Paleontólogos analizan el fósil de una extraña criatura gigante y descubren las huellas de un ataque mortal de hace más de 80 millones de años
Un fósil hallado en Canadá conserva una posible mordedura mortal sufrida por un cefalópodo parecido a un calamar hace más de 80 millones de años.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Hace más de 80 millones de años, buena parte del centro de Norteamérica estaba cubierta por un enorme mar interior. Bajo sus aguas nadaban mosasaurios, plesiosaurios, peces depredadores y unos cefalópodos que hoy resultarían extrañamente familiares. Uno de ellos, Enchoteuthis, tenía un aspecto parecido al de un calamar y podía acercarse al metro de longitud. Un fósil descubierto en Canadá parece conservar ahora algo mucho más excepcional que su anatomía: las señales de uno de sus últimos encuentros con un depredador.
El ejemplar lleva décadas en una colección científica. Fue recuperado en la primavera de 1980 en Robertson Pit South, a unos 7,1 kilómetros al suroeste de Miami, en Manitoba, y actualmente se conserva en el Canadian Fossil Discovery Centre. Procede del miembro Pembina de la Pierre Shale, cuyos sedimentos se depositaron aproximadamente hace entre 81,5 y 78,8 millones de años.
El fósil, catalogado como Q80.05.14, mide unos 49 centímetros y conserva buena parte del gladius, una estructura interna de sostén comparable, con las debidas diferencias, a la pluma de los calamares modernos. Los investigadores calculan que completa habría alcanzado unos 60 centímetros y que el animal entero habría medido menos de un metro. Pero fueron dos deformaciones de esta pieza las que convirtieron un fósil conocido desde hace décadas en la posible escena de un ataque del Cretácico.
El equipo encabezado por Melina Jobbins y Amane Tajika examinó el ejemplar mediante un escáner 3D portátil y realizó moldes de las zonas dañadas con silicona para estudiar su forma y textura. Las dos anomalías aparecen en la cara dorsal del gladius y afectan al raquis, su zona central. Ambas presentan una forma aproximadamente triangular, aunque no son idénticas.
La marca anterior es la más reveladora. Su borde interno mide unos 19 milímetros y presenta una geometría que los investigadores consideran compatible con la mordedura de un depredador. No llegó a atravesar completamente la pluma, pero tampoco existen señales claras de reparación o regeneración. Ese detalle resulta fundamental: sugiere que Enchoteuthis no tuvo tiempo suficiente para recuperarse.

La lesión pudo producirse muy poco antes de su muerte o durante el propio episodio que acabó con el animal. No es posible reconstruir una persecución a partir de una sola marca, pero el fósil conserva algo extraordinariamente difícil de encontrar: una posible evidencia física de interacción entre dos animales que desaparecieron hace decenas de millones de años.
La segunda anomalía complica la historia. Se encuentra unos 11 centímetros más atrás y alcanza aproximadamente 27 milímetros en su borde interno. Su orientación es diferente y su aspecto recuerda en parte a una separación de las capas que componían el gladius. Los autores plantean varias posibilidades: podría tratarse de otra mordedura del mismo ataque, de un episodio distinto o de un daño inicialmente provocado por el depredador y posteriormente ampliado durante la descomposición y fosilización del cadáver.
El fósil fue descubierto en 1980, pero más de cuatro décadas después todavía conservaba una historia oculta: las posibles señales del ataque que sufrió el animal antes de morir.
El sospechoso pudo ser un mosasaurio
Encontrar una posible mordedura es una cosa; descubrir qué animal hundió los dientes en la presa es mucho más difícil. En este caso no quedaron dientes incrustados ni una sucesión de perforaciones cuya separación permita reconstruir con precisión la mandíbula responsable.
El ecosistema tampoco facilita la investigación. En las aguas de Manitoba convivía una notable colección de grandes depredadores. Entre los mosasaurios estaban Latoplatecarpus, Plioplatecarpus, Platecarpus y Tylosaurus. También existían peces como Cimolichthys, Xiphactinus, Enchodus y Pachyrhizodus. Cualquiera de esos nombres conduce a un mar muy diferente de los actuales.
Los científicos pudieron, al menos, reducir la lista. Los tiburones no encajan bien con la morfología de las lesiones. Tylosaurus, uno de los mosasaurios más formidables del Cretácico, tampoco parece el candidato más adecuado debido a la forma de sus dientes.
Dos sospechosos resultan especialmente interesantes: el mosasaurio Latoplatecarpus y el pez depredador Cimolichthys. Este último cuenta además con un precedente difícil de ignorar: restos de un gladius atribuido históricamente a estos grandes cefalópodos fueron encontrados en el contenido estomacal de un Cimolichthys. El estudio también contempla otros peces, incluido Xiphactinus, aunque no existen por ahora contenidos gástricos de este género que demuestren una dieta basada en cefalópodos.
Las dos misteriosas lesiones están separadas por unos 11 centímetros y presentan orientaciones diferentes, una pista que abre la posibilidad de que se produjeran durante varios mordiscos.
Una escena de hace más de 80 millones de años
Durante el Cretácico, el Western Interior Seaway dividía grandes extensiones de Norteamérica y albergaba ecosistemas marinos extraordinariamente ricos. Los cefalópodos formaban una parte importante de aquellas redes alimentarias, pero demostrar quién se comía a quién resulta complicado.
Los contenidos estomacales fosilizados ofrecen pruebas excepcionales, aunque son muy poco frecuentes. Las lesiones proporcionan otra vía para reconstruir esos comportamientos. El problema es que distinguir una mordedura de una rotura producida después de la muerte exige prudencia, especialmente en organismos de cuerpo blando.

Precisamente por eso los autores son cautos con la segunda marca de Q80.05.14. Incluso plantean un escenario intermedio: el ataque pudo originar una pequeña fractura o debilitar determinadas capas del gladius y, una vez muerto el animal, la descomposición y la presión de los sedimentos terminaron ampliando el daño.
La primera lesión ofrece una señal mucho más convincente. Más de cuatro décadas después de que el fósil saliera de las rocas de Manitoba, las nuevas técnicas han permitido observarlo como algo más que los restos de un cefalópodo extinguido. Es una pequeña ventana a la ecología del Cretácico: la posible huella de un instante en el que una presa y un gran depredador se encontraron en un mar desaparecido.
Referencias
- Melina Jobbins et al. Lethal injury in the pen of a squid-like giant octobrachian Enchoteuthis from the Cretaceous Pierre Shale of Manitoba, Canada. Cretaceous Research, published online August 28, 2026; doi: 10.1016/j.cretres.2026.106480
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