El dolor: ese complicado compañero de viaje

¿Será que el dolor, con todo su peso y presencia, es el que realmente nos empuja hacia adelante?
Respirar. Sentir. Vivir. El dolor está ahí, tan vital como el aire que llena nuestros pulmones. No es el invitado preferido, pero llega sin pedir permiso, se instala y nos obliga a enfrentarlo. Está en la pérdida, en el amor, en la ruptura y en el espejo cuando nos miramos. Ignorarlo es como taparse los oídos ante el estruendo de la vida. No siempre queremos sentirlo, pero ahí está, mezclándose con la alegría, el deseo y todo lo que nos hace humanos.
Cuando un lazo se rompe, el dolor aparece cargado de desilusión y sueños rotos. Esa imagen que veíamos reflejada en otro se va desvaneciendo hasta desaparecer, y con ella se va una parte de nosotros. Pero el dolor también tiene su lado sanador, aunque su medicina sea amarga. Nos enseña, nos fortalece, nos prepara para no tropezar de nuevo con la misma piedra.
Schopenhauer tenía su opinión: lo placentero se evapora rápido y nos deja queriendo más o, peor aún, nos sumerge en el aburrimiento si no lo conseguimos. Pero el dolor, ese sí, deja marca y nos cambia. Es el motor, el que nos hace desear, luchar y, a veces, sufrir por lo que no tenemos.
Y entonces, ¿cómo apaciguamos ese dolor que viene de no estar satisfechos? El placer momentáneo puede ser un alivio, pero es pasajero y al final puede dejarnos más vacíos, como beber agua salada para saciar la sed.
¿Te gustaría escribir sobre esta u otras temáticas? Envianos tu texto a través de este enlace.
KioskNews shows a cleaned-up reading view extracted from the publisher’s page — the original always lives on their site, not ours.