Pablo Burchard en Lo Barnechea

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No hay como los artistas únicos que se dirigen a un espectador atípico: despistan exquisitamente. Como Burchard, a quien se puede volver a admirar en la retrospectiva de la Sala El Tranque. Si bien integró colectivos, movimientos e impartió clases, su arte no exige adhesión a un credo, no apela a prosélitos ni es lo suficientemente didáctico, como el de su profesor Pedro Lira, para que profesores de colegios lleven a sus cursos al Museo Histórico y que su obra les “cuente” la fundación de Santiago. Es de esos pintores que apuestan por sintonizar con almas afines, muy independientes, y ello funciona en un plano de uno a uno, apuntando a la complicidad con el espectador al compartir lugares y atmósferas familiares.
Él mismo evita encasillamientos. Se resistió a que lo tildaran de discípulo de nadie, ni siquiera de su padre arquitecto. Viajó a Europa por primera vez cuando tenía 77 años, lo que deja en el aire de dónde proviene su alimentación estética previa. Se proyecta a partir de alumnos (E. Lihn, J. Balmes, R. Bru, algunos de ellos), pero sin imponerles su visión; y si alguien lo siguió fielmente fue Adolfo Couve, ni siquiera alumno, aunque gran admirador, al punto de que uno recorre la exposición y el efecto se invierte. Couve aparece en la obra de Burchard, con lo cual el viejo tutor vuelve a difuminarse aun cuando es obvio que su genialidad es la que se dejó prestar.
Se ha sostenido que Burchard es un maestro en convidar intimidad. Eso, lo fundamental. Centró en ello su imaginería y temas: muros de adobe, portones, rincones y sombras tenebrosas de árboles que no caben en el cuadro, interiores espartanos (un geranio en una simple taza que hace de florero) y paisajes espectaculares sin pretender serlos (un árbol o dos niños en solitario a la distancia con una cordillera imponente detrás). Y todo para componer, según Enrique Lihn, tratando de “equilibrar el mínimun de elementos en el máximun de espacio”(sic).
Por último, Burchard ha sobrevivido gracias a coleccionistas conservadores, acaso desfasados, que enmarcan sus Burchard con molduras anticuadas, lo que, con razón, complica a Claudia Campaña, al restarle audacia vanguardista, aunque, en cambio, sirva para acentuar lo de la intimidad, volviéndola más personal y melancólica. Es decir, Burchard suele ser acogido por modas y decoración (descendientes suyos se dedicaron a ello); quizás también por anacronismos que el propio pintor cultivó. Al igual que Monet, aspiró a la abstracción y fue impresionista y posimpresionista a la vez hasta la década de 1960. Extraordinario.
De ahí que cabe preguntarse si no habrá una obsesión por querer enmarcarlo en clasificaciones rígidas que suponen una expectativa de progresión unidireccional, cuando simplemente prima lo subjetivo atípico que escapa al ojo de críticos y académicos.
Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador
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