¿Jefe de la Misión o Presidente de Chile?

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El Presidente Kast llegó a La Moneda con una misión más que con un programa. La promesa era reconstruir el país desde sus cimientos: un Chile que, según su relato, se caía a pedazos y requería motosierra. Hoy esa misión no solo choca con la realidad. Choca con sus propios aliados. Una misión se sostiene con convicción y algo de poder. Un gobierno, en cambio, necesita aliados, Estado y legitimidad.
Con resultados negativos en cada frente, todo indica que es el peor gobierno desde el retorno a la democracia. La “emergencia” de campaña se transformó en la emergencia de su propio gobierno. Tres ministras y decenas de funcionarios de exclusiva confianza han salido. Incluso en seguridad, su bandera, hay serios problemas de gestión: no ha puesto en marcha la institucionalidad que heredó y otorgó beneficios a condenados por delitos graves. Prometieron 650 mil empleos y los desocupados superan el millón. Prometieron crecimiento y por sus decisiones la economía está estancada. Pero rebajaron impuestos a los más ricos. Paradójico para quien acusaba a otros de refundacionales.
El problema no es solo de gestión. Es de diseño. El Segundo Piso pasó de ser un equipo asesor a un poder de facto por sobre la arquitectura regular del Estado. Sigue en campaña mientras los ministerios esperan instrucciones. Ya no se sabe dónde se decide ni a quién pedir cuentas. A eso se suma una tendencia a debilitar contrapesos: la ofensiva contra el INDH, la reforma constitucional que intentaron colar en seguridad, la deslegitimación de la Contraloría, el esfuerzo por eludir al Congreso. Sin contrapesos, la democracia queda a merced de quien gobierna.
Lamentablemente, lo que hoy tensiona al gobierno no es el malestar social, que La Moneda parece dispuesta a resistir aun con la aprobación bajo el piso, como muestra cada discurso que pide sacrificios. Es su base de gobernabilidad. Chile Vamos enfrenta una pregunta incómoda: ¿está dispuesto a comprometer su legitimidad para sostener a un núcleo duro, el del Presidente junto a Quiroz e Irarrázaval, inflexible frente a la realidad? Si persiste, el desgaste no recaerá solo en el Presidente. Se concentrará también en su sector y, sobre todo, en quienes votaron por un cambio y sienten que el bolsillo no alcanza y esperan del Estado protección y bienestar.
Hay quienes dudan de que el Presidente pueda cambiar. Lo que lo hizo ganar es justamente lo que hoy le impide gobernar. Y sus referentes, de Orbán y Trump a Peña, tampoco son buenos indicadores. Pero la responsabilidad democrática obliga a trabajar con la hipótesis de que el gobierno puede y debe mejorar. No se trata de rescatar la popularidad del Presidente. Se trata de que Chile no siga pagando el costo de su obstinación.
Seguir en la misión significa más problemas económicos, tensiones políticas, conflictividad social y un país que pierde credibilidad internacional. Con actos de fe no se llega a fin de mes. Asumir la Presidencia significa otra cosa: un Estado activo para la recuperación económica y el bienestar de los hogares, un rediseño de la relación entre el segundo piso y los ministerios, y equipos con experiencia política, capaces de administrar el Estado y de adaptarse a la crisis antes que aferrarse a la doctrina. Una crisis de este tamaño exige un cambio de gabinete acorde a ella.
La pregunta ya no es solo si la misión seguirá avanzando. Es si José Antonio Kast seguirá siendo el jefe de una misión o asumirá, por fin, que es Presidente de Chile.
Por Camila Miranda, directora ejecutiva de Nodo XXI
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