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Sunday, September 13, 2026

Lecturas. Cartas feroces enviadas desde el Litoral

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Aprovecho este rato para escribirte antes de que sirvan la comida; la epístola, estas cartas, acaso son la única literatura que de verdad me sigue interesando. Estoy sentada en el sillón de mimbre de una mesita en la galería al lado del salón comedor, el aire ahora es húmedo pero más fresco, tomo una taza de té negro aunque llevo encima mi petaca de peltre cargada de ginebra. La tarde es lúcida y estoy sola. Los pasajeros deben estar en sus camarotes alistándose para la cena, el único rito común que parece haber sobrevivido al traqueteo insólito de este viaje. La pobre muchacha que organizaba las reuniones sobre cubierta y nos ilustraba acerca de la flora y fauna, de las historias fantasmales de los pueblos por los que pasábamos, se apeó días atrás en un puerto insignificante después de que una de nosotros le exigiera silencio con un parlamento corto y atormentado. Habíamos aguantado sus locuciones como clases de una escolaridad pasmosa, precondición del viaje, pero era francamente ridículo escucharla, insoportable. Nuestro safari era la pura decepción; del entusiasmo inicial, descubrir una garza blanquísima en la superficie oleosa cerca de la orilla entre neumáticos viejos y juncos grises, algún lagarto overo que se retiraba, unos cuantos coipos aquí o allá, manchas pardas en un paisaje pardo, quedó en el grupo un regusto de fastidio y de incongruencia.

Imagino a la pobre muchacha trepando el muelle con sus tacones bajos, sorteando los listones podridos sobre el agua, valija en mano, con su solero de amarillo lívido y desesperante, pisando inadvertida las madrigueras de los yacarés dormidos. La imagino andando, pobre pero altanera, hacia el interior de una isla perdida, tanto como le permiten los tarascones filosos de los dueños del estero despertados de su siesta de hambre. La imagino andando sin detenerse mientras los animales le arrancan un garrón primero, luego el otro, después una cadera; la veo andar con el vestido moteado de un liberty de sangre y baba que se imprime en oleadas que salpican las bestias mitad mandíbula y mitad cola de saurio hasta que se pierde en el monte silencioso. Esqueleto pelado y jirones del solero, portando la valija sin mirar atrás, sin quejarse, ofendida para siempre, quizá tanto como yo, rumbo a su destino de ánima entre espinillos y estiércol.

“Imagino a la pobre muchacha trepando el muelle con sus tacones bajos, sorteando los listones podridos sobre el agua, valija en mano, con su solero de amarillo lívido y desesperante, pisando inadvertida las madrigueras de los yacarés dormidos”

En la primera comida sirvieron lachas con crema ácida, un soufflé de zucchinis con holandesa, y sorrentinos, la más ordinaria de las pastas rellenas, con crema rosa, ¿podés creer? Para el postre anunciaban omelette surprise y, en efecto, al terminar la comida apagaron las luces y a cada mesa llegó un camarero portando la platina con el domo de merengue encendido que el encargado recortaba con dos cucharas y servía a los comensales, después de que el fuego se hubiera extinguido. Por detrás llegaron otros camareros con las bandejas llenas de copas de un champagne dulce y rosé que burbujeaba como una gaseosa.

Cuando vi la tarjeta con el menú y empezaron a traer los primeros platos, miré a mis camaradas de mesa y para probar alguna lengua común dije:

—Ahora necesito un chancho suelto en la cubierta, una fonola que suene “Va, pensiero” y que Claudia Cardinale cruce el salón con un sombrero enorme como una bandeja de frutas y faisanes.

Supongo que recordarás que no sé hablar con la gente, que lo que digo es demasiado transparente y lo que dice lo que digo es a la vez nítido y confuso, peligroso. Desdén y superioridad, ya lo sé, y una nota sórdida, como cuando en las reuniones alguien dejaba caer distraídamente el anzuelo de un Schönberg, un Ligeti o hasta de un Herzog, mirá lo que te digo, automáticamente todos erguían la cabeza llamados por una diana idiota y a mí me asfixiaba el olor a osamenta.

En todo caso, el silencio después de mi comentario inauguró la cualidad del viaje para mí y para mi relación con el resto del elenco que me acompañaba.

“Supongo que recordarás que no sé hablar con la gente, que lo que digo es demasiado transparente y lo que dice lo que digo es a la vez nítido y confuso, peligroso”

Me dediqué a mirar a Barrios, el mozo que nos atendía —aquí insisten en llamarlos camareros—, pero el ejemplar del que te hablo es claramente un mozo aunque no sea joven. Morocho, por supuesto, altote, cuerpo de trabajador de quebrachal, bigotones, siempre algo cansado, y una virilidad provocativa que me asombraba y lucía amancebada por los modales del servicio. Lo veía ir y venir en sus quehaceres, sorprendida de mí misma; hacía décadas que los hombres habían dejado de resultarme atractivos. Por alguna razón, Barrios empezó a devolverme la mirada como si comprendiera mi estupor y tuviera una llave maestra para mostrarme el mundo verdadero. Esa primera noche me reía sola en la litera, en la humedad oscura de mi camarote; volver a imaginar una llave maestra después de añadas de aburrimiento. Insólito.

Estaba muerta de hambre, acostumbrada a vivir con un apetito que me angustiaba, pero desaparecía después del primer bocado, y a que cualquier comida me diera lo mismo. Tenía el plato de lachas frente a mí, los bordes salpicados de perejil picado y una hojita entera parada en medio de los dos lomitos contrapuestos de ese pescado del Báltico. Comida y pretensión semiótica, los afeites de un mundo que se volvió vulgar hasta lo indecible, tan lleno de magnates culinarios y falto de cocineras, tan absurdo. Barrios se acercó porque notó mi incomodidad y mi fastidio, mi inmovilidad frente al plato en una mesa en la que subía gradualmente la marea de los rumores del festín.

—¿No le gusta? —Su voz era amable y me sorprendió que fuera tan directo.

Quise responderle que esperaba que sirvieran postas de un surubí grasiento y vasos de cerveza helada, solo pude decirle:

—No puedo comer esto.

—Es el menú, no tenemos una carta abierta, si quiere puedo decirle al chef que venga a hablar con usted para que le indique sus problemas.

—¡¿Tienen chef, acá?!

Barrios no me respondió.

—No voy a comer esto.

“Voy a terminar la petaca antes de encerrarme en el camarote para salvarme del comedor y de la cena entre artistas, no queda tanto, ni para lo uno ni para lo otro”

El mozo tiene unos ojos enormes de pupilas enormes, el borde de sus párpados es ancho y de ahí le salen unas pestañas oscuras y también enormes, los ojos le brillan y tiene mirada de obrero, hosca y dulce.

—Quiero una gran papa hervida con cáscara, quiero que me traiga sal gorda y un poco de oliva, solo si es bueno, si no, nada.

Lo que siguió fue un bochorno que trato de no recordar porque me avergüenza, la escena fue capturada por una completa inmovilidad; Barrios se mostraba a la vez perplejo por mis respuestas y dubitativo por mi exigencia a que resolviera la cuestión que yo no terminaba de enunciar pero era evidente para todos los comensales. De mis intentos por probar “una lengua común” solo quedaba la trampa tilinga en la que me había encerrado a mí misma, el capricho de una donna que necesitaba distinguirse entre ese hato de festejantes vulgares reunidos por la convocatoria del viaje, Residencia interdisciplinaria de artistas para remontar el Paraná.

La mirada de Barrios empezó a cambiar y sus ojos se endurecieron de odio; recién ahí pude reponerme y volver a mi puesto. Barrios recuperó su virilidad de obrero y sus ojos me clavaron en mi lugar como una mariposa alfileteada al muestrario.

Lo que más me avergüenza del momento fue cómo resolví ubicarme para que la escena no siguiera escalando: una dama distraída que aceptaba todo mansamente y atribuía su talante a una confusión.

—Ah, la calor… —lo chuceé con todo descaro, mirándolo, mientras me apantallaba con el menú y volvía a concentrarme en el plato.

Saqué ese arbolito de perejil con el tenedor y el cuchillo, lo dejé en el borde y comí las lachas. No estaban mal y agradecí el exceso de vinagre. Todos parecieron perdonarme y Barrios me volvió a mirar como hasta entonces. No se le veía ni una traza del rencor que me había dedicado, pero sus ojos se me hicieron más presentes y supe que algo lo cautivaba. Ya te contaré. Hay bastante, lo suficiente.

Aquí volvió el sopor, lejos de refrescar, el atardecer se pone cada vez más pesado y húmedo y no van a tardar en aparecer los bichos. El té está frío, media taza sirvió para disfrutar la astringencia sobre la lengua y conservar por un rato el sabor amargo. Voy a terminar la petaca antes de encerrarme en el camarote para salvarme del comedor y de la cena entre artistas, no queda tanto, ni para lo uno ni para lo otro.

Agrego ahora que después de esa comida Barrios logró reservarme cada noche algunas papas hervidas, sin cáscara, claro, malamente cortadas y por suerte sin aliño. Se acercó a mí con un plato cubierto por una servilleta y me las entregó mirándome a los ojos sin decir nada, apenas había entrado en mi camarote y ya empezaba a desvertirme.

Espero que estas líneas te encuentren repuesta, aunque todavía no me decido a enviártelas y, de elegir hacerlo, no sé si sabría cómo.

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