Christian Escribà, pastelero: “El adicto es un gran mentiroso y se las sabe todas para que los demás no se den cuenta, pero todo el mundo se da cuenta menos tú”

“Fui consciente de que tenía un problema con el alcohol cuando me levantaba por la mañana y lo primero que hacía era tomar una cerveza”. Christian Escribà, uno de los pasteleros más destacados de Barcelona que regenta un local histórico en la ciudad, se ha abierto en canal en el pódcast Sense filtres en una conversación sincera con Marta Cailà sobre la adicción y cómo consiguió rehabilitarse después de tres años de terapia y gracias, también, al budismo y la meditación.
El alcohol es una sustancia tan normalizada socialmente que detectar una dependencia puede ser muy complicado. De hecho, según la Agencia de Salud Pública de Cataluña, las personas con problemas relacionados con el alcohol tardan, de media, unos diez años en iniciar un tratamiento. Una de las principales señales de alerta es la pérdida de control sobre la cantidad que se bebe y la necesidad de aumentar la dosis para sentir el mismo efecto.
Escribà empezó a consumir alcohol cuando era muy joven y lo hace como un bebedor social, durante los encuentros con los amigos: “Yo era extremadamente tímido y a los 18 años bebía para romper esa timidez y para adaptarme al grupo”. Esto, explica, “ha sido así prácticamente toda la vida”.
Christian Escribà, el pastelero de los sueños imposibles
La adicción, sin embargo, se desata en un momento de su vida en que se ve sometido a un ritmo de vida frenético y estresante por el trabajo: “Hacíamos el programa de televisión Locura en la pastelería (3Cat) y fueron unos meses de mucha intensidad porque lo combinábamos con el trabajo del día a día. Dormía 4-5 horas al día, no podía quedar con los amigos ni tenía vida social. Llegué a pesar 117 kilos”.
En aquella época, canalizaba todas las emociones, fueran positivas o negativas, a través de la comida sin saber que, realmente, aquello era una adicción. Se hizo una reducción de estómago y “la adicción pasó hacia el alcohol”.

“Un adicto no controla nada”
Cuando acabaron las grabaciones del programa, cualquier excusa era buena para encontrarse con alguien y beber: “Sin darme cuenta, se me fue de las manos”. El consumo de alcohol ya no se producía solo en quedadas sociales, sino que llegó un punto en que el cuerpo le exigía el alcohol y él empezó a beber a escondidas.
Por vergüenza, pero también porque no podía aceptar que había un problema: “El adicto es un gran mentiroso y se las inventa todas para que los demás no se den cuenta. Pero todo el mundo se da cuenta menos tú”, reflexiona. “La primera equivocación es pensar 'yo controlo' porque la realidad es que un adicto no controla nada”, reconoce Escribà. La persona que tiene una adicción “no quiere aceptar o no es consciente” e intenta autoconvencerse de que “los que están mal son los demás, no él”. Ahora, años después, el pastelero avisa de que “las adicciones te autodestruyen y te atrapan y, para salir de ellas, lo primero que tienes que hacer es asumir el problema”.

Tres años de terapia y una recaída
Cuando sus mañanas empezaban con una cerveza es cuando Escribà, de 64 años, se dio cuenta de que tenía un problema con el alcohol y decide finalmente buscar ayuda cuando su familia también intervino. Empezó a asistir al centro de tratamiento de adicciones ORBIUM, en Barcelona, que le permitía “compaginar la vida normal y el trabajo con las terapias”. Iba todas las tardes y hacía actividades para ejercitar la mente, como puzles y sudokus, además de terapias en grupo y familiares. El pastelero relata que “hay toda una serie de técnicas y maneras de trabajar que te ayudan a salir adelante”. En estos centros, los adictos aprenden y asumen nuevas rutinas, con unos horarios muy marcados que les permiten mantener la cabeza ocupada y encontrar herramientas para mantener la adicción a raya.
Christian Escribà estuvo tres años asistiendo diariamente al centro ORBIUM y, hoy en día y después de una recaída, continúa asistiendo a las terapias de grupo cada dos semanas: “El 40% de los adictos podemos recaer. Yo he recaído una vez y por eso, cada 15 días, me dejo caer por allí. Así le estoy dando un mensaje a mi mente y le digo: 'te estoy vigilando'”.

La ayuda del budismo y la meditación
Hace 10 años, Escribà entró en el budismo y explica por qué tomó este camino: “Cuando estaba haciendo terapia, comparaba mi mente con una serpiente de cascabel. Una serpiente de cascabel, antes de picar, mueve la cola. Por eso tienes que estar alerta de tu mente, porque cualquier cosa te puede desestabilizar. Primero entré en el budismo, pero no era suficiente en aquellos momentos para controlar la mente, así que lo alterné con el tratamiento”.
El pastelero detalla que el budismo se puede entender de tres maneras: “Como una filosofía de vida, como una religión o como la ciencia que estudia la mente”. Este último despertó su interés. Y con el budismo descubrió el poder y los beneficios de la meditación, que se ha convertido en una herramienta indispensable en su día a día, no solo para controlar su mente y la adicción, sino también para gestionar el estrés o situaciones complicadas de la vida.
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