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Monday, October 5, 2026

Carlos II, el último Austria español: más allá del mito del «Hechizado»

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¿Cómo era realmente el último Austria?

Enfermo, frágil y convertido durante siglos en símbolo de la decadencia de los Austrias, Carlos II fue mucho más que el «Hechizado» de la leyenda. Su educación, sus aficiones, su religiosidad y su manera de ejercer la autoridad dibujan a un monarca complejo, condicionado por problemas físicos, pero no al personaje incapaz que popularizó la historiografía tradicional. Conocerlo obliga a separar al hombre del mito.

La imagen de Carlos II ha quedado atrapada en una caricatura difícil de borrar: un rey enfermizo, deforme, intelectualmente limitado y condenado desde la cuna por la endogamia de los Habsburgo. A esa figura se sumó el sobrenombre de «el Hechizado», tan eficaz que terminó devorando al personaje histórico.

Las investigaciones de las últimas décadas invitan a mirar de nuevo al último Austria español. No para convertirlo en el monarca brillante que nunca fue, sino para separar al hombre real de todo lo que la propaganda, la literatura política y la historiografía posterior acumularon sobre su figura. Carlos II tuvo graves limitaciones físicas y dificultades de aprendizaje, pero recibió una educación cuidadosamente planificada, cultivó intereses propios, mantuvo una intensa vida cortesana y fue más consciente de su condición de rey de lo que durante mucho tiempo se supuso.

Un niño cuya salud preocupaba a toda Europa

Carlos nació en el Real Alcázar de Madrid el 6 de noviembre de 1661. Su llegada provocó un enorme alivio: después de varias muertes infantiles, la continuidad masculina de la dinastía dependía prácticamente de aquel niño, el último hijo varón de Felipe IV que sobreviviría a la infancia.

Desde sus primeros años, su salud dejó de ser un asunto privado y se convirtió en una cuestión política. Embajadores y diplomáticos informaban puntualmente de sus enfermedades, progresos y recaídas, conscientes de que la supervivencia del heredero podía afectar al equilibrio continental.

Su fragilidad era indudable. Padeció problemas de desarrollo y enfermedades frecuentes; empezó a hablar y caminar más tarde de lo habitual y tuvo dificultades para adquirir algunas destrezas propias de su edad. Los testimonios también mencionan una lactancia extraordinariamente prolongada y numerosas nodrizas durante sus primeros años.

Conviene, pese a ello, tratar esas noticias con prudencia. Las fuentes discrepan sobre la edad a la que habló, caminó o dejó determinados cuidados infantiles. Además, parte de la imagen del príncipe débil fue alimentada por observadores extranjeros interesados en conocer las posibilidades de supervivencia del heredero español. El niño estaba enfermo y su desarrollo fue lento, pero la documentación no permite presentarlo como alguien prácticamente incapacitado.

Carlos II de España — imagen 1

La herencia genética y el retrato de un rey

La endogamia de los Austrias españoles sí dejó una profunda huella genética. Los padres de Carlos, Felipe IV y Mariana de Austria, eran tío y sobrina, pero su matrimonio fue el último eslabón de una larga cadena de enlaces entre familiares próximos. Estos buscaban conservar territorios, derechos y alianzas dentro de la propia casa.

Un conocido estudio genealógico y genético calculó para Carlos II un coeficiente de consanguinidad de 0,254, una cifra extraordinariamente alta. El dato ayuda a entender por qué los especialistas consideran muy probable que la acumulación de parentescos favoreciera algunos de sus problemas de salud.

Determinar exactamente qué enfermedades padeció es más difícil. A lo largo del tiempo se han propuesto diagnósticos muy diversos: alteraciones hormonales, trastornos renales, síndrome de Klinefelter y varias enfermedades genéticas. Ninguno puede considerarse demostrado. La medicina del siglo XVII dejó descripciones incompletas, expresadas con categorías distintas de las actuales, y no existen pruebas biológicas que permitan resolver la cuestión.

Carlos II de España — imagen 2

Su aspecto físico también forma parte inseparable de la leyenda. Los retratos de Juan Carreño de Miranda y Claudio Coello muestran el característico prognatismo de los Habsburgo, un rostro alargado y una constitución alejada del ideal heroico reservado a los soberanos.

Sin embargo, aquellas pinturas no se limitaban a ocultar una supuesta monstruosidad. El retrato cortesano tenía otra función: convertir al individuo en rey. Armaduras, cortinajes, columnas, el Toisón de Oro y otros símbolos dinásticos revestían el cuerpo frágil con los atributos de una monarquía que necesitaba transmitir continuidad y autoridad.

Carlos II de España — imagen 3

Una educación adaptada a sus dificultades

Otro tópico muy arraigado presenta a Carlos II como un hombre prácticamente sin formación. Su educación fue difícil y sus resultados estuvieron lejos de ser brillantes, pero sí hubo un programa pensado expresamente para prepararlo para el trono.

En 1667 fue nombrado preceptor Francisco Ramos del Manzano. Carlos debía aprender doctrina cristiana, lectura y escritura, latín, italiano y francés, además de geografía e historia. Su ritmo de aprendizaje era lento. La salud del príncipe, la protección extrema de quienes lo rodeaban y sus propias dificultades obligaban a adaptar las enseñanzas.

Aun así, hacia los diez años su maestro aseguraba que podía leer y escribir, reconocer en los mapas las principales partes del mundo y manejar algunos rudimentos de latín. Para acercarlo a la historia, se prepararon resúmenes sobre sus antepasados y los territorios de la Monarquía.

Más adelante se consideró necesario reforzar su caligrafía, la lectura, la geografía y los conocimientos relacionados con el ejercicio práctico del gobierno. La formación del príncipe también incluía actividades físicas, como la esgrima y la caza.

Nada de esto convierte a Carlos en un hombre especialmente culto, pero sí permite cuestionar la vieja descripción de un monarca incapaz de entender cuanto le rodeaba. Aprendía con dificultad y necesitaba más tiempo que otros alumnos, pero podía leer documentos, seguir conversaciones políticas y valorar explicaciones. Convertir esas limitaciones en una incapacidad intelectual absoluta fue, en buena medida, obra de generaciones posteriores.

Convertir esas limitaciones en una incapacidad intelectual absoluta fue, en buena medida, obra de generaciones posteriores.

Un carácter inseguro, pero consciente de su autoridad

Reconstruir la personalidad de un rey del siglo XVII nunca es sencillo. Buena parte de quienes escribieron sobre Carlos pretendían obtener una merced, influir en alguna decisión o enviar información a otra corte. Sus testimonios deben leerse teniendo en cuenta esos intereses.

Aun así, emerge con bastante claridad un hombre inseguro, muy desconfiado y con grandes dificultades para decidir cuando recibía opiniones contradictorias. La indecisión fue uno de sus puntos débiles y facilitó que algunas personas de su entorno adquirieran influencia sobre él. Pero eso no significa que careciese de voluntad.

Diversos testimonios indican que escuchaba los argumentos, comprendía las explicaciones y podía inclinarse por la opción que consideraba mejor fundada. También tenía un fuerte sentido de la dignidad regia y reaccionaba mal cuando percibía que alguien intentaba ignorar su autoridad.

Carlos podía mostrarse afectuoso con quienes se ganaban su confianza y vivía intensamente las enfermedades o pérdidas de personas cercanas. Esa dimensión personal casi desapareció bajo una montaña de diagnósticos, anécdotas truculentas y descripciones físicas. La historiografía se interesó tanto por su cuerpo enfermo que durante mucho tiempo apenas se preguntó por su carácter.

Dos matrimonios sin heredero

Las dos esposas de Carlos II fueron elegidas con la esperanza de asegurar la descendencia. El rey se casó en 1679 con María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV. Se había enamorado de ella al contemplar su retrato y parece que entre ambos existió un afecto verdadero. Pero la pareja soportó desde el primer día una obligación concreta: engendrar cuanto antes un heredero.

La vigilancia comenzó enseguida. En diciembre de 1679, apenas un mes después de reunirse con Carlos, María Luisa tuvo un retraso menstrual. Los embajadores comunicaron la noticia a sus respectivas cortes y, durante más de dos meses, se creyó posible que estuviera embarazada. Fue una falsa alarma. En junio de 1681 ocurrió algo similar y en 1682 volvieron a surgir expectativas.

Cada retraso de la reina podía convertirse en una noticia diplomática de calado y revolucionaba la corte. La presión sobre los jóvenes reyes llegó a extremos extraordinarios: los médicos controlaban su alimentación y ciertas actividades, mientras la pareja participaba en procesiones, visitaba lugares santos y veneraba reliquias en busca de la deseada concepción.

Madrid llegó a burlarse de María Luisa mediante una célebre copla que la conminaba a «parir» para España o regresar a París. También circularon rumores, como el de que personas de su servicio le suministraban sustancias para provocarle la menstruación e impedir un embarazo. Se abrió una investigación y varios criados fueron interrogados y sometidos a tortura.

María Luisa murió el 12 de febrero de 1689, con veintiséis años, después de casi una década de matrimonio sin hijos. Apenas diez días después, el Consejo de Estado pidió a Carlos que volviera a casarse. La elegida fue Mariana de Neoburgo, y no por casualidad: su madre había tenido veinticuatro embarazos y dado a luz a diecisiete hijos, catorce de los cuales superaron la infancia. Parecía la candidata perfecta para asegurar la dinastía.

Carlos II de España — imagen 4

Tampoco hubo descendencia en ese matrimonio. La boda se celebró en 1689 y duró unos diez años y medio, hasta la muerte de Carlos II en 1700. La principal misión de Mariana era dar un heredero a la Corona española. Al no lograrlo, y bajo la presión de la corte, se involucró de lleno en la política gubernamental, apoyada por un séquito alemán liderado por su confidente, la baronesa de Berlips.

Sus maniobras políticas incluyeron la simulación de falsos embarazos para ganar tiempo y poder. Esto la hizo profundamente impopular entre el pueblo y la nobleza española. A medida que la salud del rey empeoraba durante la década de 1690, la esperanza de un nacimiento dio paso a una preocupación más grave: quién heredaría una monarquía inmensa si Carlos moría sin hijos.

El problema que durante años había ocupado a médicos, confesores y alcobas se convirtió en una cuestión europea. Ante la imposibilidad de darle un hijo, Mariana defendió con fervor los intereses de su propia dinastía y apoyó las aspiraciones del archiduque Carlos de Austria al trono español. Permaneció junto a Carlos II hasta la muerte del monarca en 1700.

Caza, música y teatro en la corte

La vida de Carlos II no transcurría únicamente entre médicos, ceremonias religiosas y documentos oficiales. Como otros miembros de su dinastía, practicó la caza, una actividad que en las cortes europeas era a la vez diversión aristocrática, ejercicio y representación social. Durante su juventud también se fomentó la esgrima, en parte con la esperanza de fortalecer su constitución.

El rey disfrutó asimismo de los espectáculos cortesanos. El Madrid de su reinado estaba lejos de ser el escenario culturalmente moribundo que sugiere la antigua imagen de la «decadencia». El teatro, la música, la danza, la escenografía y las grandes fiestas mitológicas seguían ocupando un lugar central en la vida palaciega.

Carlos creció dentro de esa cultura. Las representaciones combinaban argumentos mitológicos, música, decorados móviles y complejos efectos escénicos. No eran simples entretenimientos: ofrecían una imagen determinada de la monarquía y situaban al soberano en el centro de un universo simbólico construido en torno a la continuidad, la virtud y la grandeza dinástica.

La pintura desempeñaba una función semejante. Carreño de Miranda y Claudio Coello dejaron algunas de las imágenes más conocidas del rey y su corte, en las que Carlos aparece rodeado por los códigos visuales de la majestad. El mensaje era claro para cualquier espectador de la época: aquel hombre podía ser físicamente vulnerable, pero representaba una institución cuya autoridad no dependía solo de las cualidades personales de quien ocupaba el trono.

Un rey que debía dejarse ver

Carlos II realizó pocos grandes viajes. Influyeron tanto su delicada salud como la creciente centralidad de Madrid en la vida de la Monarquía. Por eso, sus desplazamientos fuera de la corte adquirían una importancia especial. Uno de los más significativos fue la jornada de Aragón de 1677.

El viaje incluyó entradas públicas, ceremonias, juramentos, fiestas y encuentros que permitían a los súbditos contemplar directamente al soberano. Para gran parte de la población, el rey era una figura conocida por las monedas, los retratos, las noticias o los relatos ceremoniales. Verlo en persona tenía un enorme contenido político.

Estas jornadas recuerdan que reinar en el siglo XVII no consistía únicamente en leer consultas y tomar decisiones. El rey debía dejarse ver, recibir embajadores, asistir a ceremonias, conceder audiencias, participar en celebraciones religiosas y ocupar su lugar en una complicada coreografía del poder.

Carlos II de España — imagen 5

El cuerpo del monarca formaba parte de la política. En el caso de Carlos II, esa función era aún más significativa: su presencia pública debía contrarrestar los constantes rumores que circulaban por Europa acerca de su enfermedad y su debilidad.

La religiosidad de los Austrias

Carlos fue profundamente religioso. También en este aspecto, las interpretaciones posteriores tendieron a exagerar lo que en buena medida pertenecía a la cultura dinástica de los Habsburgo. La devoción a la Eucaristía, a la Virgen y a las reliquias formaba parte de una tradición cultivada durante generaciones por la familia real.

Una de las representaciones más extraordinarias de esa religiosidad es La adoración de la Sagrada Forma de Gorkum, de Claudio Coello, en El Escorial. Carlos aparece arrodillado ante la Eucaristía, en una composición que funde por completo religión, monarquía y ceremonial.

Su piedad también se manifestaba fuera de las grandes celebraciones palatinas. En enero de 1685, cuando regresaba de El Pardo, se encontró con un sacerdote que llevaba el viático a un enfermo. Carlos cedió su carroza para facilitarle el camino y lo acompañó personalmente. El episodio se difundió enseguida como ejemplo de la devoción y humildad del monarca.

Carlos II de España — imagen 6

Un gesto así significaba mucho más que una anécdota. La religiosidad personal del soberano podía convertirse en una demostración pública del modelo de rey católico que la Monarquía quería proyectar.

El hombre detrás del mito

Carlos II tuvo una salud muy frágil. Sus enfermedades condicionaron su infancia, su formación y buena parte de su vida adulta. Tuvo dificultades para aprender, le costaba decidir y dependió mucho de quienes conseguían ganarse su confianza. Negar estos aspectos sería tan poco riguroso como exagerarlos.

El problema surgió cuando todos ellos se fundieron en una única caricatura. Desde el siglo XVIII y, sobre todo, durante el XIX, el último Austria se convirtió progresivamente en símbolo de una España presentada como supersticiosa, decadente y agotada. El cuerpo enfermo del rey acabó utilizándose como metáfora de toda una monarquía.

La documentación muestra un personaje menos sencillo y, precisamente por eso, más interesante: un niño extremadamente protegido que aprendió con dificultad; un adulto físicamente vulnerable, pero capaz de comprender razonamientos políticos; un hombre aficionado a la caza y familiarizado con el teatro, la música y la pintura de su tiempo; y un monarca profundamente religioso, atento al ceremonial y consciente de la dignidad que representaba.

No fue un gran rey ni tuvo la personalidad enérgica de algunos de sus antepasados. Pero tampoco fue aquella criatura casi grotesca, incapaz de comprender el mundo, que durante tanto tiempo ocupó su lugar en la historia.

Quizá el verdadero interés de Carlos II esté precisamente ahí. Su biografía obliga a mirar más allá de la enfermedad y a preguntarse cómo vivió un hombre al que, desde niño, todos observaban para saber cuánto tiempo sobreviviría. Durante décadas cargó con un cuerpo frágil, expectativas enormes y la obligación de representar a una de las grandes monarquías europeas. Antes que «el Hechizado», fue un hombre educado desde la infancia para ser rey y obligado a ejercer como tal con las limitaciones que le habían tocado.

Antes que «el Hechizado», fue un hombre educado desde la infancia para ser rey y obligado a ejercer como tal con las limitaciones que le habían tocado.

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