

Basil Liddell Hart sostenía que las victorias más duraderas rara vez se obtienen por el ataque frontal. La aproximación indirecta consiste en modificar el entorno del adversario hasta volver innecesaria la confrontación decisiva. Esa lógica explica mucho mejor la política británica en el Atlántico Sur que cualquier discurso pronunciado desde Londres.

Para comprenderla hay que entender primero qué significa la corona británica. No es simplemente el rey, ni un sinónimo del gobierno de turno, y mucho menos se reduce a las islas que integran el Reino Unido. La corona representa la continuidad histórica de una arquitectura estatal que ha sobrevivido a imperios, guerras y cambios de gobierno. Alrededor de ella conviven el Reino Unido, las Dependencias de la Corona, los Territorios Británicos de Ultramar y una extensa red de vínculos políticos, diplomáticos, culturales y militares construida durante siglos. Los gobiernos cambian; los intereses estratégicos permanecen.

Malvinas forma parte de esa continuidad. La base de Mount Pleasant es apenas su expresión más visible. Mucho más importante resulta la construcción paciente de un entorno favorable: la conectividad submarina con Uruguay, la cooperación logística y antártica con Chile, la asociación estratégica en defensa con Brasil, los intercambios académicos, las becas y los programas de formación de jóvenes dirigentes en la propia Argentina. Nada de ello constituye una provocación aislada; es una política coherente de acumulación de influencia.

PABLO PORCIUNCULA - AFP

Sería un grave error responder convirtiendo a Brasil, Chile o Uruguay en adversarios. La verdadera disputa consiste en lograr que para nuestros vecinos la relación estratégica con la Argentina resulte más relevante que cualquier vínculo periférico con las islas. La geografía debería unirnos mucho más de lo que las diferencias ideológicas ocasionales pueden separarnos.

En las últimas semanas apareció un elemento nuevo. El presidente Donald Trump introdujo una inesperada disposición a revisar la posición tradicional de Washington respecto de Malvinas e incluso insinuó una eventual mediación. Constituye una oportunidad diplomática que merece ser aprovechada, pero también una advertencia. La historia demuestra que los intereses permanentes de los Estados Unidos y del Reino Unido poseen una profundidad muy superior a cualquier coincidencia coyuntural entre gobiernos. La política exterior argentina debe saber distinguir una ventana de oportunidad de una ilusión estratégica.

Pero la verdadera prueba no vendrá de Washington. Vendrá del Congreso argentino.

Porque cuando llega el momento de aprobar los presupuestos, se terminan los relatos. Allí las prioridades dejan de expresarse en discursos y comienzan a medirse en recursos.

Durante los últimos años la Defensa recibió uno de los niveles de financiamiento más bajos de su historia

El presupuesto 2027 será la primera evidencia material para saber si el reciente redescubrimiento de Malvinas constituye el nacimiento de una política de Estado o una jugada asociada al calendario electoral. Durante los últimos años la Defensa recibió uno de los niveles de financiamiento más bajos de su historia; el Fondef perdió capacidad para impulsar la recuperación sostenida de medios; la prometida equiparación salarial entre las Fuerzas Armadas y las Fuerzas de Seguridad continúa incumplida; y la crisis de la obra social militar deterioró la principal capacidad de cualquier institución: su recurso humano. La presentación del nuevo presupuesto ofrece ahora la posibilidad de revertir esa tendencia. Y la responsabilidad es compartida, ya que la propia oposición ha sido fuertemente crítica con la reducción presupuestaria destinada a la Defensa por el actual gobierno.

Sin embargo, tampoco alcanza con asignar más dinero. La pregunta decisiva es para qué.

La Argentina es un país marítimo, antártico y por lo tanto discontinuo. El Atlántico Sur constituye un dominio prioritariamente aeronaval. Allí convergen nuestras rutas comerciales, recursos pesqueros y energéticos, la proyección hacia Malvinas y la puerta de acceso al continente antártico, además de un aspecto de altísimo valor estratégico a nivel planetario, como la conexión bioceánica. Ninguna estrategia seria puede prescindir de las capacidades necesarias para operar en ese escenario.

Recuperar la capacidad submarina es una prioridad estratégica. Lo mismo ocurre con la guerra antisubmarina, las capacidades de minado y desminado, la aviación naval de ataque, la vigilancia y exploración marítima y los medios de proyección y sostenimiento de fuerzas a grandes distancias. No se trata de una carrera armamentista ni de reconstruir las Fuerzas Armadas del pasado. Se trata de dotar al país de los instrumentos indispensables para ejercer presencia, conocimiento y libertad de acción en sus propios espacios marítimos, y contribuir a atenuar las desventajas propias de la discontinuidad territorial expresada.

Del mismo modo, Ushuaia y Petrel no son obras de infraestructura aisladas: son nodos de una misma arquitectura que vincula soberanía, logística, Antártida y desarrollo nacional. Sin ellas, cualquier política hacia el Atlántico Sur queda incompleta.

La mayor enseñanza que ofrece la corona británica no reside en su poder militar, sino en su extraordinaria capacidad para pensar estratégicamente en décadas. Ese es, precisamente, el desafío argentino. De poco servirá un cambio de tono sobre Malvinas si no va acompañado por presupuestos, capacidades, recursos humanos y continuidad institucional.

La soberanía no se declama. Se financia, se planifica y se construye. Y será el Presupuesto 2027 –no los discursos– el que permita saber si la Argentina decidió finalmente abandonar el tiempo corto de la política para ingresar en el tiempo largo de la estrategia.

Tte. Gral. (R), exjefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas

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