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Friday, September 11, 2026

Es psicoanalista, la presentó Gabriel Rolón y asegura que el amor y la soledad están más cerca de lo que creemos: Ana Suy y una advertencia sobre el desamparo, “la gran epidemia actual”

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“Si el psicoanálisis no sirve para la vida cotidiana, no sirve para nada”, dice la psicoanalista brasileña Ana Suy durante la entrevista en la redacción de Clarín. Enfocada en estudiar el amor, la soledad y sus dinámicas, Suy tomó “los restos” de su tesis doctoral para escribir Buscamos el amor y nos topamos con la soledad (Paidós), cuya presentación en Buenos Aires estuvo acompañada por Gabriel Rolón. Allí, asegura que amor y soledad están más cerca de lo que creemos, y cuestiona la expectativa de que la pareja sea alguien que venga a completarnos.

Además, retoma una canción del cantante Cazuza (“Inventamos el amor para distraernos y, cuando termina, pensamos que nunca existió”) para explicar que muchas veces, ante el final de una relación, preferimos pensar que “no fue amor” antes que admitir que algo que fue amor pudo haber terminado. “En nuestro psiquismo no existe la idea del amor como algo que se pueda destruir o terminar”, plantea. Para Suy, sostener esa fantasía de un amor indestructible es un problema: “Al cuidar una idea abstracta, descuidamos la relación real y el amor propio, volviéndolos mucho más frágiles”.

- Mencionás que aunque racionalmente sabemos que el “alma gemela” o la “media naranja” no existe, actuamos como si existiera. ¿Por qué necesitamos sostener esa fantasía?

- Porque somos personas. Por más que leamos, estudiemos o hagamos análisis, y sepamos racionalmente que eso no existe, esa búsqueda está grabada en el corazón de la humanidad. Necesitamos encontrarnos con el otro para poder encontrarnos con nosotros mismos, para acoger y ser acogidos.

Somos seres desamparados y profundamente solos que no sabemos bien qué hacer con la vida. Entonces, necesitamos del amor para distraernos del horror de vivir con la muerte y la tragedia a la vuelta de la esquina. Para poder apostar a que las cosas van a salir bien y que la vida vale la pena, necesitamos del espejo.

Es decir, Lacan afirma que tomar al otro como espejo es la condición para volvernos humanos, ya que esa identificación nos permite reconocernos y encontrarnos con nosotros mismos. El problema aparece cuando solo nos buscamos a nosotros mismos a través del otro, ya que el amor requiere una cuota de espejo y una cuota de diferencia: necesito desencontrarme de mí misma en la relación para encontrarme con el otro

"Somos seres desamparados y profundamente solos que no sabemos bien qué hacer con la vida", dice Ana Suy. Foto: Luciano Thieberger.

- Está muy extendida la idea de que para estar bien en pareja primero tenés que aprender a estar bien solo o “amarte a vos mismo”. ¿Cómo analizás ese discurso?

- Por un lado, para estar solo también necesitamos del otro, porque sin el otro no existe la soledad en sentido estricto. La soledad radical es imposible porque somos profundamente dependientes.

Por otra parte, yo critico ese discurso, pero no está del todo mal. Porque antes de las redes sociales, se decía “voy a ser completamente feliz si pudiera encontrar una relación amorosa”, es decir, una posición fantasiosa en la que la infelicidad estaba justificada por la soltería (“cuando encuentres a tu gran amor”, “cuando tengas un hijo”...).

Pero actualmente esto no es así, y yo creo que es más sádico y cruel: hoy se dice “no vas a encontrar a alguien si no te amás primero a vos misma”. ¡La culpa es totalmente mía, porque no me sé amar! Es una locura, es imposible y es algo que nos deja cerrados individualmente, nos sentimos malos con nosotros mismos y muchas veces nos da vergüenza no saber cómo salir de eso.

- Está relacionado con el positivismo tóxico del “lo crees, lo creas”, ¿no?

- Claro, y ahí llegamos a la idealización también del amor propio: del autoamor, autoconocimiento, autodesarrollo… ¡“Auto”, “auto”, “auto”! Nuestra cultura nos llena de esos mandatos que nos dejan encerrados en nosotros mismos, creyendo que pedir ayuda es debilidad y que debemos resolver todo solos o solas. El resultado es que terminamos cada vez más solos.

- Pero en esta sociedad cada vez más individualista, está muy presente esta idea de “huir del compromiso”, ¿se trata de no exponerse a la vulnerabilidad?

- La fantasía de la media naranja nos hace creer que el amor viene a resolver la vida y que es lindo y deseable para todos, pero en la realidad, cuando te vinculás con alguien, los problemas aumentan. Si estás solo, dependés de vos; si amás a alguien, no solo necesitás estar bien vos, sino que el otro esté bien. Y si amo a más personas, cada vez más personas me pueden dejar herido…

Por eso el amor no es un “buen negocio”. Solo es un buen negocio si compramos esa idea de “ser tu mejor versión” y encontrar a alguien que también esté en “su mejor versión” y juntos puedan ser un “superhumano de alta performance”. Tal vez funcione para alguien, pero yo creo que la mayoría de nosotros sufre mucho con esos ideales.

"La fantasía de la media naranja nos hace creer que el amor viene a resolver la vida y que es lindo y deseable para todos". Foto: Luciano Thieberger.

- ¿Cómo impactan las aplicaciones de citas en la manera en que buscamos y construimos vínculos?

- Muchas personas quedan atrapadas en la lógica de la aplicación. Las apps alimentan la fantasía de que la persona ideal está esperando que la encuentres, entonces siempre podría haber alguien mejor. Al intentar vincularse con muchas personas a la vez, no se involucran verdaderamente con ninguna y terminan como “esclavas del vacío”, atrapadas en una rueda de encuentros y desencuentros (de donde surgen palabras como el love bombing, el ghosting o el heteropesimismo). Es un gran desencuentro, porque las personas pasan a ser objetos de la aplicación.

- ¿Y qué pensás de la tendencia de los encuentros cara a cara, que buscan salir de esas lógicas?

- Creo que la única forma posible de involucrarte con alguien es poner el cuerpo en juego. Creo que volver a los encuentros presenciales es una tendencia generacional, se trata de localizar los “límites” del ser humano. Con el advenimiento de la inteligencia artificial, tiendo a pensar que cada vez más seremos carentes de “ser humanos”.

- De todo lo que observás en tus investigaciones, ¿cuál es tu mayor preocupación sobre cómo vivimos las relaciones hoy?

- La pregunta de fondo es la misma: ¿cómo hacemos para ser personas?, ¿cómo se soporta la vida? Esta es la pregunta que nos funde y nos angustia como ser humanos, y se relanza con la “ropa del momento” en cada momento, pero en el fondo sigue siendo la misma cuestión. Creo que el problema cambia si eso dejara de ser un tema, pero no hay cómo hacer eso.

Hay gente que intenta “entrar en el espejo” con inteligencia artificial (“¿cómo conquisto a fulano?”), pero no nos puede ayudar con eso, porque no se angustia, no tiene cuerpo, pero igual se lo pedimos: somos lo suficientemente locos para creer que un sistema de lenguaje puede llegar a saber decirnos algo al respecto.

- Pero es una locura que está muy a la orden del día, incluso hay desarrollos que apuntan ahí, a paliar de alguna manera la “epidemia de la soledad”...

- Yo pienso que la gran epidemia actual es la del desamparo: cuando estamos solos, buscamos a otra persona y encontramos algo; aunque sea una forma de compartir esa soledad.

El otro comparte la soledad con vos; no te resuelve la vida, y aun así es la vida. Sin embargo, el desamparo es no creer que puede haber alguien que me puede escuchar, no creer que alguien me va a poder ayudar, no creer que alguien va a poder encontrarse en un desencuentro y creer que deberíamos quedarnos solos. Porque buscar la inteligencia artificial es una forma de seguir creyendo que vas a poder resolver las cosas solo.

- ¿Y por qué vale la pena correr el riesgo de amar?

- Porque no hay nada mejor que eso. No significa que sea siempre maravilloso, pero es lo mejor que hay. Y precisamente porque es tan maravilloso resulta tan angustiante, ya que la posibilidad de la pérdida siempre está presente. Pero si no vale la pena correr el riesgo de amar, tampoco vale la pena correr el riesgo de vivir.

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