Cinefilia, mon amour: el tiempo de la crítica
“El cine argentino se muere de a poco. Muere una muerte gris, de soledad, de incertidumbre, de invierno. Muere la triste muerte del orgulloso. De aquel a quien no salva ni el recuerdo de lo que fue”. Las palabras podrían ser rabiosamente actuales si no se hubieran escrito hace más de sesenta años. Es el editorial del primer número de Tiempo de cine, la revista que actualizó la crítica cinematográfica en la Argentina y de la que ahora se cuenta su historia en La mirada cinéfila, el libro de Daniela Kozak recién publicado: un documento valiosísimo sobre la modernización cultural de los años cincuenta y sesenta y cómo entonces se proyectaba el futuro.
Mi barrio de nacimiento, Villa Urquiza, llegó a tener ocho cines (hoy queda uno, municipal). Repleta de salas, la peatonal Lavalle era un mundo de gente: según la leyenda, matizada con la típica exageración porteña, uno podía tardar media hora en caminar una cuadra. Y el cineclub Núcleo, fundado en 1952 por Salvador Sammaritano y otros cinéfilos, exhibía las películas que todavía no se habían estrenado o aquellos clásicos que bajaban de cartel. Ahí nació Tiempo de cine, que circuló entre 1960 y 1968 tomando la inspiración de otras revistas míticas, como Cinema Nuovo y Cahiers du Cinéma, y que llegó a considerarse la mejor publicación de cine en castellano. Escribían Sammaritano y Tomás Eloy Martínez, Edgardo Cozarinsky, Enrique Raab, Mabel Itzcovich, Ernesto Schoo y Homero Alsina Thevenet, entre otros. Antes de Mafalda, Quino era el dibujante; el artista plástico Rogelio Polesello era el diagramador y compuso la tapa del primer número dedicada a Hiroshima, mon amour: como el cine que les gustaba, hacían periodismo de autor.
Ahora, La mirada cinéfila es un libro fundamental para cinéfilos y mediaholics, acaso nostálgicos de los nutritivos kioscos de revistas antes de que se convirtieran en cafeterías al paso: en una avenida comercial como Triunvirato, por ejemplo, uno podía ver una película de Alain Resnais y comprar la revista donde se publicaban diez páginas completas del texto del film escrito por Marguerite Duras. ¿Todo tiempo pasado fue mejor? No, apenas: distinto. El acceso al cine de autor y las revistas de vanguardia era un privilegio; hoy puedo ver todo lo que quiera sin moverme de mi teléfono aunque el visionado individual ni se le acerque al rito colectivo del cineclub Núcleo (fui socio al salir de mi adolescencia, cuando no me saciaban las películas del Blockbuster). Habría querido conocer una redacción como la de Tiempo de cine: David Oubiña, el autor del prólogo, dice que fue un “puente que explica el pasaje desde el tipo de crítica impresionista e ilustrativa de los años cuarenta y cincuenta hasta la militancia radicalizada de los años setenta”.
En una avenida comercial como Triunvirato, por ejemplo, uno podía ver una película de Alain Resnais y comprar la revista donde se publicaban diez páginas completas del texto del film escrito por Marguerite Duras
La revista marcó un hito en el periodismo argentino: según Kozak, “dejaba de lado la arbitrariedad y buscaba enriquecer la experiencia del espectador”. El libro es una historia, y a la vez el réquiem, del texto de cine, un tipo de análisis cultural que ya casi no tiene peso ni autoridad y que fue absorbido por la dinámica de la época, un sistema cesariano de valoración (pulgar arriba-pulgar abajo, como sucede al terminar una película en una plataforma) y tan descriptivo como la categoría de un hotel, según tenga, o no, desayuno continental y pileta: de una a cinco estrellas.
ABC
A.
Con la proyección de La carreta (James Cruze, 1923) sobre una sábana blanca en una casa de Colegiales, en 1952 nació el cineclub Núcleo.
B.
Dirigido por Salvador Sammaritano, fue el epicentro de la cinefilia porteña: en 1960, empezó a publicar Tiempo de cine, una revista mítica.
C.
El libro La mirada cinéfila, de Daniela Kozak, recupera su historia como la mejor publicación de cine en castellano y semillero de grandes debates.
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