A no distraerse...

Un molino brasileño no cambia de proveedor por simpatía presidencial. Necesita trigo, calidad, precio y cumplimiento. Por eso resulta razonable la conclusión del informe de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires y la Fundación INAI: la reelección de Luiz Inácio Lula da Silva no tendría un impacto inmediato significativo sobre los flujos comerciales agroindustriales con la Argentina. La cercanía, la complementariedad y los intereses de las empresas tienen un peso que las diferencias políticas no borran fácilmente.
Incluso aparecen oportunidades. Las perspectivas de una demanda brasileña excepcional de trigo para la próxima campaña confirman que las necesidades de abastecimiento siguen mandando. También conservan su importancia la cebada, la malta, los lácteos y otros productos argentinos. Habrá competencia por terceros mercados y diferencias dentro del Mercosur. Pero el intercambio bilateral tiene raíces profundas.
Sin embargo, hay otra dimensión que merece atención: el ánimo de quienes deben decidir una inversión. Allí puede sentirse el principal impacto del resultado brasileño sobre nuestro campo y agroindustria. No porque una elección del otro lado de la frontera determine el futuro argentino, sino porque puede modificar la percepción sobre lo que aquí resulta políticamente posible.
El temor es conocido. Que la victoria de Lula sea interpretada como el impulso de una corriente regional capaz de favorecer en la Argentina el retorno de un populismo que vuelva a tratar al agro como una caja fiscal y un adversario político. Retenciones, restricciones a las exportaciones, intervenciones discrecionales y enfrentamientos con quienes producen forman parte de una memoria todavía cercana.
No hace falta que esas medidas estén anunciadas para que influyan. Alcanza con que el empresario les asigne una probabilidad mayor. Una cosechadora se paga durante varias campañas. Una planta industrial, un sistema de riego o una ampliación ganadera necesitan todavía más tiempo. Cuando aumenta la duda sobre las reglas futuras, la decisión más sencilla es esperar. El proyecto puede seguir siendo bueno y, aun así, quedar en un cajón.
Dicho esto, vale la pena destacar que los grandes protagonistas de la Segunda Revolución de las Pampas son los que se pusieron orejeras y le metieron para adelante, sin esperar mucho de la política. Más bien, a pesar de ella. Han desfilado por nuestras páginas los increíbles emprendedores que supieron crecer con viento de proa. Desde los Victor Giordana a los Adecoagros majestuosos. Con mejores y peores momentos, pero siempre la mirada al frente. Ahora están yendo a fondo. Un cambio de expectativas podría dar motivos para postergar. No sería el caso: ajustarán el cinturón, concentrando recursos donde los resultados son más promisorios y con menor riesgo. O estratégicos: las inversiones en plantas de urea están en marcha, las de etanol y biodiesel a la espera de una trabajosa ley en el Congreso.
Pero no podemos desconocer que el temor lleva a la duda, y las inversiones de los productores se demoran. Prefieren mantenerse líquidos, que es la recomendación de muchos asesores. Una pena, porque nadie mide el lucro cesante de una postergación.
También conviene evitar una equivalencia automática entre Lula y una política contra el agro. Brasil construyó una potencia agroindustrial bajo gobiernos de distinto signo. Su capacidad de producir, industrializar y conquistar mercados responde a una trama de tecnología, empresas e instituciones que trasciende a los presidentes. La experiencia brasileña obliga a mirar las políticas concretas, además de las etiquetas.
Precisamente por eso, la respuesta argentina debe concentrarse en nuestras propias reglas. El mejor modo de neutralizar el temor a un retroceso es hacer más creíble la continuidad de un rumbo productivo. Con estabilidad, financiamiento y un horizonte tributario que permita calcular. Y con acuerdos suficientemente amplios para que invertir no dependa de acertar el resultado de la próxima elección.
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