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Sunday, August 30, 2026

Una vidriera de poder tecnológico de China en medio de la crisis demográfica y laboral

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PARÍS.– Del 22 al 26 de agosto, la segunda edición de los World Humanoid Robot Games reunió en Pekín a 600 equipos y más de 2000 robots humanoides procedentes de 16 países, en una competición donde dos máquinas batieron el récord mundial de los 100 metros.

Tras esa puesta en escena espectacular, se esconde una política industrial declarada, una batalla por el mercado mundial de la robótica y, en el fondo, la voluntad de ocultar un profundo malestar social que la propia naturaleza de esas máquinas pone de manifiesto.

Robots humanoides compiten en atletismo - final de 100 metros por grupos grandes en el quinto día de los II Juegos Mundiales de Robots Humanoides en el Óvalo Nacional de Patinaje de Velocidad el 26 de agosto de 2026 en Pekín, ChinaVCG - Visual China Group

En la pista del velódromo olímpico de Pekín, reconvertido para la ocasión, un robot del fabricante de teléfonos Honor, bautizado como “Blitz”, prestó juramento durante la ceremonia de apertura del 22 de agosto: un ritual inspirado en el de los Juegos Olímpicos, pero con menos solemnidad y más ambición industrial.

Dos días después, el Tiangong Ultra y el Lightning batieron, cada uno, el récord mundial de los 100 metros que Usain Bolt ostentaba desde 2009, con tiempos de 9”39 y 9”47 respectivamente, frente a los 21”50 de la primera edición, celebrada un año antes.

Pekín se esmeró en subrayar que la mayoría de las pruebas de pista se realizaron esta vez en forma totalmente autónoma, sin teleoperación humana, un argumento de venta así como un indicador de progreso técnico.

La hazaña no consiguió repetirse, sin embargo, cuando los humanoides intentaron superar a Leo Messi en una improvisada cancha de fútbol, que se convirtió en escenario de un patético descalabro de esos pretendidos ases de la high-tech.

Pero esos Juegos no son fruto de ninguna casualidad en el calendario.

El robot humanoide chocó contra un obstáculo y se incendió al final de la carrera de 100 metros durante los II Juegos Mundiales de Robots Humanoides en el Óvalo Nacional de Patinaje de Velocidad el 25 de agosto de 2026 en Pekín, ChinaLintao Zhang - Getty Images AsiaPac

“Son la continuación de una secuencia doctrinal precisa, iniciada en septiembre de 2023 con el eslogan de las ‘nuevas fuerzas productivas de calidad’ lanzado por Xi Jinping, seguida por el plan del ministerio de Industria y Tecnologías de la Información para la producción masiva de humanoides, y consagrada finalmente en marzo de 2025 con la inclusión de la ‘inteligencia encarnada’ en el informe de gestión del gobierno”, señala Giorgio Cuscito, especialista en geopolítica china en la revista Limes.

El mercado mundial ya muestra su huella: el 87 % de los robots humanoides entregados en 2025 en todo el mundo procedían de fábricas chinas. Los grupos Agibot y Unitree representan, por sí solos, dos tercios de la producción mundial, frente a tan solo un 13 % de las empresas estadounidenses.

El banco Barclays proyecta que China podría desplegar 24 millones de unidades para 2035, frente a los 4,4 millones del resto del mundo, lo que permitiría compensar hasta un 60 % de una escasez de mano de obra estimada en 37 millones de trabajadores.

La población china disminuyó por cuarto año consecutivo en 2025, situándose en 1405 millones de habitantes —la caída más drástica jamás registrada—, con apenas 7,92 millones de nacimientos frente a 11,31 millones de defunciones, y una tasa de fecundidad que cayó a unos 0,8 hijos por mujer, muy lejos del nivel de reemplazo generacional.

En cuanto al empleo, la cifra oficial de desempleo urbano global, contenida en un 5 % durante el primer semestre de 2026, oculta una realidad mucho más cruda para los jóvenes trabajadores: en junio, el desempleo entre los jóvenes de 16 a 24 años (excluyendo a los estudiantes) alcanzó el 14,9 %, tras haber caído en un 18,9 % el verano anterior, cuando 12,2 millones de nuevos graduados se volcaron a un mercado laboral ya saturado.

Un robot humanoide (C) cruza la meta para ganar la final de 100 metros para robots grandes durante los II Juegos Mundiales de Robots Humanoides en el Óvalo Nacional de Patinaje de Velocidad en Pekín el 26 de agosto de 2026GREG BAKER - AFP

Es precisamente esa doble brecha —entre la promesa demográfica de ayer y la realidad de las cunas vacías, entre la estadística nacional tranquilizadora y la angustia de los jóvenes urbanos titulados— lo que los desfiles tecnológicos de los Juegos de Robots pretenden encubrir.

“Si bien hasta ahora no hay pruebas de que se trate de una intención deliberada de Xi Jinping, la coincidencia entre la magnitud del espectáculo y la magnitud de las dificultades que este disfraza invita a interpretar estos Juegos también como un ejercicio de distracción, tal como ocurría con las grandes coreografías deportivas de los regímenes soviético o de la Alemania Oriental”, analiza Laurent Malvezin, gran especialista francés de la cuestión.

Pero la situación tiene matices. A diferencia del mercado de los robots industriales, que está consolidado, el de los humanoides aún está en pañales: unas 150 empresas chinas se disputan unos clientes cuya satisfacción sigue siendo escasa, en una guerra de precios que recuerda a lo ya visto con la energía fotovoltaica y el vehículo eléctrico. En las escasas fábricas donde los humanoides realizan tareas reales, como el transporte de cajas, su eficiencia no supera el 40 % de la de un obrero. En China, de hecho, es el propio Estado el principal cliente de esas máquinas, que a menudo quedan relegadas a un papel decorativo en recepciones oficiales, siguiendo una tradición de autómatas como ornamentos del poder que remonta, a través de los siglos y los regímenes, al pato mecánico de Vaucanson o a los autómatas que los jesuitas regalaban a los emperadores Qing.

“La historia del robot antropomorfo, que durante mucho tiempo estuvo limitado a las cortes reales antes de convertirse en herramienta de producción, parece aquí estar revirtiéndose”, precisa Cuscito.

Si bien el 59 % de las pruebas de estas Olimpíadas se inspiraron en disciplinas deportivas clásicas, el resto recreó escenarios profesionales que dibujaban, indirectamente, un mapa de los empleos que Pekín considera prioritarios automatizar: carga de vehículos eléctricos, servicio de mesa, ensamblaje con herramientas eléctricas, albañilería, apilado, desembalaje de cajas o conexión de cables. Todos gestos tomados del comercio, la restauración, el almacenamiento y la hotelería.

Un robot humanoide yace en el suelo con su control remoto durante los Juegos Mundiales de Robots Humanoides en Pekín, el miércoles 26 de agosto de 2026Achmad Ibrahim - AP

El sistema de puntuación utilizado en esos eventos es, en sí mismo, un instrumento político: cualquier robot piloteado por un operador humano pierde la mitad de sus puntos, ya que solo se premia la autonomía. Sin embargo, el alcance de la prueba delata hasta ahora sus propias limitaciones: ningún robot es probado en escaleras o terrenos irregulares, ni se evalúa la autonomía de su batería o su capacidad para ejecutar una instrucción sin supervisión. La carrera en línea recta, por su parte, ya se da por sentada.

Esa jerarquía involuntaria ilustra una paradoja formulada ya en 1988 por el robótico Hans Moravec: aquello que resulta difícil para el ser humano —calcular con rapidez, correr un sprint en línea recta— se vuelve relativamente sencillo para la máquina. Mientras que gestos triviales para un niño —abrir un frasco, doblar una prenda, sujetar un objeto irregular… sin hablar de jugar al fútbol— siguen siendo una frontera técnica resistente.

Tampoco la elección del deporte como gramática del poder es exclusiva de la China de Xi Jinping: desde las Espartíadas soviéticas hasta los tambores de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, los regímenes que se presentan como fuertes siempre han tenido predilección por el estadio como escenario de demostración colectiva.

Para Malvezin, “lo que estos Juegos robóticos añaden es la cultura del benchmark propia de la inteligencia artificial, donde la clasificación deportiva se convierte en un instrumento de medición industrial que es difundido por todos los medios estatales, tal como ocurría antiguamente con el medallero”.

Sin embargo, bajo el entusiasmo tecnófilo, subyace algo inquietante. El deporte, desde los Juegos de Olimpia, se basa en el relato fundacional del agón: la competición entre seres libres que pertenecen a la misma comunidad que quienes los observan.

Los juegos romanos obedecían a la lógica inversa del munus gladiatorium, un espectáculo ofrecido a la ciudad por cuerpos excluidos de la comunidad de iguales: esclavos, condenados y prisioneros despojados de sus derechos.

Un robot humanoide compite en la carrera de 100 metros durante los Juegos Mundiales de Robots Humanoides en Pekín, el miércoles 26 de agosto de 2026Achmad Ibrahim - AP

Surge entonces una pregunta perturbadora que merece ser planteada: estos robots, sujetos sin ciudadanía que se enfrentan por el placer de un público que los contempla desde las gradas, ¿no estarán retomando esta segunda tradición en lugar de la primera?

“Un poder que aspira a neutralizar lo político mediante la eficacia técnica y el control de la ingeniería sobre la existencia necesita, en cierto modo, de un público capaz de deleitarse con demostraciones tanto técnicas como inhumanas”, señala Cuscito.

Este año también fue el de una competencia feroz entre Alibaba, Tencent y ByteDance —matriz de TikTok y Seedance— por la inversión en inteligencia artificial, junto a actores emergentes como DeepSeek, acusada en Estados Unidos de haber entrenado sus modelos con los de OpenAI o Minimax.

En todo caso, más allá del espectáculo pekinés, China ya representa más de la mitad de las nuevas instalaciones robóticas industriales anuales del mundo, y los humanoides se están integrando en la vida cotidiana del país.

En ese proceso, se destacan grupos como Unitree Robotics, Noetix Robotics o MagicLab, mientras que las demostraciones de robots ejecutando movimientos de kung-fu o asistiendo a ancianos durante la gala televisiva del Año Nuevo Chino pusieron en escena los avances del país en lo que Pekín denomina “inteligencia encarnada” (jushen zhineng).

Esta última se concibe como un multiplicador de capacidades tanto económicas como militares, especialmente en los ámbitos marítimo y aeroespacial, con la perspectiva de guerras denominadas “inteligentes” (zhineng hua), donde la inteligencia artificial desempeñará un papel determinante, siempre y cuando las empresas tecnológicas chinas logren seguir reduciendo su dependencia de los semiconductores estadounidenses.

Es quizá ahí donde reside la verdadera función de estos Juegos: convertir, ante los ojos de un público cautivado y de medios extranjeros fascinados, años de investigación aún inciertos en un relato de potencia inmediatamente legible, mientras se libra, lejos de los focos, una batalla mucho más decisiva por los chips, los modelos de IA y los usos militares de la robótica.

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