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Friday, September 18, 2026

Raúl Zibechi: Nuevos horizontes de los movimientos en Colombia

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l reciente triunfo electoral de la ultraderecha, de la mano de Abelardo de la Espriella, fue sentido como una dura derrota por los movimientos sociales y los pueblos en movimiento que, en su casi totalidad, apoyaron a Iván Cepeda, que hubiera continuado con la política de Gustavo Petro, el primer presidente progresista en la historia de Colombia.

La semana pasada visité cinco procesos organizativos en Bogotá, casi todos implantados en barrios populares en la periferia, y un espacio de educación popular y pensamiento crítico, la Universidad de la Tierra y la Memoria Orlando Fals Borda (Unitierra).

En las rondas en Unitierra, en las que participaron miembros de media docena de colectivos, lo primero que surgió, y lo más primario, fue el miedo ante el discurso militarista y agresivo del nuevo presidente. En particular, las mujeres expresaron temores a salir por la noche. Otras voces mostraron frustración con el partido Pacto Histórico, que estuvo cuatro años en el gobierno, y un destacado líder social negro y sacerdote yoruba mentó “traición” de los dirigentes y cargos, a la vez que constató las mutaciones que produce el poder en las personas. “El demonio entra por el bolsillo”, sentenció.

Un referente misak del Cauca, a quien conocí hace muchos años, dijo: “Sin la Constituyente de 1991 los indígenas hubiéramos avanzado más”. Por encima del pesimismo y las incertidumbres, todos los participantes aseguraron que seguirán resistiendo. La segunda cuestión fue constatar la voluntad colectiva para profundizar en los debates que permitan fortalecer la resistencia a la ultraderecha, cuyo primer paso debería ser “poner límites al poder”.

En el contiguo municipio de Suacha, habitado por casi un millón de personas de los sectores populares, registré un clima de resistencia entre los jóvenes y las Madres de Falsos Positivos. Ellas vienen luchando desde hace dos décadas para encontrar a sus hijos desaparecidos por el Ejército, que los reclutaba para hacerlos pasar por caídos de la guerrilla, con lo cual los mandos obtenían ganancias personales. En este lugar concluimos que “desde abajo y desde los márgenes se ven las cosas con mayor claridad”.

Colectivos culturales y de comunicación de la localidad Kennedy (1.2 millones de personas) y de la vecina Bosa mencionaron también problemas de seguridad y la crisis de los movimientos sociales. Concluyeron que luego de cuatro años de gobierno progresista, los movimientos están debilitados y mostraron preocupación por la autonomía, algo que pocas veces he escuchado en las ciudades colombianas.

En Usme, en el extremo suroriente, localidad colgada de las montañas a casi tres mil metros, decenas de jóvenes y jóvenas insistieron en la necesidad de “construir poder territorial”, citaron la crisis de liderazgos y la formación de un “nuevo sujeto popular”. Quizá su optimismo y proyección hacia el futuro se deba a que trabajan con más de 200 jóvenes del barrio en 17 talleres, mayormente artísticos y culturales.

La primera cuestión a destacar es que encontré un ambiente más reflexivo y autocrítico que en otras ocasiones, seguramente por la derrota electoral, pero también por el descrédito de las vanguardias, que en Colombia siempre fueron centrales por la extensa guerra interna, que aún mantiene su curso devastador. Entre otros muchos problemas, las guerras congelan el pensamiento crítico y paralizan las prácticas emancipatorias y creativas.

La segunda no es nada novedosa, y consiste en el extraordinario papel de las mujeres jóvenes, que son la mayoría de quienes participan en movimientos, y con sus cuidados constituyen la columna vertebral de las organizaciones. También hay una elevada proporción de varones jóvenes que están portando otra cultura política, menos patriarcal y machista, más abierta a las diversidades de todo tipo.

La tercera es el importante papel de la creatividad artística, desde la comunicación comunitaria hasta las músicas que ensayan los abajos, como hip hop, zumba y los instrumentos andinos como sikuris; pintura, narrativa y guitarra, pero también futbol popular y teatro. Registré un amplio trabajo con niñas y niños, desde refuerzo escolar hasta cine en los mercados.

La cuarta es que por primera vez en más de tres décadas, constato simpatía por las autonomías y por el zapatismo. Evidente para quienes asisten a Unitierra-Bogotá, latente y a flor de piel en los barrios populares de las periferias urbanas. Hasta ahora sólo había podido apreciar ambas tendencias en los pueblos originarios del Cauca. Escuché también críticas a quienes defendemos las autonomías, pero a la vez apertura a escuchar y debatir.

La sensación que recogí es que están naciendo nuevas posibilidades en Colombia. Seguramente el fin de la guerra revolucionaria, pese a las violencias en curso, juega a favor de cambios en las mentalidades. Sin duda, las revueltas de 2019 y 2021 alimentaron esta tendencia, así como el feminismo de abajo y el anticolonialismo.

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