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Friday, October 16, 2026

Las Malvinas y el nombre de Benín

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En la despedida del mayor ídolo mundial del fútbol, volvimos a ver, como en aquel glorioso partido de la selección nacional contra Inglaterra, la bandera que le recuerda al mundo que “las Malvinas son argentinas”. Y de una historia sorprendente tomé conocimiento a propósito del nombre del país invitado al último juego del crack: la República de Benín.

¿Qué arte, qué referencia o memoria evoca en su historia la palabra Benín? Un antiguo y poderoso reino. Una gran bahía del Océano Atlántico. Un arco de hormigón sobre la arena llamado “puerta sin retorno”. Un monumento a millones de esclavos del África en una plaza frente al mar donde subastaban cautivos para su explotación en las colonias. La República de Benín desde 1975 y antes de su independencia, la República de Dahomey… En el recuerdo argentino —junto a la carta, la rosa y la estatuilla de una amazona que recibió del capitán—, el último juego de Messi con la celeste y blanca.

Hay otra historia vinculada a ese nombre. Y a esa historia sorprendente me refiero: la de los bronces del Reino de Benín.

En la capital de un histórico imperio africano, ubicado al este de la Benín actual, en lo que hoy sería la República de Nigeria, se levantaba el fastuoso Palacio del Oba, rey de una tradicional dinastía real. Historiadores del siglo XV ya describían en sus crónicas la extraordinaria planificación urbana de aquella capital —Benín City—, que se consideraba por entonces, una urbe esplendorosa del continente (resguardada en la actualidad, como sitio protegido por la Unesco).

Durante cientos de años, entre los siglos XIII y XIX, se produjo en aquel reino perdido, una expresión legendaria, un arte que sorprendió a Europa no solo por la inimaginada sofisticación de sus técnicas ancestrales sino también, por la originalidad, la riqueza plástica, la vastedad, el preciosismo y refinamiento de sus obras. Miles de tallas en marfil y metal, relieves y placas escultóricas en bronce narraban la ascendencia de una raza y sus proezas, su explicación del universo, la mística y representación de su fe. Una maravilla acumulada a lo largo de siglos en altares y muros que testimoniaban el orgullo de un pueblo.

¿Qué sucedió con los famosos Bronces de Benín? La furia y la codicia imperial inglesa.

En el año 1897, en una de las tantas invasiones que pueblan las crónicas británicas de crímenes y expoliación, el palacio real de Benín-City fue saqueado hasta los cimientos. Se conoce ese hecho, equiparable al robo de los mármoles del Partenón (y en nuestro caso a la usurpación de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes, ocupados mediante la fuerza y expulsión de las autoridades nacionales en 1833, más hoy la pretendida explotación del petróleo, recurso natural que pertenece al pueblo argentino) como una de las mayores aberraciones contra el patrimonio cultural, religioso e identitario de una civilización. No sólo por la rapiña organizada institucionalmente, el uso de la violencia y la destrucción de una ciudad icónica, sino también por el desmembramiento de aquel tesoro fascinante, arrancado y vendido a colecciones y museos de todo el mundo. Las piezas más deslumbrantes, bajo el sistema de patentes de corso que destinaban parte del botín a las arcas de una reina opulenta, terminaron en las galerías del Museo Británico, la más fabulosa exhibición retórica de aquello que el pirata llama “autodeterminación de los pueblos”.

Nigeria continúa reclamando al Reino Unido la devolución de los Bronces de Benín. En 2025, Países Bajos firmó la restitución incondicional de los metales bajo su posesión. Alemania, Suiza y Bélgica siguieron el ejemplo. Inglaterra, en cambio, aferrada a los vestigios de una mentalidad decimonónica, invoca una ley propia que considera delito devolver lo robado.

Remota coincidencia en el fútbol, las Islas Malvinas y el nombre de Benín.

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