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Friday, September 11, 2026

Pedro Miguel: Analfabetismo: porcentaje agridulce

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l martes pasado, el secretario de Educación Pública, Mario Delgado, anunció en San Juan Chamula, Chiapas, una reducción histórica del analfabetismo, que cifró en 3.8 por ciento de la población de 15 años y más (https://tinyurl.com/ymnbsm2c). Es un avance significativo en apenas dos años, pues en 2024 esa proporción era de 4.1 por ciento; muy notable en los seis últimos años, en comparación con 4.7 por ciento de 2020, y mucho más, en relación con 9.5 por ciento de comienzos de este siglo. Más allá de las estadísticas, como lo señaló el funcionario, “la alfabetización es uno de los actos de justicia, equidad y amor más profundos que se puedan realizar” y una aplicación de la consigna “Por el bien de todos, primero los pobres” (https://tinyurl.com/32tkh2cv).

En efecto, el analfabetismo afecta principalmente a mujeres pobres y a las entidades con mayores rezagos sociales del país: Chiapas, Guerrero y Oaxaca, y combatirlo significa una acción concreta de combate a la pobreza, la marginación y la desigualdad. De manera que alcanzar ese mínimo de 3.8 por ciento informado por el titular de la SEP es un logro nacional al que no debe escatimarse el mérito.

Pero, al mismo tiempo, los números esconden una realidad dolorosa e ina-ceptable. México tiene una población total de unos 134 millones 400 mil habitantes, de los cuales 101 millones tienen 15 años o más. El 3.8 por ciento de esa cifra significa que más de 3 millones 800 mil adolescentes y adultos en el país carecen de habilidades mínimas de lectoescritura y que, en consecuencia, ven reducidas sus capacidades de expresión, de comprensión del mundo, de pensamiento crítico y de participación política, social y económica. Desde esta perspectiva, el anuncio del secretario de Educación Pública es una noticia agridulce que debiera llevar a la reflexión y, sobre todo, a una acción radical, no para reducir, sino para erradicar el analfabetismo remanente.

No sería, desde luego, una tarea fácil, toda vez que la población afectada tiene un alto grado de dispersión, es rural en su gran mayoría y requiere de estrategias regionales diferentes; no es lo mismo abatir 1.4 por ciento de analfabetismo en la capital del país que enfrentar 13 por ciento en Chiapas. Incluso en entidades contiguas esos índices pueden brincar en forma significativa; así, son de 5.9 en Puebla y de 2.8 en Tlaxcala, o de 3.4 en Zacatecas y de 2 en Aguascalientes, o de 5.1 en Hidalgo y de 2.6 en el estado de México, lo que denota la existencia de realidades sociales particulares y de la necesidad de pensar en estrategias diferentes para cada localidad.

Por otra parte, eliminar el analfabetismo no se ha formulado como un objetivo explícito de los planes de gobierno, para los cuales este propósito se encuentra implícito en los compromisos del Plan Nacional de Desarrollo y en la política social de combate a la pobreza, superación de las brechas de género, fortalecimiento del sistema de educación pública y planes de justicia para el agro y las comunidades indígenas.

Sin embargo, la individualización de este problema podría permitir la definición de un objetivo nacional concreto: incorporar a casi 4 millones de personas al mundo del lenguaje escrito –y aquí uno debería preguntarse qué lenguaje o lenguajes en particular, porque el español no es el único de México–, lo que significaría un acto contundente de dignificación, es decir, de creación de condiciones para el ejercicio pleno de todos sus derechos, para su incorporación en circunstancias menos desfavorables a la economía y a la política.

Hace 65 años, en 1961, a Cuba le tomó un año alfabetizar a casi un millón de personas. No sería descabellado, entonces, pensar que en México podría lograrse la erradicación del analfabetismo, que numéricamente es cuatro veces mayor, en los más de cuatro años que le restan a este sexenio. Sería una obra social mucho más barata que cualquier gran proyecto de infraestructura y que la mayoría de los programas sociales, aunque tan benéfica como ellos, y sería además un objetivo difícilmente cuestionable en el terreno político (por más que las oposiciones ayunas de programa y los loros mediáticos inventaran algo que objetarle) y capaz de generar un amplio consenso social.

Se necesitaría, eso sí, una inequívoca voluntad política y un vasto esfuerzo de coordinación institucional de la propia SEP –por medio del INEA y el Conafe, por ejemplo– con las secretarías del Bienestar –para involucrar a los Servidores de la Nación–, del Trabajo –Jóvenes Construyendo el Futuro–, de Cultura, Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, Defensa y Marina –por la logística– y Agricultura y Desarrollo Rural; por añadidura, habría que sumar esfuerzos con los gobiernos de los estados y municipales, y convocar a voluntarias y voluntarios de todas las edades, clases y condiciones sociales.

Pero valdría la pena. Llegar a 2030 sin analfabetismo sería un logro social magnífico para el Segundo Piso de la Cuarta Transformación.

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