Natalia Contesse: tras las huellas de la Violeta

Todo comenzó con un viaje. Natalia Contesse (48) había terminado recién el colegio. Su paso por la escuela no la había llenado del todo y, por lo tanto, lo primero que hizo al egresar fue comenzar una búsqueda personal. Desde niña había cantado, en su familia siempre se escuchó música, había muchos músicos, pero nada de folclor. Así que viajó al norte. Allí se quedó tres años, en el desierto de Atacama. Se relacionó con la vida en comunidad en distintos territorios donde la ritualidad y la naturaleza tenían un rol muy importante. Aprendió oficios porque tenía que vivir de algo y comenzó a cantar, a crear canciones, a hacer orfebrería y cerámica.
Por supuesto que cuando volvió a Santiago no era la misma. “Llegué de ese viaje, yo creo, con una descolonización interna”, dice. Así que comenzó una búsqueda, una indagación a través del canto y la palabra poética, como dice ella, que la llevó a Violeta Parra.
Natalia había vivido toda su vida en la comuna de La Reina. Naturalmente, su investigación comenzó cerca. Durante sus años en el norte había aprendido parte del repertorio de Violeta y, cuando volvió, descubrió que a pocas cuadras de donde ella misma había crecido había estado la Carpa de La Reina. Entonces comenzó a indagar en esa historia.

Iba seguido a la manzana donde le habían dicho que había estado la carpa. Se quedaba ahí, componía, “respiraba ese lugar”. Y en ese deambular encontró, a pocos metros, un espacio municipal abandonado que antes había sido Registro Civil y biblioteca municipal. Convocó a la escultora Marien Leible y juntas se asesoraron, fueron al concejo municipal y presentaron un proyecto para recuperar ese lugar y continuar, de alguna manera, el trabajo que Violeta había comenzado en ese mismo territorio. Se conformaron como organización comunitaria y consiguieron que el municipio les entregara el espacio en comodato.
Era 2008. El lugar estaba abandonado, así que organizaron mingas para limpiarlo y comenzaron a hacer tertulias de música y poesía. Con el tiempo, sin embargo, empezó a aparecer una pregunta: ¿qué era realmente lo que Violeta Parra había querido hacer ahí? Porque se hablaba de la peña, de la Carpa de La Reina, pero poco del proyecto que había detrás.
La respuesta comenzó a aparecer, en parte, gracias a quienes todavía guardaban esa memoria. Un día, después de una de las tertulias, se acercaron a Natalia unos adultos mayores. Le contaron que años atrás habían decidido irse a vivir a La Reina cuando supieron que Violeta se instalaría allí con una carpa. Tal era la expectación que generaba lo que podía ocurrir en ese lugar. Para Natalia fue un punto de inflexión.
Tiempo después, Natalia consiguió financiamiento y junto al director Gastón Orellana hicieron un documental sobre la historia de la Carpa de La Reina. Entrevistaron a quienes habían conocido de cerca a Violeta y habían estado en ese lugar: Patricio Manns, Ángel Parra, Margot Loyola, Erick Pohlammer, entre otros. Fue haciendo ese documental que Natalia entendió realmente el sueño de Violeta: crear una gran escuela de cultura popular en Chile, una Universidad del Folclor.
“En 2013 mandamos a hacer una carpa, presentamos un proyecto y todo se dio. Es que son sueños que están ahí. Uno solo es una mediadora. Está ahí para darle continuidad a las cosas, a la memoria de un territorio”, reflexiona.

Fueron diez años itinerando con esa carpa, que llamaron La Carpa de los Oficios, devolviéndole a la gente la educación, los oficios, el canto, la cueca y la tonada. La primera vez que la montaron fue el 18 de septiembre de 2014, en el Parque O’Higgins. “Fue muy revolucionario porque las fondas eran puro carrete”, recuerda. La Carpa de los Oficios marcó un hito: comenzaron a aparecer los talleres y hoy, dice Natalia, se pueden encontrar en muchas fondas. “Es maravilloso. Ahora la gente ya no va solo al carrete y a tomar”, dice. También hay espacio para conocer un oficio, cantar, bailar o encontrarse de otra manera con las tradiciones chilenas.
Mantener viva la cultura popular
Hoy la Carpa de los Oficios está en pausa, después de diez años de itinerancia, pero la Escuela Chilena de Folclor y Oficios sigue funcionando en la Aldea del Encuentro, en La Reina. Para Natalia, esos saberes siguen siendo necesarios. Quizás incluso más que antes. “Yo no condeno el desarrollo de las tecnologías, pero ¿cuáles son las vías alternas? Y los oficios lo son. Porque unas manos en la arcilla que van a moldear, un tejido en un telar, eso es único (...) Lo que la mano da y la fuerza de la mano es una continuidad de la mente, del corazón, de la sangre”. Hoy, dice, nuestro máximo movimiento es deslizar el dedo sobre una pantalla. “El valor de poder realmente poner las manos en unas fibras, tocar y crear, eso hoy día es una revolución para un niño que lo único que quiere es que le pasen el teléfono”, dice y se pregunta: “¿Cómo podemos volver a esa totalidad de talentos que tenemos como especie y que la tecnología está atrofiando?”.

En los oficios, en el folclor y en las celebraciones que los mantienen vivos está parte de esa respuesta. “Volver a traer esas memorias finalmente nos vincula con otra forma de estar en la tierra, otra forma del cuidado de la comunidad, del goce comunitario, de la fiesta compartida”, dice. Una fibra lleva al animal del que proviene; un tejido, a quienes aprendieron a hacerlo antes. “Todo tiene una historia”, dice Natalia. Una historia de vidas que se crían de manera conjunta y donde aparece un nosotros por sobre lo individual.
Y si hay una figura que reúna muchos de esos saberes, esa es la cantora, dice Natalia. Mujeres que no solo cantaban, sino que también eran tejedoras, parteras, ceramistas o conocían las plantas y sus usos. “La cantora es una mujer que está vinculada a la tierra. Por eso tiene ese repertorio lleno de imágenes de flores y plantas. Puede en una tonada regalar un cogollo porque sabe cuáles son las plantas medicinales, sus principios activos y lo que necesita esa persona a la que le va a cantar”. Una violeta azul para la tristeza y, si aumentan las penas, un cogollo de toronjil, como diría la Violeta.
En el campo, cuenta Natalia, eran las mujeres las que tenían las guitarras y muchas veces estaba mal visto que los hombres tocaran la guitarra o el arpa. Pero esa libertad tenía sus propios límites. “Muchas cantoras, incluida mi bisabuela, cuando se casaron tuvieron que dejar de ser cantoras. No cualquier hombre puede vivir con una compañera que va a cantar al mundo, que todos la van a mirar y que va a oficiar la fiesta”, dice.
Por eso, para Natalia, volver al folclor y a los oficios en estas Fiestas Patrias es también una oportunidad de mirar más allá de la tradición que celebramos cada septiembre y preguntarnos por las historias, los saberes y las formas de vivir que hay detrás de ella. De volver a las cantoras, a las manos que tejen, a las plantas que curan, a las canciones que se aprendieron escuchando a quienes estuvieron antes.
Violeta, para Natalia, forma parte de esa cadena. “La Violeta es porque existen las cantoras, sus antepasadas cantoras, y ella vio el valor incomparable que había ahí”. Por eso, dice, cuando se escucha a Violeta después de haber escuchado a las cantoras, “te das cuenta de que hay un entramado, un hilo indisoluble”.
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