Arantxa, 34 años, la madre que cambió su modo de vida por sus hijos: "Yo pensaba en el futuro de ellos y me decía: no quiero que crezcan en un sitio donde haya miedo"

¿Se puede recuperar aquella infancia en la que los chicos podían salir a jugar en la calle, andar en bicicleta o pasar horas explorando sin que sus padres estuvieran preocupados? ¿Qué se gana y qué se pierde cuando una familia decide cambiar la vida urbana por la tranquilidad del campo?
Estas fueron las preguntas que estuvieron detrás de la decisión de Arantxa, una española de 34 años que, junto con su marido, Saúl, eligió comenzar una nueva vida en una pequeña aldea de Asturias, rodeada de montañas y naturaleza.
Su historia fue difundida por el canal de YouTube Crónicas Berasategui, del creador Ibon Berasategui, y publicada por el diario catalán Diari de Girona, este 17 de octubre pasado.
Durante la pandemia, la pareja comenzó a cuestionarse el estilo de vida que llevaba y a imaginar un futuro diferente. Querían tranquilidad, más contacto con la naturaleza y, fundamentalmente, un entorno donde sus hijos pudieran crecer con mayor autonomía.
"Lo pensamos mucho y vimos que queríamos más libertad y tranquilidad", explicó Arantxa.
En una época marcada por la velocidad, las pantallas y las exigencias cotidianas, Arantxa y Saúl eligieron otro ritmo. Uno en el que sus hijos puedan ensuciarse las manos, explorar el paisaje y descubrir el mundo sin que el miedo sea el protagonista.

En este sentido, uno de los principales motivos del cambio fue la forma en que querían educar a sus hijos. Arantxa considera que, en muchos entornos urbanos, los más pequeños han perdido parte de la libertad que permitía jugar libremente o pasar horas al aire libre.
"Yo pensaba en el futuro de mis hijos y me decía: no quiero que crezcan en un sitio donde haya miedo", explica.
Ella es oriunda de Pulpí, Almería, mientras que Saúl es del norte de Palencia. Aunque tenían raíces en lugares diferentes, encontraron en Asturias el escenario ideal para concretar su proyecto familiar.
Una infancia sin miedo: recuperar la libertad de jugar y descubrir el mundo
"No quiero que mis hijos crezcan en un lugar donde haya miedo", expresó Arantxa al explicar una de las principales razones que motivaron su mudanza.
Su preocupación estaba relacionada con una transformación que muchas familias perciben en la crianza contemporánea: la pérdida de autonomía infantil y la desaparición progresiva de los espacios en los que los chicos pueden jugar libremente.
El tránsito, la inseguridad, las agendas sobrecargadas y el uso creciente de pantallas han modificado las experiencias cotidianas de la infancia. Aquellas tardes interminables en la vereda, los juegos improvisados con amigos y las aventuras en bicicleta parecen cada vez más difíciles de reproducir en determinados entornos urbanos.
Hoy, Gala, de cinco años, y Arturo, de tres, crecen rodeados de árboles, montañas y espacios abiertos. Para sus padres, esa experiencia representa la posibilidad de recuperar una relación más espontánea con el entorno.
La importancia de este contacto no es solamente una percepción familiar. UNICEF destaca que el juego constituye una herramienta fundamental para el desarrollo emocional, social y cognitivo de los niños, ya que favorece la creatividad, la autonomía y la capacidad de resolver problemas.
Por su parte, la Organización Mundial de la Salud, en sus directrices de 2019 sobre actividad física para menores de cinco años, subraya la necesidad de promover el movimiento cotidiano y reducir el sedentarismo.

Sin embargo, los especialistas también advierten que el bienestar infantil depende de múltiples factores. Vivir en el campo no garantiza automáticamente una crianza más saludable: los vínculos afectivos, la educación, la seguridad y el acceso a servicios siguen siendo fundamentales.
Una casa abandonada, una huerta y el desafío de construir otra vida
Cuando Arantxa llegó a Asturias estaba embarazada de su primera hija. Después de buscar durante bastante tiempo, la pareja encontró una propiedad que llevaba aproximadamente treinta años cerrada y se encontraba prácticamente en ruinas.
Lejos de desanimarse, decidieron reconstruirla y transformarla en su hogar. Recuperaron estructuras de piedra y madera, conservaron una cocina tradicional de leña y comenzaron a trabajar el terreno con la intención de cultivar alimentos, plantar árboles frutales y tener animales.
Pero la vida rural también tiene dificultades. Arantxa reconoce que mudarse al campo no significa necesariamente ahorrar dinero. La autosuficiencia requiere conocimientos, inversión, paciencia y mucho trabajo. Por ahora, todavía deben comprar buena parte de los alimentos que consumen.
Otro desafío habitual para las familias que consideran abandonar las ciudades es el acceso a la educación. En su caso, la escuela está ubicada a unos diez minutos y cuenta con transporte escolar, comedor y actividades extraescolares
Esa cercanía les permite combinar la tranquilidad de una pequeña aldea con servicios indispensables para la crianza.

"Los límites nos los ponemos nosotros mismos", reflexiona Arantxa, convencida de que muchas decisiones importantes comienzan cuando nos animamos a cuestionar aquello que parecía establecido.
Su experiencia no significa que todas las familias deban abandonar las ciudades ni que la vida rural sea una solución universal. Más bien invita a pensar qué lugar ocupan el tiempo, la libertad y la naturaleza en la infancia contemporánea.
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