Stevie Wonder: el mapa y el territorio

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En febrero de 1977, la transmisión llegaba a tropiezos desde Nigeria, donde Stevie Wonder andaba en búsqueda de sus raíces africanas. A miles de kilómetros, le anunciaban en plena ceremonia que acababa de ganar el Grammy al Álbum del Año por Songs in the Key of Life (1976). En medio del desorden técnico, el anfitrión Andy Williams lanzó una pregunta insostenible: “Stevie, ¿puedes vernos?”. El silencio incómodo hizo el resto, pero había algo de verdad en ese desatino: para entonces Wonder llevaba años viendo más lejos que cualquiera.
Había entrado a Motown como el “niño maravilla” y creció dentro de la fábrica de Berry Gordy, una verdadera línea de ensamblado pop afincada en el paraíso automotriz de Detroit. Antes de poder beber o votar, Stevie ya producía millones para el sello, a cambio de una propina, pero a los 21 comenzó su emancipación. Le sobraban los éxitos, pero le faltaba el control absoluto. Esa rebelión dio inicio a su época clásica, donde competía contra titanes e iluminados. Todos querían predicarle al gueto mientras la crisis social hervía en sus esquinas. Marvin Gaye preguntaba qué estaba pasando, Sly Stone alertaba sobre un motín en marcha y Curtis Mayfield e Isaac Hayes estiraban el soul más allá del sencillo de tres minutos. Wonder se sumó al coro con un ejército de sintetizadores y sumo a esa crítica social una faceta menos sombría que incluía jolgorio, espiritualidad y amor por la música.
En 1973 esa voracidad tuvo una pausa brutal. El auto en que viajaba se estrelló contra un camión maderero y Stevie quedó varios días en coma. Su road manager, Ira Tucker, le cantó Higher Ground junto a la cama hasta que sus dedos comenzaron a seguir el ritmo. Mito o no, el accidente fue una epifanía que expandió sus oídos. Su relación casi sinestésica con el sonido adquirió otra intensidad y la música pasó a ser una forma de cartografiar el mundo.
El título provisorio de su nuevo proyecto era revelador: Let’s See Life the Way It Is. Con un presupuesto casi ilimitado y Motown mirando el reloj desde afuera, trabajó durante dos años con horarios extenuantes, saltando entre cuatro estudios y acumulando fragmentos de canciones interminables. El chiche de su laboratorio era un flamante Yamaha GX-1 que alimentaba sus fantasías: le permitía inventar cuerdas y pequeñas orquestas sintéticas. A su alrededor tenía una legión de 120 músicos, liderados por su leal tecladista Greg Phillinganes y con aportes de luminarias como Herbie Hancock y George Benson. Stevie Wonder seguía siendo el centro gravitacional como productor, compositor, intérprete y, para algunos, todavía un niño encerrado en una juguetería millonaria.
Songs in the Key of Life apareció en 1976 como un consolidado expansivo de su etapa clásica. El disco doble, acompañado de un EP, era una amalgama descomunal de soul, funk, jazz, gospel, pop y ritmos afrolatinos alimentados por la crítica social, la paternidad, la devoción y la alegría. Village Ghetto Land podía ironizar la miseria urbana con cuerdas de salón; Sir Duke derrochaba amor por los padres fundadores; Isn’t She Lovely celebraba la vida; Pastime Paradise advertía contra la nostalgia. Era un álbum maximalista, excesivo y también ingenuo. Algunas letras no resistían demasiado análisis, pero musicalmente parecía no tener techo.
Quizás por eso sigue siendo difícil hablar de “su mejor disco”. Innervisions le da la pelea, como un bocado compacto y perfecto, pero Songs in the Key of Life es otra cosa: una tentación de unir el mapa y el territorio. Con ventas exorbitantes y premios, representó el apogeo de Wonder como el primero entre sus pares. Después hubo grandes canciones y enormes éxitos, pero nunca volvió a construir un mastodonte de esas características.
Cincuenta años más tarde, Stevie Wonder revive ese universo con un programa de conciertos y un EP de canciones inéditas rescatadas de esas sesiones. Songs in the Key of Life siempre pareció menos un disco que una cápsula del tiempo, un compendio de alegrías y miserias para lanzar al espacio exterior.
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