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Friday, September 11, 2026

La difícil tarea de elegir

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Pedrito salió muy bien en su examen. Estaba inseguro, porque las matemáticas no son su fuerte, pero estudió y obtuvo un 9. Su madre decide entonces llevarlo a esa heladería carísima que abrieron en el barrio y que Pedrito menciona -como quien no quiere la cosa- a cada oportunidad que se le presenta.

El sábado salen juntos y Pedrito de pronto se descubre frente a docenas de sabores distintos de helado, cada uno más llamativo que el anterior, entre los que debe elegir sólo dos. Todos le llaman la atención, todos le intrigan por sus texturas y colores misteriosos. Se pasa los siguientes cinco, diez, quince, veinte minutos mirando, dudando, cambiando de parecer, repitiendo los nombres escritos en la pantalla como en una invocación, hasta que su madre comienza a impacientarse.

Exhausto, harto de sí mismo, elige dos sabores al azar y, tras darle un par de lengüetazos al helado, acaba por cedérselo a su madre.

Experiencias como la de Pedrito soy comunes para todos hoy en día. Quizá porque el supremo ejercicio de libertad que representa elegir se ha convertido en una tarea al mismo tiempo imperativa y complicada.

Ha habido una enorme multiplicación de las opciones disponibles en cuanto al consumo: los servicios de música, de películas, de compras en línea, de personas con quien tener una cita, todo funciona según la dinámica del catálogo infinito, como la biblioteca de Babel. Y es difícil decidirse por una cosa, cuando se tienen cientos o miles de alternativas para explorar.

Por eso el zapping se ha convertido en la dinámica contemporánea por excelencia: la tiktokización del mundo. Su lógica de saltar de una cosa a otra, como probando un poquito de cada sabor de helado sin decidirse por ninguno, constituye el movimiento de la indecisión, de la duda, del miedo a escoger mal y arrepentirse, o a perderse de algo y quedar excluido.

Sentimientos que sabotean el placer de la elección. ¿A quién no le ha ocurrido de pasarse el rato libre que se tenía revisando los avances de las películas en el streaming, engrosando una lista de pendientes que, sin embargo, nunca nos animaremos a enfrentar?

Lo paradójico es que esa parálisis, esa imposibilidad de elegir rápida y placenteramente, acaba por imponernos la autoridad de un tercero. No ya de un reseñista, crítico o recomendador, en cuyo criterio subjetivo confiamos porque entiende el mundo como nosotros, o le gustan las cosas que a nosotros también, sino la lógica estadística del marketing y el algoritmo. ¿Te gustó el helado de chocolate? Aquí tienes mil opciones más del mismo sabor.

Es cierto que la vida así se simplifica: alguien -algo- eligió por nosotros, pues nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos. Pero es también la muerte de la curiosidad.

El imperio de la tendencia, del consumo autista, lo opuesto a la noción de libertad: no hace falta elegir, aquí tienes algo que sabemos que va a gustarte.

La libertad es la libertad de equivocarse, de elegir mal. Sin un robot que venga a salvarnos de chascos, malos ratos y aprendizajes.

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