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Sunday, November 1, 2026

Elena Poniatowska: Día de Muertos en Yucatán

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egún mi amigo Rodrigo Ávila Bermúdez, excelente maestro en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, los estados de Yucatán, Campeche y Quintana Roo forman parte de la península de Yucatán, en el sureste mexicano y el norte de América Central. También se les reconoce como “zona maya” en nuestro territorio que divide el Golfo de México y el Caribe que nos acompaña. En este punto del planeta que tiene forma triangular, cada año se celebra el Hanal Pixán, tradición que en lengua maya significa “banquete o alimento para las ánimas”.

El 7 noviembre de 2003, las fiestas indígenas de México dedicadas a los muertos fueron declaradas por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Los mayas yucatecos o peninsulares festejan el Hanal Pixán los días 31 de octubre, primero y 2 de noviembre. Los fieles a la tradición lo extienden a ocho días. Las primeras almas en llegar son las de los niños llamados mejen pixán o chichan pixán, las almas chicas, y a partir del primero de noviembre llegan las ánimas de los adultos, nombrados nojoch pixán.

A lo largo de mis 94 años, he tenido la dicha de visitar Mérida, y Luna, mi nieta, es yucateca. Paula, mi hija, vive en la hermosa Ciudad Blanca desde hace 20 años. Las mujeres visten huipiles blancos bordados de flores, sus fustanes con encajes en los bordes y listones que sujetan su pelo. Los días previos al Hanal Pixán, estas mujeres cortan ramas para elaborar los arcos que adornan los altares cuajados de flor de cempasúchil o x’pujuc.

Cada familia hace su ofrenda a su modo, pero hay elementos que no pueden faltar: una cruz verde en el centro que viste un huipil bordado, las fotos de los difuntos color sepia, blanco y negro y a colores; imágenes de santos según la devoción; un lek o jícara con agua fresca, porque los visitantes llegan del más allá cansados y sedientos, así como cazuelas de barro con los alimentos que disfrutaron en vida. En la ofrenda aparecen los guajes con chocolate batido, el áak’ sa’ como llaman al atole nuevo preparado con maíz tierno, las bebidas preferidas de los difuntos: tequila, aguardiente, ron, anís, el xtabentún, licor maya de miel de abeja, y el balché, bebida fermentada tradicional hecha de maíz. En el mundo de hoy también se ponen refrescos, coca-colas o chaparritas de El Naranjo para los niños.

El pan de muerto con su perfume de agua de azahares es muy festejado. Sobre la mesa del altar, cubierta por un mantel blanquísimo, desfilan calaveritas de azúcar con los nombres de los difuntos. Los ramos de flores de amor seco y cresta de gallo, con forma de cerebro pensante, adornan el espacio con sus colores violetas y morados envueltos en el aroma del copal que guía a las ánimas al festín: Caminito de cempasúchil / que iluminas todo el panteón / pa’ que lleguen los difuntitos / y comiencen su vacilón. / Ay, ay, cómo me gustas, / calaverita de azúcar. / Ay, ay, y no me asustas, / calaverita de azúcar”.

En el altar son imprescindibles un platito con sal, ingrediente que purifica y la luz de veladoras que iluminan el camino de los difuntitos. También se ponen velas de cera en las cuatro esquinas del altar en cuatro colores: negro, amarillo, blanco y rojo que simbolizan los cuatro puntos cardinales. Según el Popol Vuh, antiguo libro de sabiduría maya, los dioses plantaron cuatro ceibas, una en cada esquina del mundo, para sostener los cielos. También plantaron un quinto árbol en el centro para que sus raíces pudieran llegar al inframundo y sus ramas subieran al cielo. El yaxché, o árbol de la vida, comunicaba los tres reinos: los cielos, el mundo medio y el inframundo. Actúa como canal entre humanos y dioses.

En los altares de los niños, los manteles son coloridos, como las velas y flores. También en la ofrenda aparece la flor de achiote, un pigmento natural de color rojo para que se diviertan pintando sus manos y su cara. A las almas de los niños se les ofrecen pequeños panes de muerto, galletas de animalitos, yuca con miel, jícama, dulce de papaya, nanche, “manjar blanco” de coco, mandarinas, frutas y dulces acompañados por pucheros de gallina.

La comida tradicional maya se cocina en el píib, en un horno bajo tierra en el que se preparan tamales de espelón o frijol tierno, los mucbipollos, el relleno negro hecho con chile quemado. Imposible que falte la tradicional cochinita pibil, los papadzules con su salsa de pepita verde, los panuchos y salbutes con cebollita morada y la picante salsa de habanero. El Hanal Pixán coincide con la temporada del fin de la cosecha, por ello tanta abundancia y variedad en los alimentos y frutos que Yucatán nos regala.

En el Hanal Pixán también se recibe a las “almas solas”, que tienen un altarcito al lado de la ofrenda principal: “Nacemos solos y morimos solos”. Si algún alma ya no tiene deudos o familia que le rece, toda la península yucateca la recibe con su vaso de agua fresca, una cerveza o un vaso de agua de chaya, su vela y un generoso plato de comida. Al igual que los vivos, el alma de los muertos también invita a otras a un festín y así llega el amigo del amigo del amigo, porque, finalmente, la comida y la bebida alcanzan para todos.

El camino del Hanal Pixán se alumbra con velas en el piso o sobre la tierra misma en la que se esparcen pétalos de cempasúchil. Ningún alma se pierde en el trayecto, ahí van todos los que ya no están en este mundo. Las almas llegan cansadas y con sed. En algunas regiones de la zona maya llueve un día antes del Hanal Pixán, y se tiene la creencia de que así los muertos se limpian y refrescan su ropa para llegar al mundo de los vivos, porque “de limpios y tragones están llenos los panteones”.

En los días que dura el Hanal Pixán pareciera que el tiempo se detiene: vienen los difuntos, los huéspedes del más allá. Los vivos les rezan rosarios de cinco o 15 misterios, se quema incienso, los recuerdan, son días dedicados a ellos: “Madre purísima, ruega por él… Virgen poderosa, ruega por él… Espe-jo de justicia, ruega por él… Torre de marfil, ruega por él… Puerta del Cielo, ruega por él…”

A las ánimas las sentimos y respiramos, las bebemos y les cantamos con una serafina yucateca. El Hanal Pixán son días en los que el cazador de la selva no sale a buscar presa porque puede dispararle a un ánima. Las mujeres no bordan ni cosen para no lastimar la piel de las almas. Las casas deben estar muy limpias: barridas, trapeadas, sin polvo ni trastes sucios.

Después de los rezos, letanías y oraciones, las familias recuerdan a sus difuntos: los abuelos, padres, tíos aparecen en anécdotas, fotos, en objetos personales exhibidas en la ofrenda: martillos, serruchos, anteojos, un abanico, un par de aretes, peinetas de carey, un collar de perlas de río: “Así las usaba mi mamá”, “Eran de mi tía”, “Papá nunca salía sin ellos”. Los dolientes recuerdan sus consejos y enseñanzas: “Tu abuelo decía…”, “Mi mamá aconsejaba…”

El 2 de noviembre también se visitan los panteones y se arreglan las tumbas: se barren, se pone agua limpia en los floreros y por la tarde se “levanta la ofrenda”. Se dice que los muertos se llevan la esencia de la comida: los aromas y los sabores. El Hanal Pixán es el acto espiritual más perfecto para unir a los vivos con sus muertos.

Ocho días más tarde, se celebra el Bix para invitar a las ánimas a regresar al año siguiente. Entonces se vuelven a preparar alimentos para los difuntos, pero esta vez no para compartir con ellos, sino para que se los lleven de regreso. Platillos sin caldo, como píbil káax y píibil xpelón, en suficiente cantidad para que las almas aguanten el hambre que siempre llega.

Desde 2008, el ayuntamiento de Mérida organiza el Festival de las Ánimas; este 2026 se lleva a cabo entre el 24 de octubre y el 2 noviembre. El festival se inició el sábado pasado en el parque de San Juan, que se iluminó con figuras monumentales. El 30 de octubre, cuando empieza el Hanal Pixán, se hace el Paseo de las Ánimas, desde el cementerio General hasta el parque de San Juan. En este recorrido hay desfiles, conciertos, comida tradicional maya. El primero y 2 de noviembre se levanta un Altar Monumental en la Plaza Grande de Mérida al que llegarán visitantes sorprendidos como niños por la resurrección de los muertos.

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