El escándalo del cine en Entre Ríos: y eso que no estaban comiendo pochoclo

Lo habrán leído, o visto, que es mucho más impactante. El miércoles hubo un incidente -una trifulca, diría mi mamá- en una sala de cine ubicada en un shopping en Paraná, Entre Ríos. Las protagonistas: dos espectadoras, madre e hija, y otro grupo de personas. Que la película que estaban proyectando fuera Madre siniestra y que la sala se llame Las Tipas, más que un eufemismo, parece un dato de la realidad.
Según informaron fuentes policiales -porque fue tal el desmadre que llamaron al 911-, todo comenzó alrededor de las 22.55, en la sala 4 del cine Las Tipas, ubicado en el centro comercial situado en la intersección de las calles Corrientes y San Lorenzo.
Esta butaca es mía, mía, mía
"El problema se origina en primera instancia por la ocupación de los asientos y eso genera un intercambio de dichos y de palabras de estas personas”, dijo sin más el comisario Guillermo González.
La situación se agravó porque, según el registro que tomó con un celular un espectador ajeno al club de la pelea, una mujer le propina un cross de izquierda casi letal a otra mujer. Y la respuesta no se hizo esperar. Otra de las agresoras extrajo de su cartera un tubo de gas pimienta, con el que intentó rociar a una de sus contrincantes.
Pero la acción fue tan desmedida -lo accionó en medio de la sala-, que provocó que todos los presentes debieran abandonar la sala. La proyección no se detuvo.
En legítima defensa...
“Obviamente (el gas pimienta) se puede utilizar en casos exclusivos de legítima defensa...", agregó el comisario.
A usted, como público, seguramente le ha ocurrido, y habrá pensado que también estaba en su derecho de ejercer algo en legítima defensa. Se sintió molesto por la(s) actitud(es) de otra persona que ingresó a la misma sala en la que usted estaba dispuesto a disfrutar de una película, y por H o por B, esa situación, llamémosle de disfrute, se vio incomodada, empañada por lo que usted entiende es culpa del otro.

En el caso de Entre Ríos, parece que una madre y su hija se encontraron con que sus ubicaciones estaban ocupadas por otras personas. O viceversa, eso no está del todo claro. Si la sala estaba llena, el problema debe haber sido mayor. No es como en los partidos de fútbol donde las ubicaciones también están numeradas, pero andá a llegar a un clásico justo sobre la hora y pretendé sentarte en tu butaca asignada.
No es el caso.
El caso es la intolerancia de unos y otros.
Y la mecha corta.

Situación agravada
Porque uno puede, y está en su legítimo derecho de sentirse -elija el verbo que le guste- fastidiado, jorobado, incomodado, enojado, irritado (y más si le echaron gas pimienta), enfadado, hostilizado y hasta mortificado por distintas actitudes.
Es algo que en los últimos tiempos se ha agravado, y ha comenzado a escalar hasta situaciones insospechadas. Ya no es que no se apaguen los teléfonos celulares, o se dejen en vibrar, por una emergencia, pongámosle, si el espectador es médico o bombero. No solamente molesta la luz de la pantalla a quien está sentado al lado, o en la(s) fila(s) de atrás, sino que hay espectadores que hasta escuchan audios en altavoz, están también los que contestan las llamadas en vez de cortar la llamada entrante...
Pochoclo, gaseosa, celulares...
El caso del pochoclo ya es histórico, y por lo menos ahora que no se permiten sorbetes, el ruidito que se produce cuando ya no queda líquido en el vaso y golpea los hielos no se escucha más. Pero aparecieron los nachos, y sus crujidos.
Los que íbamos al cine cuando el programa era doble -la película que estrenaba era acompañada por otra "de relleno"-, en el intervalo entre una proyección y otra podíamos comprar en el kiosco del hall del cine un pancho y una Coca, o maní con chocolate.
O pasaba el caramelero antes de iniciar la función, algo que todavía sucede en alguna que otra sala de teatro, algo ya común en los espectáculos de música o en el fútbol -el famoso "cocacolero"-.
Pero lo que sucedió en Las Tipas no fue por el ruido del pochoclo, y hasta intervino la policía, que confiscó el tubo del gas pimienta y demoró a una madre y su hija en el estacionamiento del shopping.
Todo de película, sí, pero la pregunta es si los dueños del cine habrán hecho como se hacía antes, cuando se cortaba la luz y se suspendía la proyección y te daban unos vales que servían como entradas para ir a ver, de nuevo, la película.
Porque el cliente -el espectador- siempre tiene la razón. Con o sin gas pimienta.
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