Por qué en ‘Mis muertos tristes’, de Netflix, algunas personas ven, oyen o sienten a seres queridos fallecidos: lo que dice la ciencia
Publicado por César Noragueda
Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.
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Hay viudos que notan a su pareja junto a ellos, hijos que escuchan la voz de un progenitor y otros que, durante un instante, distinguen una figura inconfundible. Ese choque enfrenta una certeza consciente con una percepción que en apariencia la contradice: tener claro que un ser querido ya no vive no siempre impide sentir que “está aquí”. Pero ¿por qué alguien, igual que ciertos personajes de Mis muertos tristes, puede “percibir” a una persona cuyo deceso conoce y acepta?
Una revisión publicada en la revista científica Mortality por Pablo Sabucedo, de la Universidad de Liverpool y la Abierta de Cataluña, junto con Jacqueline Hayes y Chris Evans, repasa más de un siglo de trabajos sobre el fenómeno. Los tres encuadran estos casos en una larga tradición psicológica sobre el duelo que, combinada con otras indagaciones de los últimos años que abordaremos, empieza a esclarecer una cuestión tan intrigante: por qué se producen.
En rigor, las claves que vamos a daros a continuación no se aplican al universo narrativo de Mis muertos tristes ni, por lo tanto, al de la escritora Mariana Enriquez, a cuyo relato homónimo debe su título la miniserie de Netflix, que además bebe de Julie, Un lugar soleado para gente sombría y Cuando hablábamos con los muertos, también de la autora argentina. Aunque tampoco están por completo ausentes, ojo, del discurso cinematográfico que articula el chileno Pablo Larraín, responsable de películas como No, El club, Jackie, El Conde o María Callas.
Sentir a un muerto cerca es mucho más frecuente de lo que parece
La bibliografía especializada emplea una denominación deliberadamente neutral: experiencias sensoriales y cuasisensoriales del fallecido, o SED por sus siglas en inglés. Bajo esa etiqueta caben desde notar una presencia hasta ver, oír, tocar u oler algo que remite a quien murió.
Lejos de constituir una rareza, las cifras reunidas sitúan entre el 50 y el 60 por ciento la proporción de quienes atraviesan un duelo y “han vivido” alguna vez esa proximidad. El balance de 2026 caracteriza tales episodios como comunes y, por lo general, reconfortantes. En 2024, Adam Enmalm y Rebecca Boehme hallaron además que dos tercios de 43 participantes con una muerte reciente habían advertido al difunto a su alrededor.
El riesgo de llamarlas “alucinaciones”
La palabra ‘alucinación’ arrastra un equipaje clínico que puede despistar. Escuchar una voz inexistente para los demás, como la protagonista de Mis muertos tristes, se asocia popularmente con la psicosis, aunque fenómenos perceptivos sin estímulo externo también se dan fuera de cuadros psiquiátricos. La trayectoria histórica de las SED indica que advertir al fallecido no equivale por sí solo a padecer una enfermedad mental.
En 1971, el médico galés W. Dewi Rees entrevistó a 293 pacientes cuyo cónyuge había muerto. Un 46,7 por ciento comunicó alucinaciones o ilusiones referidas a su pareja, y predominaba la sensación de presencia, con un 39,2. Rees constató que el 68,6 juzgaba beneficiosos aquellos encuentros, y solo un 5,9 los calificó de desagradables. Aún más llamativo fue que el 72,3 jamás se los había confiado a nadie, por temor al rechazo, la incredulidad o el ridículo.
La trayectoria histórica de estas experiencias sensoriales indica que “advertir” al fallecido no equivale por sí solo a padecer una enfermedad mental.
La síntesis interdisciplinar encabezada por Karina Stengaard Kamp en 2020 alcanza una conclusión compatible: la gran mayoría son benignas y resulta apropiado interpretarlas atendiendo a la biografía, el lazo previo y el ambiente sociocultural. Los datos desaconsejan traducir estas manifestaciones automáticamente en un diagnóstico psicopatológico.
No obstante, algunas sí pueden ser angustiosas y requieren valorar el contexto clínico: admitir como habitual esta clase de episodios no implica desatender el sufrimiento cuando surge.
Tu cerebro no se limita a mirar el entorno: intenta anticiparlo
Para averiguar cómo podría originarse algo de este tipo, hay que abandonar una intuición: nuestro sistema perceptivo no actúa como una cámara que recoge pasivamente cuanto existe delante.

El cerebro combina señales actuales con aprendizajes y expectativas acumulados para construir lo que percibimos. Ese enfoque, denominado procesamiento predictivo, concibe la percepción como una negociación continua entre cuanto entra desde fuera y aquello que, según nuestros antecedentes, debería encontrarse ahí.
Pensemos en un escalón. Bajamos una escalera de casa en la oscuridad y colocamos el pie anticipando otro peldaño; si ya hemos llegado al suelo, el cuerpo acusa durante una fracción de segundo el error. El mismo efecto se da al detectar unos pasos antes de ver quién entra. Así podemos prever lo siguiente incluso cuando los datos son incompletos.
Sobre esta base, Alicja Nowacka y sus colegas de la Universidad de Auckland presentaron en 2025 una hipótesis propia. La propuesta no establece mediante un experimento cerebral qué origina las presencias ligadas a una ausencia definitiva, sino que plantea un modelo neurocognitivo que deberá someterse a comprobación. El equipo traslada los principios del procesamiento predictivo a la persistencia perceptiva de individuos ausentes; los que no permanecen silenciosos en la ficción de Mis muertos tristes.
El procesamiento predictivo concibe la percepción como una negociación continua entre cuanto entra desde fuera y aquello que, según nuestros antecedentes, debería encontrarse ahí; como individuos ausentes.
El muerto ya no está; lo aprendido sobre él permanece
Convivir con alguien durante años deja una cantidad enorme de regularidades interiorizadas. Su rostro es inequívoco desde ángulos distintos, distinguimos su voz entre otras, captamos cómo gesticula, prevemos horarios y conectamos ciertos sonidos con sus movimientos. El modelo de Nowacka sostiene que el cerebro conserva “redes de persona” tejidas en torno a allegados. La muerte corta el flujo de datos nuevos procedentes de ellos, pero no elimina de golpe esas huellas.
Imaginemos una llave girando cada tarde en la cerradura. Tras miles de repeticiones, un ruido similar en el pasillo es suficiente para despertar una expectativa muy asentada. Una pista ambigua puede movilizar nexos consolidados y terminar tomando la identidad del ser querido.
El modelo divide la secuencia en tres momentos. Primero se inicia una percepción, después surge la atribución de identidad —“es ella”, “es él”— y finalmente se otorga significado al encuentro. El esquema neurocognitivo describe así un recorrido en tres pasos: algo se capta, obtiene un nombre y luego recibe un sentido.
Tras miles de repeticiones, un ruido similar en el pasillo es suficiente para despertar una expectativa muy asentada; una pista ambigua puede movilizar nexos consolidados y terminar tomando la identidad del ser querido.
La idea es sugerente porque permite ver cómo una percepción al comienzo imprecisa podría volverse profundamente familiar sin exigir que el individuo haya olvidado el fallecimiento de su ser querido.
Hay, sin embargo, una frontera que no conviene cruzar. Los autores no han capturado mediante neuroimagen una red de persona provocando la irrupción de un muerto ni han aislado un circuito exclusivo para las SED. El artículo de 2025 formula una hipótesis verificable, no un mecanismo neuronal definitivamente corroborado.
Pese a tal circunstancia, su mérito reside precisamente en trasladar un asunto relegado durante décadas a los cuentos de hadas paranormales (o a series como Mis muertos tristes en Netflix) y a lo patológico hacia preguntas susceptibles de contrastación científica.
Saber que ha muerto y seguir esperándolo no son cosas incompatibles
Aquí asoma una paradoja doméstica. Tras la muerte de alguien, podemos despertarnos pensando que duerme al lado, preparar dos cafés o formular mentalmente: “Tengo que contarle esto”. Antes de que la realidad se imponga, claro. El vacío físico puede ser inmediato mientras las rutinas aprendidas necesitan más tiempo para amoldarse a él.
Enmalm y Boehme aportan una pieza somática a este rompecabezas. En 2024, muchos voluntarios en las primeras etapas del duelo declararon notar con menor intensidad su propio cuerpo y sus estados internos. La pena, por otro lado, se localizaba sobre todo en el pecho y la parte superior del torso.
Los resultados enlazan así el duelo con alteraciones subjetivas de la corporalidad y con la impresión de tener al difunto cerca. No demuestran que una cosa cause la otra, pero subrayan que perder a alguien modifica mucho más que nuestros pensamientos.
El vacío físico puede ser inmediato mientras las rutinas aprendidas necesitan más tiempo para amoldarse a él.
Desde ese ángulo, el duelo puede entenderse también como una tarea de adaptación: no basta con asimilar la noticia de la muerte; el día a día confirma, una y otra vez, una ausencia recién inaugurada. El cerebro debe revisar predicciones forjadas durante incontables interacciones. La hipótesis no exige imaginar un archivo interno que se actualiza lentamente, sino numerosos hábitos perceptivos, emocionales y sociales capaces de reajustarse a ritmos desiguales.
Entonces, ¿el cerebro fabrica a nuestros muertos?
Sería tentador decir que sí, cerrar el misterio con una solución redonda y zanjar la conversación propiciada por Mis muertos tristes. También supondría ir más allá del respaldo empírico. Las SED agrupan formas heterogéneas, desde una vaga compañía hasta escenas visuales, voces o roces táctiles muy vívidos. La ciencia todavía carece de una respuesta única que dé cuenta de todo ese abanico. El marco de las redes de persona se ocupa especialmente de la presencia sentida y necesita validación empírica.
Tampoco desentrañar los componentes cognitivos y afectivos implicados resolvería el problema sin fisuras. Los investigadores pueden analizar qué ocurre en quien atraviesa el suceso, bajo qué circunstancias emerge y con qué factores guarda conexión. Pero, hasta ahora, ni en los miles de años que la humanidad lleva compartiendo historias sobre fantasmas ni, desde luego, a partir de la revolución científica ha sido capaz nadie de presentar una sola evidencia de comunicación con personas fallecidas.

Es posible, entonces, aplicar la navaja de Hitchens: lo que puede afirmarse sin pruebas puede desestimarse sin ellas, dado que la carga de la prueba la tienen quienes aseguran que existe un fenómeno. Y que una experiencia resulte vívida y convincente para alguien no demuestra ni un ápice al respecto.
Nada de lo observado en estos estudios acredita, pues, contacto con los muertos, y tampoco hace de estos hechos perceptivos, por sí mismos, un indicio de psicosis. Entre la fabulosa lectura sobrenatural y la patologización automática se abre un territorio mucho más interesante para comprendernos.
Ese ámbito invita a reconsiderar qué significa que alguien esté presente en nuestra vida. Una relación no ocupa solamente una silla, una habitación o un lado de la cama: también queda incorporada a previsiones, reacciones somáticas, recuerdos y costumbres.
El duelo reorganiza un mundo que durante años había contado con otra persona. Por eso, la desaparición biológica y la evolución de cuanto interiorizamos sobre él no tienen por qué coincidir en el tiempo.
Rees documentó incluso situaciones en las seguían percibiendo a su cónyuge después de diez años o más de viudedad. Mis muertos tristes dramatiza esas percepciones en Netflix, como antes Mariana Enriquez en sus relatos; pero la psicología contemporánea examina algo diferente, aunque admite el sustrato humano que vuelve comprensible la ficción.
Décadas de estudios han transformado una supuesta anomalía en una ventana hacia el funcionamiento ordinario de los sentidos y los vínculos. Quizá lo revelador no sea que a veces sigamos aguardando a nuestros muertos, sino cuánto de los vivos acabamos llevando dentro.
Referencias
- Pablo Sabucedo, Jacqueline Hayes y Chris Evans. "Sensory experiences of the deceased in bereavement: history of a psychological concept". Mortality, 21 de junio de 2026. DOI: 10.1080/13576275.2026.2690491.
- Alicja Nowacka, Arthur Shapiro, Katie Douglas y Paul Corballis. "When perception meets grief: how the brain reconstructs person networks in response to absence". Social Cognitive and Affective Neuroscience, 11 de noviembre de 2025. DOI: 10.1093/scan/nsaf117.
- Adam Enmalm y Rebecca Boehme. "Body Perception and Social Touch Preferences in Times of Grief". Journal of Loss and Trauma, 20 de febrero de 2024. DOI: 10.1080/15325024.2024.2316117.
- Karina Stengaard Kamp, Edith Steffen, Alderson-Day Ben, Peter Allen, S. V. R. Ironside, John McCarthy-Jones, Vaughan Bell, Chris Brewin et al. "Sensory and Quasi-Sensory Experiences of the Deceased in Bereavement: An Interdisciplinary and Integrative Review". Schizophrenia Bulletin, 25 de octubre de 2020. DOI: 10.1093/schbul/sbaa113.
- W. Dewi Rees. "The Hallucinations of Widowhood". British Medical Journal, 2 de octubre de 1971. DOI: 10.1136/bmj.4.5778.37.
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