Chocó: el reto de recuperar un departamento marcado por el olvido estatal y precariedades agudizadas por el terremoto
El terremoto dejó más de 43.000 damnificados en Chocó, escuelas, centros de salud afectados y comunidades enteras destruidas.
Afectaciones tras el terremoto en la ciudad de Quibdó, chocó. Foto: Daniel Fernando López EL TIEMPO

PERIODISTA JUDICIALActualizado:
El 50 por ciento de las comunidades de Litoral de San Juan, en Chocó, no tenía luz antes del terremoto. Las que sí, lo hacían a través de plantas eléctricas. Tampoco había señal, que era –hoy mucho más– intermitente. Se abastecían de agua con tanques que recolectaban lluvia y no tenían alcantarillado, sino pozos sépticos.
El municipio está conformado por 64 comunidades, 34 afrodescendientes y 30 indígenas, dispersas a lo largo de la cuenca del río San Juan, el afluente más importante del Pacífico. No tiene acceso por carretera; solo se puede llegar por vía fluvial o marítima. La ciudad más cercana es Buenaventura, a tres horas en lancha. Y llegar a Quibdó es toda una odisea. Están más cerca del Valle del Cauca que de su propia capital.
Afectaciones tras el terremoto en la ciudad de Quibdó, chocó. Foto:Daniel Fernando López EL TIEMPO
La gran mayoría de las casas, por no decir casi todas, son palafíticas. Según el alcalde del municipio, Jhon Jairo Gutiérrez, el terremoto arrasó cerca del 80 % de estas viviendas y dejó a 1.415 familias damnificadas. Sin embargo, al estar construidas en madera, el nivel de destrucción no se tradujo en una tragedia de mayores proporciones en términos de vidas humanas.
Aunque el epicentro del movimiento sísmico más fuerte del último siglo en Colombia fue San José del Palmar –ubicado a unos kilómetros al nororiente de Litoral del San Juan–, Chocó reportó, de manera preliminar, 13 víctimas mortales, menos del 15 % de las más de 100 que murieron en Cali, la ciudad con el peor saldo del desastre natural.
Sin embargo, el 93 % del departamento sufrió graves daños estructurales y dejó al descubierto las costuras de la pobreza y las vulnerabilidades que se agudizaron con las pérdidas materiales. De hecho, la magnitud de los daños solo empezó a calcularse varios días después, por las dificultades para ingresar a los territorios.
“Entre el 15 % y el 20 % de las comunidades rurales quedó completamente destruido. En la comunidad Corriente de Palo, por ejemplo, de 40 casas se vinieron abajo 15. La ruralidad quedó devastada”, le dijo a EL TIEMPO Miguel Ángel Castillo, personero de Litoral del San Juan.
En San José del Palmar, hacen un llamado para que el país mire hacia el epicentro. El terremoto dejó más de 525 familias afectadas, cinco personas desaparecidas, 40 viviendas colapsadas, más de 2.600 damnificados, 19 veredas con afectaciones y más de 480 casas con daños estructurales.
“No tenemos agua potable. Hemos recibido donaciones limitadas, no tenemos conectividad y estamos recargando los equipos con una planta eléctrica. Necesitamos colchonetas, herramientas y materiales de construcción. Tampoco tenemos viviendas para poder alojar a las familias mientras se atiende la emergencia”, afirmó la personera Hellen Cuero.
Afectaciones tras el terremoto en la ciudad de Quibdó, chocó. Foto:Daniel Fernando López EL TIEMPO
Estas historias se repiten en 29 de las 31 jurisdicciones del departamento. Actualmente, hay más de 43.000 damnificados, las clases en los colegios y universidades están suspendidas, los comercios cerrados, el mercado empezando a desabastecerse y un buen número de familias con pérdidas totales, teniendo que arrancar desde cero. De acuerdo con los primeros balances, hay siete centros de salud semidestruidos, 38 instituciones educativas afectadas, seis acueductos con problemas estructurales, un puente vehicular colapsado y cinco vías con daños.
Hoy, la fase de búsqueda y rescate terminó y la prioridad es abastecer de alimentos, agua, bienes y servicios básicos a miles de personas que lo perdieron todo y empezar la reconstrucción de casi todo un departamento con realidades muy distintas: la de los municipios más apartados y las comunidades afro e indígenas, que están durmiendo a la intemperie; y la de los quibdoseños que hoy viven en casas de vecinos o en carpas improvisadas, comen en ollas comunitarias y lloran el trabajo de toda una vida.
Sara Quevedo - Justicia
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