Greta Fernández, actriz: "Hay algo de privilegio en ir al psicólogo. Las clases trabajadoras no tienen tiempo para parar y para pensar"

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Greta Fernández llega al Festival de San Sebastián con 'Los invitados', un drama dirigido por Stefan Butzmühlen y Cristina Diz que sitúa a su personaje, Iria, en la Alemania de los años 70. Trabajadora migrante y atrapada en una situación de precariedad, Iria se enfrenta a un viaje marcado por la dependencia, las relaciones de poder y un duelo que también habla de todo aquello que cuesta poner en palabras.
Para Fernández, el personaje conecta además con una de las líneas que atraviesan su carrera: mujeres enfrentadas a circunstancias que las obligan a sostener mucho más de lo que pueden permitirse. Desde 'La hija de un ladrón', que le valió la Concha de Plata a la mejor actriz en San Sebastián, hasta sus trabajos más recientes, la actriz ha construido una filmografía en la que conviven personajes vulnerables, contradictorios y alejados de cualquier idealización. En 'Los invitados', además, se enfrenta por primera vez al alemán y a un personaje que se mueve entre varias lenguas. Hablamos con ella sobre el reto de interpretarlo y sobre todo lo que se esconde detrás de Iria.

¿Cómo fue trabajar con dos directores en una película tan íntima y emocional? Cada uno tenía un papel dentro del rodaje, ¿cómo fue trabajar con ellos?
Ellos trabajan con bastante orden. Uno, Stefan, está en set y dirige y es quien habla contigo. Cris está un poco más detrás. Yo creo que se dedica más a ver los planos, las escenas, ver qué es lo siguiente que tienen que rodar, organizar un poquito más a nivel visual la película. Y ellos desde el principio me dijeron que trabajaban así. Yo también me quité un peso de encima, porque me preguntaba: ¿cómo se hace?, ¿con quién hablas de los dos?, para que no hubiera lío con eso. Lo tienen muy bien organizado.
La película transcurre en los años 70, pero habla de precariedad, de migración y de relaciones de poder. ¿Sentiste que estabas haciendo una película de época o que, en realidad, también estabas hablando del presente?
Me preguntan mucho eso, que cómo hice para sostenerlo en aquella la época, donde la gente habla distinto, se mueve distinto... Siempre digo que no fue algo que tuviera demasiado presente. Lo tenía presente porque era inevitable y, visualmente, lo tenías presente, pero no era una película tan de época. Seguramente, porque te puedes sentir identificado con muchas cosas aún hoy en día, pero también porque hay algo cercano con la realidad.

Iria no es una turista ni una extranjera romántica, es una trabajadora migrante. ¿Era importante que el personaje llevara en el cuerpo ese cansancio de la precariedad y la dependencia? ¿Que se notase que no estaba allí por gusto, sino que es otro tipo de viaje el que está haciendo?
Creo que no fue una cosa que los directores me recalcaran mucho a la hora de interpretar. Sí que tenía muy en cuenta saber qué tipo de personaje estaba haciendo y qué vida ha tenido esta chica, sobre todo para entender que ha sido, obviamente, una vida completamente distinta a la mía y entender que la energía es otra. También está afrontando un duelo y todo tiene que ver mucho con la clase.
¿Qué te interesó de interpretar a una mujer de clase trabajadora que quizás no tiene todas las herramientas para nombrar lo que le pasa, pero que desde luego está empezando a entenderlo?
Es curioso. Siento que el segundo protagonista que yo hice en mi vida, que fue 'La hija de un ladrón', con la que vine aquí a San Sebastián, era un personaje también con una vida muy precaria y con mucha dificultad e incapacidad, sin tiempo ni herramientas como para gestionar lo emocional y verbalizarlo, decirlo o hacer algo con lo que le pasa. Yo creo que ahí entendí muy bien ese tipo de vida y de lugar donde colocar las emociones. Hay algo de privilegio en ir al psicólogo. Las clases trabajadoras no tienen tiempo para parar y para pensar, porque además si lo haces se te desmonta un poquito toda tu vida. Hay algo de privilegio en poder analizar lo que nos pasa, hablar de nosotros mismos, pensar: ¿qué hago con esto que me duele, que me enfada, que me entristece?, ¿dónde lo coloco?, ¿cómo lo gestiono? Entendí una manera de colocar las emociones y de gestionarlas que no tiene nada que ver con cómo lo hago yo, claro.

Precisamente quería insistir en ese eco con 'La hija de un ladrón'. ¿Crees que la película habla también de cómo muchas mujeres han sostenido vidas enteras sin que su sacrificio sea subrayado como la odisea que en realidad están haciendo?
Efectivamente. Ella lo hace todo por su madre, además, y creo que hay algo de subrayar, de darle la importancia que tienen. Hay vidas en las que no se subraya y no se mira a los horrores, al dolor, a las cosas que son injustas. Se dejan pasar y se entierran.
La película se mueve entre el alemán, el castellano y el gallego. ¿Cómo afecta a la interpretación cambiar de lengua dentro de un mismo personaje?
Yo creo que hace mucho al personaje. Cuando recibí este guion y vi que tenía que interpretar por primera vez en mi vida en una lengua que no hablo, que es el alemán, pensé: "Wow, van a ser dos registros muy distintos". Había algo que me quitaba incluso un poco de peso, como que ya iba a estar un poco alejada de Greta, inevitablemente. Y eso está en la peli. La gente que la ve me dice: "Hostia, no te veo nada a ti". Y digo: "Perfecto" (risas). Estoy contenta. Ha sido un reto increíble y ha sido muy difícil de hacer, pero me ha permitido también tirarme un poco al vacío. Hay algo de confiar en que funcione, que también tiene algo de divertido en ello.
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