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Friday, October 2, 2026

Las expediciones científicas que transformaron nuestra visión del planeta

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Durante los siglos XVIII y XIX, una generación de marinos, exploradores y naturalistas se lanzó a lo desconocido con cuadernos e instrumentos de medición. Los guiaba una convicción que rozaba la locura: el mundo podía entenderse si se lo recorría con rigor. Lo que encontraron cambió para siempre nuestra imagen del planeta.

En 1766, la Royal Society de Londres tenía un problema astronómico y necesitaba un barco. Se acercaba el tránsito de Venus sobre el Sol, un fenómeno tan infrecuente que no volvería a ocurrir hasta más de un siglo después. Calcularlo con precisión permitiría medir por primera vez la distancia real entre la Tierra y el Sol. Para ello hacía falta una expedición al Pacífico y un hombre de confianza al mando.

Lo encontraron en James Cook, un lugarteniente de la Armada con un talento inusual para la cartografía y la navegación astronómica. No era aristócrata ni hombre de letras: era, ante todo, un marino extraordinariamente competente.

Cook y el continente que nadie había visto

El 26 de agosto de 1768, el Endeavour zarpó de Plymouth con 94 hombres a bordo. Entre ellos estaba Joseph Banks, un joven aristócrata con fortuna propia y una pasión devoradora por la historia natural. Los tres años de travesía bastarían para que Banks recolectara unas 30 000 plantas, de las que alrededor de 1400 especies fueron descritas como nuevas para la ciencia.

El viaje tenía una segunda misión, guardada bajo llave en un sobre sellado que Cook no abrió hasta cumplir el encargo oficial. Tras observar el tránsito de Venus en Tahití, Cook abrió las instrucciones secretas del Ministerio de Marina, que eran escuetas y ambiciosas: navegar hasta los 40 grados de latitud sur y buscar la Terra Australis Ignota, el continente fantasma que los geógrafos europeos llevaban siglos incorporando a sus mapas por pura especulación.

Si había tanta tierra en el hemisferio norte, razonaban, algo debía equilibrar el peso del globo en el sur.

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Cook llegó a Nueva Zelanda y la cartografió con una precisión que asombró a sus contemporáneos. Después continuó hacia Australia, donde sus hombres entraron en contacto con los aborígenes de la costa sudeste. Pero la Terra Australis no apareció: el continente mítico seguía sin dar señales.

La Royal Society no se rindió. Años después volvió a recurrir a Cook, esta vez con el rango de comandante y un nuevo encargo: rodear el extremo sur del planeta y zanjar de una vez el asunto. Al mando del Resolution, Cook cruzó el círculo polar antártico el 17 de enero de 1773.

Encontró paredes de hielo y anotó en su diario una intuición con la parsimonia de quien describe el tiempo: aquel hielo, escribió, probablemente se extendía hasta el polo o estaba unido a alguna masa de tierra sujeta desde épocas remotas. No la vio, pero la presintió.

Cook murió en Hawái en 1779, asesinado durante un conflicto con los nativos en su tercer gran viaje. Dejaba atrás once años de navegación y una forma de entender la exploración que inspiraría a quienes vinieron después.

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Humboldt, el científico que exploraba el mundo

Si Cook representaba al marino que hace ciencia, Alexander von Humboldt fue algo diferente y, en cierto modo, más moderno: el científico que explora. Aristócrata prusiano, podría haberse quedado administrando sus propiedades. En cambio, gastó prácticamente toda su herencia en recorrer el mundo con un cuaderno y una brújula.

Pocas semanas antes de zarpar de La Coruña, en junio de 1799, resumió su método:

«Intentaré averiguar cómo interactúan entre sí las fuerzas de la naturaleza, y cómo el entorno geográfico influye en la vida de las plantas y los animales».

En esa frase, dicha casi de pasada, estaba el germen de la ecología moderna.

El 15 de junio de 1799, Humboldt y su compañero de viaje, el botánico francés Aimé Bonpland, partieron a bordo de la fragata española Pizarro. Su primera parada fue Canarias, donde escalaron el Teide. Después llegaron a Venezuela y remontaron el Orinoco durante cuatro meses, recorriendo más de 2700 kilómetros de selva virgen.

Luego viajaron a Ecuador, con sus volcanes; a México y a Cuba; y, por último, a Washington. Allí, el presidente Thomas Jefferson lo invitó a cenar y, con la habilidad de un estadista consumado, le sonsacó información sobre la geografía y la economía de México. Humboldt, hombre de ciencia y de pocas mañas políticas, lo contó todo. Años después, sus propios mapas de México estaban en manos del gobierno estadounidense.

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Humboldt dominaba la geografía, la botánica, la zoología, la vulcanología, la oceanografía y la astronomía. Murió en 1859, con su fortuna casi agotada y su reputación intacta. Entre sus legados directos están las bases de la geografía física y la geofísica modernas, los fundamentos de la vulcanología y la sismología, y algo que no suele mencionarse: la inspiración directa de Charles Darwin.

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Darwin: cinco años de viaje que transformaron la biología

La historia de cómo Charles Darwin llegó a bordo del HMS Beagle parece una anécdota menor, pero esconde una de las mayores consecuencias intelectuales de la historia. El capitán Robert Fitzroy necesitaba un compañero de viaje para no enloquecer de soledad durante una travesía que duraría años. Un amigo avisó a Darwin de la oportunidad y el joven naturalista se presentó al puesto.

En teoría, su función era recoger y clasificar especímenes. En la práctica, estaba a punto de convertirse en el hombre que más profundamente alteraría la imagen que la humanidad tenía de sí misma.

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El Beagle zarpó de Plymouth el 27 de diciembre de 1831. Durante casi cinco años bordeó las costas de Argentina, Chile y Perú. En octubre de 1835 recaló en las islas Galápagos, donde Darwin observó algo que al principio no supo interpretar: los pinzones de cada isla tenían picos distintos, adaptados a los recursos disponibles en cada entorno. La naturaleza parecía haber esculpido a cada animal según el lugar que habitaba.

De regreso en Inglaterra, Darwin pasó dieciocho años estudiando los especímenes recogidos durante el viaje. La respuesta a lo que había visto en las Galápagos llegó, curiosamente, de la mano de un clérigo economista. Thomas Malthus había escrito que la población siempre crece más rápido que los recursos disponibles.

Darwin trasladó esa lógica al mundo natural: los animales producen más descendientes de los que pueden sobrevivir. Los que mejor se adaptan sobreviven; los demás, no. A ese mecanismo lo llamó selección natural.

Cuando por fin se disponía a publicar su teoría, recibió una carta de Alfred Russell Wallace. El naturalista le comunicaba que había llegado a conclusiones casi idénticas. En 1858, ambos presentaron sus trabajos de forma simultánea ante la comunidad científica londinense.

Al año siguiente, Darwin publicó El origen de las especies. El libro no contiene ni una sola vez la palabra «evolución», pero describe con nitidez meridiana cómo las especies se transforman gradualmente con el paso del tiempo.

El impacto fue sísmico. El 30 de junio de 1860, el obispo Samuel Wilberforce preguntó con sorna a Thomas Huxley, amigo y defensor de Darwin, si se consideraba descendiente del mono por parte de abuelo o de abuela. Huxley respondió que antes preferiría descender de un mono que de un hombre brillantemente dotado que usara sus dones para ridiculizar a quienes buscan la verdad.

El auditorio victoriano enmudeció. Darwin, que no había acudido al acto, lo celebró por carta.

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El fondo del mar, la última frontera del siglo XIX

A mediados del siglo XIX, los grandes continentes ya estaban cartografiados en sus líneas fundamentales. Pero existía otro mundo completamente desconocido justo debajo de las quillas de los barcos que cruzaban los océanos: los fondos marinos eran, literalmente, terra incognita.

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El tendido de cables telegráficos submarinos entre continentes obligó a tomarse en serio la geografía de las profundidades. Para instalar un cable, primero había que saber dónde estaba el fondo. Y nadie lo sabía.

En diciembre de 1872, el buque británico Challenger zarpó al mando de los naturalistas Charles Wyville Thomson y John Murray para llevar a cabo la primera campaña oceanográfica de la historia. La travesía duraría casi cuatro años y cubriría el Atlántico y el Pacífico.

A bordo había tornos mecánicos para medir profundidades, redes de arrastre para recoger fauna submarina y un equipo científico con la paciencia necesaria para trabajar durante meses en medio del océano.

Los resultados fueron extraordinarios. Los naturalistas del Challenger catalogaron alrededor de 4700 nuevas especies animales y describieron la Dorsal Mesoatlántica —la enorme cordillera submarina que divide el Atlántico de norte a sur—.

También descubrieron el papel fundamental del plancton como base de la cadena alimentaria oceánica. Las implicaciones de ese hallazgo para comprender la vida marina no se agotarían hasta décadas después.

La expedición del Challenger cerró con broche de oro la era de las grandes exploraciones científicas del siglo XIX. Los hombres que recorrieron el planeta en aquellas décadas no solo cartografiaron territorios: construyeron las bases de la biología moderna, la ecología, la oceanografía y la geología. Y demostraron que, para conocer el mundo, antes que nada hay que salir a buscarlo.

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