Néstor Marconi: “El bandoneón me paseó por el mundo, le tengo que agradecer todo”

Desde los años 60, integró orquestas y se presentó en célebres reductos del tango; referente para otros músicos, sigue adelante con una formidable vitalidad y asegura que no piensa “colgar los botines”
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En un antiguo café del coqueto barrio de Florida, Néstor Marconi es un parroquiano más. Durante una larga charla, habla de su pasión por el fútbol, de la mala racha de Independiente, del frío feroz de este invierno. Pero, sobre todas las cosas, la entrevista abre un portal en el tiempo: el músico rosarino recorre historias junto a leyendas como Roberto Goyeneche, Enrique Mario Francini o Astor Piazzolla; revive las noches inolvidables en Caño 14, Café Homero o Club del Vino y evoca sus incontables giras mundiales. Con más de seis décadas de trayectoria y un virtuosismo único, sigue siendo una figura fundamental del tango. Para muchos, el bandoneonista más completo que dio el género en las últimas décadas.
Con una mezcla de humildad y bajo perfil, le baja el tono a cualquier sentencia sobre sus cualidades para domar a un instrumento ingobernable para la digitación, con sus teclas dispuestas al azar que producen notas diferentes al abrir o al cerrar el fueye. “¿Si tengo un estilo? No lo sé. Yo escribo y compongo como lo siento. Algunos dicen que tengo influencias del jazz. Me parece que más que del jazz, vienen de la música. Yo escuché mucho a Bill Evans y a Chick Corea, pero siempre traté de hacer mi camino”, subraya, como una declaración de principios sobre una decisión estética que lo acompaña desde sus inicios: la búsqueda de un sonido propio.
La trayectoria de Marconi atravesó los vaivenes históricos del tango. Llegó a vivir desde adentro los últimos destellos de la época de oro como músico de fila de la orquesta de José “Pepe” Basso. Refugiado en pequeños boliches, desafió la marea baja del tango en el gusto popular, a través de propuestas experimentales alejadas del baile que hoy son de culto, como su grupo Vanguatrío de los años 70. En las últimas décadas, se convirtió en un médium para el resurgimiento del género, con su participación junto al Polaco Goyeneche en la película Sur, de Pino Solanas, y como integrante del Nuevo Quinteto Real en las alucinantes veladas en el Club del Vino. “A mí nunca me faltó trabajo, en una época tuve que pelearla con laburos de trasnoche; me acostaba a las cuatro de la mañana, pero subsistía, podía vivir”, resume.
Hoy, a sus 84 años, Marconi conserva una vitalidad que ignora el paso del tiempo. Llega a la entrevista con semblante zen después de caminar 20 cuadras desde su casa en Vicente López. Ya no maneja; para moverse, alterna entre caminatas, taxis o colectivos. Su rutina se divide entre la familia, el trabajo y el deporte. Solo el dolor de rodillas en los días de humedad –secuela de sus años de jugar al fútbol- delata el almanaque. “Antes salía a correr; ahora solo troto cuatro o cinco veces por semana. Y si se me ocurre alguna idea musical mientras hago deporte, la grabo en la cabeza hasta llegar a casa para plasmarla. Me encanta escribir a lápiz; detesto la computadora”, explica.
Además de dirigir la Orquesta del Tango de Buenos Aires y un ensamble de bandoneones integrado por sus alumnos, reparte su tiempo entre sus grupos -alterna un trío y un quinteto-, la composición y la docencia. Entre tantas actividades, sumó una invitación que lo tiene particularmente entusiasmado: convocado por Nicolas Guerschberg, este fin de semana abre la quinta edición de la Experiencia Piazzolla en el Konex al frente de Bandoneonazo, un encuentro que cuenta con referentes de diferentes generaciones, como Carlos Corrales, Federico Pereiro y Renato Venturini.
“Cada uno va a ser hacer un tango de Astor en solo de bandoneón; después nos presentaremos los cuatro juntos e improvisaremos. Y habrá más momentos especiales que prefiero no develar; será una sorpresa”, anticipa dándole una cuota de misterio al concierto que prologará las presentaciones de Chango Spasiuk, Julieta Laso, Chino Laborde, Maggie Cullen, Mat Alba, Quinteto Experiencia Piazzolla, An Espil & Cirilo Fernández y Escalandrum. Para Marconi, Piazzolla es un capítulo especial de su vida. Lo admiró desde chico y su obra fue un imán para seguir adelante y para animarse a hacer cosas nuevas.
“Siempre tuve en mi corazón a Aníbal Troilo por cómo trataba el instrumento, por su sonido y por su obra como compositor, pero Piazzolla me revolucionó todo. Cuando empecé a estudiar música, vivía en Rosario y mi papá me hizo socio de Newell’s. La primera vez que lo vi a Astor, le pedí que me firme un autógrafo en el carnet del club, porque era lo único que tenía a mano. Lo conservé y muchos años después se lo mostré en Buenos Aires. Le dio un ataque de risa. Su música me había volado la cabeza”. Llegó a tocar con Astor cuando él visitaba Buenos Aires entre sus giras y reunía a varios bandoneonistas para alguna actuación especial, pero nunca formó parte de sus grupos, ni padeció sus célebres bromas, ni tampoco terminó peleado. “Me acuerdo que una vez me reconoció que tenía problemas con sus músicos porque era muy calentón, por eso siempre tuvimos buena relación, porque nunca trabajamos juntos”, rememora entre risas.
Una generación marcada a fuego
Nacido en 1942, Marconi pertenece a una generación de bandoneonistas criada bajo la huella del nuevo tango de Astor, con nombres que se acoplaron a ese impulso renovador y que tallaron fuerte en el panorama de los años 60 y 70, como Juan José Mosalini, Rodolfo Mederos, Daniel Binelli, Julio Pane, Walter Ríos. “Más que una huella, Piazzolla abrió un camino para mi camada, para las que vinieron después y para la actual. Yo interpreté y absorbí su obra a mi manera, partiendo de un mensaje que transmitió con su música: el tango no tiene límites armónicos, ni rítmicos, ni de estilo. Quiero remarcar esto, porque no me gusta la gente que habla de límites. Piazzolla creó un montón de material como para hacer algo personal, no lo mismo que él. Todavía hay caminos por recorrer”.
La referencia no parece casual. Hace unos años se desató una polémica en el mundillo tanguero cuando Rodolfo Mederos, gran admirador de Ástor, afirmó que su obra es “una luz que encandila” y que únicamente suena bien cuando es interpretada por Piazzolla. “Mi idea es la opuesta a la de Mederos. Sus tangos te impulsan a construir nuevos territorios para andar. Rodolfo también dijo en varias oportunidades que había que volver a las fuentes del tango como única opción y quedarse en los clásicos. Yo, que soy muy amigo de él, le dije: ‘por favor, como vas a declarar que hay que volver a las fuentes’. En las fuentes solo tiramos monedas. Salvando todas las distancias, es como si la música clásica se hubiese quedado en Bach o en Vivaldi, cada uno abrió caminos distintos”.
“Yo escuché mucho a Bill Evans y a Chick Corea, pero siempre traté de hacer mi camino”
–¿Cómo se continúa, entonces, el camino abierto por Piazzolla?
–Tocando sus tangos de una manera propia, no imitándolo. Cada músico tiene que buscar su personalidad. A mis alumnos siempre les repito eso. Una partitura de Piazzolla, de Salgán o de quien fuera es una propuesta en sí misma. A partir de ahí hay que volcar lo que cada uno tiene adentro. El mejor elogio para un músico es que alguien escuche una grabación suya y lo reconozca por su estilo. Eso es tener personalidad, si no, repetimos siempre el mismo modelo. Llevando la obra de Astor al plano de la arquitectura, él creó un montón de material que son los cimientos de la casa. Cuando alguien interpreta sus tangos, habita la misma casa, pero le pone otro decorado, pinta las paredes de colores diferentes y arma las ventanas de otro tamaño. Cada uno es libre de adaptarla a su manera. No tiene que ser de una única forma. Por otro lado, a Piazzolla le endilgaban que su música no era bailable. Hoy, que el baile ha progresado tanto, hay muchas coreografías que se adaptan a sus composiciones, cuando comencé, solo se bailaba con la orquesta de Juan D’Arienzo.
–¿El tango era popular en Rosario cuando usted empezó?
–Sí, había muchos boliches. Era como en Buenos Aires, pero en una escala menor. Existía un circuito para tocar: se trabajaba mucho en las radios, también en los boliches de la costanera, estaban los bailes de fin de semana, en Carnaval se armaban unas tremendas fiestas. Somos muchos los que venimos de Rosario. Entre los que seguimos activos estamos Raúl Lavié, Víctor Lavallén y yo; además de recordados colegas de allá como Antonio Agri y Osvaldo “Marinero” Montes, entre tantos otros.
–Lo curioso es que dio sus primeros pasos en la música como pianista. ¿Cuándo pasó al bandoneón?
–Sí, incluso llegué a tocar de muy chico el piano en una orquesta característica en Rosario, que era una formación que recreaba foxtrots, pasodobles, rancheras. Toqué piano desde los nueve años, quería ser pianista. El tema es que mi papá en su juventud había intentado estudiar el bandoneón, pero no se le dio, vivía en el campo, trabajaba en una chacra, era difícil. Entonces cuando empecé a estudiar, me regaló un bandoneón, así de paso él también practicaba, me acuerdo que tocaba un poco con una sola mano.
–¿Ahí cambió de instrumento?
–Sí, lo primero que hice fue adaptar al bandoneón las cosas que estudiaba en el piano. Pasé a tocar un instrumento infernal, con cuatro teclados completamente distintos, no tiene la lógica del piano. Y me formé como autodidacta. El bandoneón me paseó por el mundo, le tengo que agradecer todo. Es mi vida.
–¿Nunca estudió bandoneón?
–No. Seguí con las clases de armonía, contrapunto y piano. Adapté todo lo que aprendí al bandoneón, también leí libros, fui a muchos conciertos de colegas admirados. Un músico, Roberto Pansera, una vez me lo sintetizó con una frase: ‘la música es fácil o imposible’. Yo creo que está en uno desde el vientre de la madre. Tuve suerte. Le cumplí a mi padre y, siguiendo con la línea familiar, ahora mi hijo Leonardo Daniel me cumple a mí: desde hace muchos años es el pianista que yo hubiera querido ser. Al mismo tiempo, siempre agradezco a mi padre, porque me hizo despertar a que yo era bandoneonista, no pianista.
“Una partitura de Piazzolla, de Salgán o de quien fuera es una propuesta en sí misma. A partir de ahí hay que volcar lo que cada uno tiene adentro”
–¿Y cómo fue el salto de Rosario a Buenos Aires?
–Yo integré varias orquestas en Rosario. En una ocasión, la típica de José “Pepe” Basso llegó a Rosario para hacer una serie de presentaciones, pero uno de los bandoneonistas no había podido ir. Entonces fui a dar una prueba, de puro caradura, y quedé. No me olvido más: a las tres presentaciones, Basso me dijo: ¿Te gustaría seguir en Buenos Aires? Me volví loco con la invitación, tenía 19 años. Era una orquesta que trabajaba mucho y tenía como cantor al “Tata” Floreal Ruiz. Un lujo.
–¿Fueron duros los primeros tiempos en Buenos Aires?
–No. Porque mi padre, que era capataz de frigorífico Swift, en Rosario, pidió el traslado a Buenos Aires. Mi hermana también se vino. Estuve muy pocos días solo. Yo trabajaba mucho con Basso, pero tampoco quería ser músico de fila. Y en 1967 me enganché con el gran bailarín Juan Carlos Copes, que salía de gira por Centroamérica. A la vuelta, ingresé como parte del grupo musical que lo acompañaba a Caño 14.
–¿Por qué Caño 14 es mítico para el tango?
–Yo me sigo preguntando lo mismo: ¿Cómo fue posible que en un boliche tan chico hayan pasado tantas cosas? Era un desfile de músicos increíbles. En una misma noche podías ver a Aníbal Troilo, Roberto Goyeneche, Ángel “Paya” Díaz. Había gente que se asomaba desde la vereda, pero no había turismo, ni era caro. El local tenía un público habitué. Trabajábamos de lunes a sábado, hacíamos dos funciones por noche, solo el domingo descansábamos. Extraño la magia que se generaba.
Cerca de la revolución
En esas noches conoció al violinista, compositor y director Enrique Mario Francini, que lo doblaba en edad; una leyenda del tango que lo convocó para su nuevo sexteto, donde Marconi empezó a destacarse también como orquestador, poniendo en práctica sus innovadoras ideas musicales. Como testimonio queda un único disco, Su sonido del 70, con una serie de tangos tradicionales como “Chiqué”, “El choclo”, “Tierrita”, “Ojos negros” y “El arranque”, que en esta grabación se corren de las versiones canonizadas. “Francini era un excelente instrumentista y al mismo tiempo un intuitivo. A veces le escribía en difícil para molestarlo. Y él no solo lo interpretaba, sino que además le agregaba cosas. Fue el gran violinista del tango, así, con mayúsculas, y un divino”, recuerda.
–A continuación, creó el grupo Vanguatrío, puro atrevimiento juvenil y vértigo musical. ¿Generó resistencias entre los tangueros?
–Sí, había tipos que me cargaban. Con maldad, me decían: “Me voy antes de que no sepa que tango estás tocando”. Suelen pasar esas cosas. Yo creo que es impotencia, porque una propuesta musical te puede gustar o no, pero hay que escucharla primero.
–¿Cómo recuerda la experiencia de Vanguatrío?
–Escribíamos los arreglos con Omar Valente. Si tuviera que tocar eso ahora, no sé si podría. Era terrible por la velocidad y por la dificultad. Esa música constituía un desafío, como decir: vean lo rápido que puedo tocar. En fin, yo era un pibe y tenía todo el fuego adentro. Después tuve otros tríos muy diferentes, primero con Orlando Trípodi, y luego con un monstruo, Osvaldo Tarantino, que era pura improvisación, tango jazz, los disfruté tremendamente.
–Formó parte de una generación marcada por el rock, mientras que el tango estaba en retirada. ¿Cómo es su relación con esa música?
–Yo llegué a tocar como invitado del grupo Alas, una música de fusión que tenía elementos del rock, y también con Pedro Aznar. Al tango no lo perjudicó el rock: el gran problema fue el Club del Clan, que era otra cosa y que nos sacó público. Los rockeros estaban peor que nosotros y la tenían más difícil todavía si querían hacer fusión. Siempre me pareció una buena música, yo escuchaba algunos grupos, pero sobre todo me gusta el jazz.
–¿De qué vivía un músico de tango en esa época?
–Yo a veces hago una analogía con el fútbol. ¿Viste cuando te das cuenta que un futbolista tiene años de potrero? En el tango pasa lo mismo. Yo tuve un potrero que me sirvió mucho: las cantinas, los boliches, los cabarets. Ahí sobrevivía, tocando solo o acompañando cantores. Por ahí llegaba un cantor que pedía un tango en re, otro en fa, y así toda la noche. Me acostaba a cualquier hora un poco fastidiado, pero ganaba mucho en creación, en intuición, en invención. Es un espacio que ahora los músicos no tienen, porque no existe ese circuito. ¿Con quién aprendió Aníbal Troilo? ¿Quién le enseñó a Julio Ahumada? Hoy sobran profesores, pero falta potrero.
Volver
En los años noventa, el tango vivió una nueva etapa, con la irrupción de una generación que buscaba tender puentes con la música de sus abuelos. El interés impulsó la creación de orquestas, el rastreo de las glorias del género y propuestas renovadas: el tango mutaba de demodé a movida juvenil, gestándose un semillero, con el surgimiento de orquestas escuelas y la posibilidad de convertir la pasión en trabajo. En ese ecosistema, Marconi, que había participado en la película Sur en 1987, acompañando a Roberto Goyeneche, clave en la reconciliación juvenil con el tango, se convirtió en un referente para los bandoneonistas. “La convocatoria para formar parte de la película de Pino Solanas fue una alegría inmensa y un desafío a la vez. Él nos había visto en vivo con Goyeneche en Café Homero y quería replicar la misma situación. Cuando el Polaco cantó ‘La última curda’ en la puerta del bar, no se dobló su voz ni se repitió la escena. Fue una sola toma, él con un micrófono corbatero y yo con otro debajo de la silla. En realidad, todo lo que grabamos en la película se hizo en vivo, porque lo que se generaba con Goyeneche era una locura: nos adivinábamos los movimientos, era un diálogo constante entre canto y música. Había química, fuimos grandes compinches y trabajamos juntos durante muchos años”.
–También hubo otro factor muy importante para la apertura hacia el tango en los 90: sus presentaciones en el Club del Vino como parte del Nuevo Quinteto Real, dirigido por Horacio Salgán. Era como un club de jazz de Manhattan, pero en el barrio de Palermo.
–Eso fue obra de Eduardo “Cacho” Vázquez, gestor cultural y empresario gastronómico. A él se le ocurrió rearmar al Nuevo Quinteto Real, porque yo tocaba a dúo con el contrabajista Ángel Ridolfi, y Horacio Salgán se presentaba con el guitarrista Ubaldo De Lío. Ahí dijimos de hacer un cierre los cuatro juntos, sumamos al violinista Antonio Agri y se armó el grupo. El Quinteto le gustaba a todo el mundo: al tradicionalista, al rockero, al que le interesaba el sonido avant garde, al que no era tanguero. Tenía una atracción especial y contagiaba alegría. Siempre nos divertíamos.
–¿Ensayaban mucho?
–No, para nada. Salgán decía que el ensayo era un bicho malo (se ríe). Tenía todo el repertorio en su memoria, porque interpretaba los mismos tangos que con su orquesta. Yo había tocado en ella, por eso los conocía. Salgán solo decía: ustedes toquen. Nosotros le hacíamos caso.
–Por esos años también empezó a dar clases de bandoneón. ¿Le costó incorporar esa faceta?
–Fue lo que más me costó, hace 28 años que estoy en Sadaic enseñando. En esa época yo escribía arreglos para muchos músicos, pero ni siquiera figuraba en los créditos. El maestro Julián Plaza me sugirió que, en lugar de orquestar para otros, lo hiciera para mis formaciones, pero que transmitiera mis conocimientos. Hasta la actualidad sigo enseñando a escribir arreglos y a componer. Dirijo un ensamble integrado por los alumnos donde todos los años se presentan nuevas obras.
–También se presentó junto a orquestas sinfónicas. ¿Eso obedeció a cierto cansancio con el tango?
–Para nada. En un momento yo sentí la necesidad de escribir para ensambles más numerosos, pero el lenguaje siempre fue el tango. Quise probarme yo mismo y me salió, porque hice varias obras: un concierto de bandoneón y orquesta que se titula “Tangos concertantes”, también compuse “Cameratangos”, para bandoneón, piano y cuerdas y “De fuelle y oro” para flauta, bandoneón y orquesta. Es un material que por suerte se interpreta hoy. Todo esto empezó mucho antes, cuando toqué el “Concierto para bandoneón y orquesta”, de Piazzolla; después comencé a presentar mis obras con la Orquesta Estable del Colón, con la Sinfónica Nacional y con orquestas de distintas partes del mundo.
–¿Cómo hace para seguir sacando fuerzas ante tantos desafíos?
–Gracias a Dios, no paro. A veces me digo que podría descansar un poco y tomarme un respiro entre tantos proyectos, pero no quiero detenerme. Sigo con fuerza y mientras pueda voy a continuar componiendo y tocando. No pienso colgar los botines.
–¿Toca todos los días?
–En los ratos libres aprovecho para estar con mi familia, mis dos hijos, mis cuatro nietas. También para ver a Independiente por televisión, porque desde hace unos años ya no voy a la cancha. Pero nunca falta música en mi vida cotidiana: toco todos los días. Me levanto, me preparo unos mates y, aunque no tenga fechas programadas, casi de manera inconsciente, me pongo el bandoneón en la falda y arranco. Lo necesito como un brazo o una pierna, el instrumento es una extensión de mi cuerpo.
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