La oportunidad amenazada

La Argentina tiene por cobrar un cheque de 80.000 millones de dólares por año. Qué hacer con ese dinero debería ser el centro del debate político con vistas a las elecciones presidenciales de 2027.
Es posible por lo que pasa y lo que se ha hecho y probable por lo que se podría hacer, que para 2030, mañana no más, tengamos un crecimiento de las exportaciones de alrededor de 80.000 millones de dólares más de los que se generaron en 2024.
Qué hacemos para llegar a esto y qué hacemos con ello debiera ser el debate central de la política argentina. De que se aproveche la oportunidad o de que se la deje pasar dependen el crecimiento del país y el progreso de sus habitantes.
Entiendo que hay dos condiciones de posibilidad para que esto suceda: en primer lugar, el consenso social de que el modelo de las últimas décadas fracasó, de que bajar la inflación es una necesidad ineludible, de que eso está asociado al equilibrio y el orden fiscal.
La segunda condición que lo haría posible es el salto productivo y exportador de los cuatro motores más dinámicos de la economía argentina: el complejo agroindustrial, los hidrocarburos, la minería y la industria del conocimiento.
Estos cuatro motores están rompiendo récords y mejoran sensiblemente la balanza de comercio exterior, algo que puede eliminar la restricción cambiaria que asfixió a la economía argentina durante décadas.
Se dice que con esto no alcanza, como si fuera lo mismo que suceda o que no.
Por supuesto que a estos motores hay que agregarles el aporte de otros vectores con enorme capacidad para generación de riqueza y puestos de trabajo.
La metalmecánica, la construcción, las obras de renovación de la infraestructura obsoleta, el turismo receptivo y sobre todo, como proponen Juan Carlos Hallak y Andrés López en su trabajo “El lugar de la Argentina en el mundo, más allá de los recursos naturales”, buscar un patrón de inserción internacional más complejo y sofisticado, que aproveche las oportunidades de agregación de valor que ofrece la diferenciación de productos y servicios.
Dos amenazas principales se ciernen sobre este posible futuro. Una se expresa en los límites y las dificultades que enfrenta el oficialismo y, en el otro polo, la oposición que el propio Gobierno prefiere como interlocutor: el peronismo.
En el altar de verdades que no se están comprobando como tales, es el propio Gobierno, en su fanatismo doctrinario, quien está poniendo en riesgo la continuidad de los importantes logros obtenidos en la corrección de disfuncionalidades enormes de la economía argentina.
Se corre el enorme riesgo de que las urgencias y penurias económicas de la mayoría de los argentinos, que ven la caída del nivel de actividad, de los empleos formales, de los salarios y el consumo de los sectores populares, mientras el Presidente sostiene lo contrario, hagan que pierda fuerza ese consenso, aún importante, de que hay un modelo agotado.
Por otro lado, el peronismo parece seguir pensando, a pesar de que ya algunos dirigentes empiezan a dar señales de cambio, que se puede crecer ahogando a los sectores productivos, quitándoles rentabilidad para financiar gasto improductivo y repartir la torta antes de que crezca.
Quienes dirigen el peronismo en sus bloques parlamentarios, en las gobernaciones provinciales y fundamentalmente en las candidaturas presidenciales que se empiezan a exhibir tienen que asumir la responsabilidad histórica de entender la enorme perturbación que generan sus ambigüedades, falta de definiciones, invocaciones a incumplir contratos y desconocer compromisos, que una vez asumidos no son de un gobierno, sino del Estado argentino.
Como dijo Borges al salir de su entrevista con el presidente electo Alfonsín, tenemos el derecho y el deber de la esperanza
Los obliga la fama que los precede y lo que hicieron. Entre 2002 y el final de 2015, el Estado argentino recaudó cerca de 90.000 millones de dólares solo en retenciones a las exportaciones agrícolas, en un contexto sin precedentes del precio de la soja. Ese viento de cola extraordinario se dilapidó en gasto corriente y subsidios, no en inversión productiva ni en ahorro anticíclico, y cuando el precio de la soja bajó, no quedó nada construido. Todo indica que no se aprendió la lección y que se está dispuesto a intentarlo de nuevo. Esa es también una amenaza real, que pone en riesgo el esfuerzo ya hecho y la posibilidad inminente de un progreso genuino: crecimiento. No se les puede dar de nuevo la chequera.
Estamos frente a una oportunidad como no se ha tenido en la vida de las generaciones que hoy tenemos responsabilidades o por lo menos capacidad de incidir en el rumbo que tome la Argentina.
Hoy los planetas parecen alinearse en nuestro favor y, como dijo Borges al salir de su entrevista con el presidente electo Alfonsín, tenemos el derecho y el deber de la esperanza.
La esperanza, al contrario del optimismo que no reclama nada de nosotros, implica un esfuerzo, un camino a recorrer, acciones a realizar.
La política debería responder a los problemas de la realidad con la urgencia que la realidad exige, no tratar lo probable como si fuera ineludible. La gran trampa hacia la que marchamos, si nos dejamos atrapar por la idea de que los dos polos actuales no dejan lugar a otra alternativa, es perder esta enorme oportunidad.
Tomo una idea de Pablo Gerchunoff para sostener que el lugar de la oposición racional y constructiva no es el medio, sino adelante, y de Guillermo Oliveto en un artículo recientemente publicado en LA NACION, “que, a la hora de pensar en el futuro próximo de nuestro país, la sensatez, el equilibrio, la ecuanimidad, la perspectiva integral, la comprensión multidimensional, la articulación de lo grande y lo pequeño, lo conceptual y lo práctico, lo macro y lo micro, lo lejano y lo cotidiano, el brillo del silicio y la sensibilidad humana se vislumbran como el tipo de mentalidad ampliada que será necesaria para poder dar cuenta de la nueva oportunidad que la historia ha puesto en nuestro camino”.
No dejemos que se imponga la Argentina del mal menor. Construyamos la mejor Argentina posible.
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