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Saturday, October 17, 2026

“Nadie elige dónde nacer”: la historia del hombre que enseña a coser pelotas a los presos para que no vuelvan a caer

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La historia del hombre que enseña a coser pelotas a los presos para que no vuelvan a caer


Texto de Micaela Urdinez

17 de octubre de 2026

El proceso de fabricación de pelotas de fútbol tiene varias etapas. Primero, hay que conseguir los rollos de material sintético para el exterior y sumarles diseños, logotipos y colores mediante la impresión digital o la sublimación con calor. Más tarde, llega el momento del troquelado, donde una máquina corta el material en figuras geométricas precisas, que por lo general suman un total de 32 paneles (12 pentágonos y 20 hexágonos). Existen tres métodos principales para unir esas piezas: el cosido a máquina, el cosido a mano y el termosellado. En el cosido a mano, hay que empezar por agrupar los hexágonos y pentágonos con la forma que se quiere dar. Luego los artesanos cosen al revés, uniendo las piezas por los bordes desde el interior del balón usando un punzón e hilo de nylon de alta resistencia. Es importante dejar el último gajo abierto. A través de esa pequeña abertura se invierte la pelota (se le da la vuelta) para que las costuras queden hacia dentro y se introduce la cámara de látex o butilo con su válvula de inflado. Por último, se termina de coser a mano el último panel restante para sellar por completo la esfera. Todo esto no lo sabía Martín Herrero cuando, siendo un empresario, marido y padre de cinco hijos, se fue a vivir a Trenque Lauquen. Todo esto no lo sabía, pero lo tuvo que aprender para salvar a otros y salvarse a él mismo.

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Siempre fue muy futbolero, hincha de River. Nació en Salazar, un pueblo de 2500 habitantes de la provincia de Buenos Aires, donde jugó en la Liga de Tres Lomas. Cuando a sus 18 años se fue a vivir a la ciudad de La Plata, iba a la cancha a ver a su River adorado y a Gimnasia. A fines de 2000, Martín volvió a sus pagos y se instaló con su familia en una quinta en Trenque Lauquen. No era una época fácil. Se había quedado sin trabajo y no la estaba pasando bien. Con 30 años, jugó en algunos torneos comerciales hasta que las lesiones lo hicieron retirarse. Desde ese momento, pensó que su vínculo con el fútbol sería mirar partidos por televisión. Pero no. Quince años más tarde, fundaría El Pase, una cooperativa social de inclusión laboral que ya capacitó a 165 personas privadas de su libertad a través de la fabricación de pelotas artesanales y que, a su vez, las ayudó a sanar sus heridas más profundas.

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Él sabía de heridas. Quizás por eso, cuando por el 2000 empezó a visitar el hogar de chicos menores con problemas penales que estaba enfrente de su casa, un poco se vio a él mismo. Eran adolescentes que estaban ingresados por robo o causas leves, pero que, sobre todo, tenían problemas asistenciales como no tener padre, madre o contención familiar. Se identificó con sus historias, con sus flagelos y tuvo la urgencia de hacer algo para que ellos no tuvieran que pasar las mismas cosas que había pasado él. “Vi que eran chicos de entre 12 y 17 años que tenían historias rotas, quebradas, de abandono, de abusos, infancias muy duras. Y me dio la sensación de que ahí estaba viendo su futuro. Empecé a tomar conciencia de cuánto teníamos para trabajar para evitar que llegaran a ese sufrimiento donde de verdad padecen y sobreviven. Cuando se cerró el hogar, a muchos tuvimos que llevarlos a los lugares de donde venían. Y ahí pude ver muchísima precariedad y vulnerabilidad. Y pensé: ‘¿Qué va a ser de estos chicos?’ Bueno, con los años, a algunos de ellos los vi presos.

El adentro y el afuera. Arriba, Martín supervisa con Francisco (uno de los internos) el proceso de fabricación de las pelotas; abajo, ingresa al penal para compartir mates y facturas con aquellos que están privados de su libertad e invitarlos a El Pase

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“Martín es como un padre para mí”. “Cuando Martín estudia a la persona ya sabe qué es lo que puede llegar a hacer y lo que no. Él te da una oportunidad no solamente para salir de estar preso sino para que se abra una puerta a otra vida. Lo primero que recibí fue apoyo, una contención, un oído. Capaz que no te escucharon en tu vida y en El Pase tenés una persona que te va a escuchar. Te llegan los abrazos que no te dieron tampoco.” “Es un ángel que tiene esa paciencia, ese amor para tratarme, para hacerme ver alguna equivocación que tengo, para no aumentar las cosas que me duelen y que encenderían llamas en mí”. “Acá aprendí a gestionar mis emociones”. Eso dicen algunos de los jóvenes que están actualmente en El Pase o que transitaron por ahí.

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Martín dice que antes de ingresar en una cárcel, no pensaba en los que estaban presos. No estaban en su radar. Un sacerdote, el padre Pedro, le pidió en 2007 que lo acompañara a la Unidad 20 de Trenque Lauquen, a un espacio de la pastoral carcelaria en el que se juntaban algunos pocos internos a conversar con una monja, tomar mate y comer unas facturas. -Veo la cárcel y veo que a mí no me tocó, pero me podría haber tocado. Si bien a mí no me faltó la libertad ambulatoria, podía medianamente entender de qué se trataba. -¿Qué pilares tuviste vos para no caer? -La familia, la robustez de una esposa que me acompañó sin claudicar, hijos y, en un determinado momento, a Columna, un movimiento de la iglesia católica que fue muy importante. Siento que fue una soga que me tiraron del cielo y ahí me agarré. -Cuando entraste las primeras veces en la cárcel, ¿con qué te encontraste adentro que era distinto de lo que pensabas? -Vi que la cárcel es el lugar más fácil donde trabajar con lo emocional porque el que cayó preso casi que tocó fondo. Si estaba ahí sentado con nosotros es porque quería resurgir o quería salir a la superficie. Yo creo que la sociedad tiene que involucrarse y conocer qué hay detrás de lo que vemos. Porque todos los chicos tienen una historia, todos tienen un pasado. Y no todos tenemos la misma suerte de nacer en un espacio con amor. Nadie elige dónde nacer, entonces hay que entender que a quien está hoy haciendo algo que no está bien, le pasó algo. Hoy, podemos llegar a ser 25 o 30 los que nos juntamos a charlar. Y en un penal de 150 personas estamos hablando de aproximadamente un 15% de la población que decide otra cosa.

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En algún momento, se dio cuenta de que con dos horas a la semana, la diferencia que podía hacer con quienes estaban presos era poca. Intentó llevar a algunos a trabajar a su empresa de aberturas y la idea no funcionó del todo. Ahí, la epifanía: “Tengo que crear una empresa solo para ellos y esa empresa tiene que fabricar un producto para vender”. El camino se fue construyendo.“Había que fortalecerlos en habilidades blandas, en entender de la cultura del esfuerzo, en el cambio de hábitos, en trabajar el compromiso. Es parte del proceso de identificar que alguien confía en vos y entonces empezar a confiar en vos mismo. Los veía tan quebrados, tan hijos del desamor. Y creo que un abrazo o una mirada es tan importante porque puede ser el inicio de una nueva etapa”, repasa. Estuvo tres años pensando qué producto hacer. Un día de 2010 durante un retiro que hizo en la cárcel de San Nicolás, descubrió que el cura Damián Vidano tenía unas máquinas con una forma esférica. Cuando le preguntó para qué eran, le contó que hacía pelotas con los chicos del barrio y las vendían. “Me explotó la cabeza. De ahí sale la idea de la pelota, es un plagio total”, dice entre risas. La decisión estaba tomada, pero no sabía que iba a tardar cinco años más para poder ponerla en marcha.

Aprender de compromiso, de trabajo y de responsabilidad. El foco de El Pase no está puesto en la capacitación técnica de cómo coser una pelota sino en las habilidades blandas que los prepare para la libertad; “Acá hay códigos, hay límites, hay normas, hay trabajo de equipo, hay un montón de otras cosas que no suceden en la cárcel”, dice Martín

“Los ves tan quebrados, tan hijos del desamor. Venían de lugares de muchísima precariedad, no tenían contención familiar. Si no se revierten esas historias, terminan presos. No todos tenemos la misma suerte de nacer en un espacio con afecto”

Martín Herrero, fundador de El Pase

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Una planta industrial grande de la Argentina tiene una producción mensual estimada de entre 40.000 y 50.000 pelotas de fútbol. En el galpón de 10x10 metros que Cáritas le prestó a Martín para que arrancara con su proyecto, se producen alrededor de 200 pelotas por mes que se venden a empresas y clubes. “Recién abrimos en 2015. Cuando comenzamos, hacíamos pelotas vulcanizadas, pegadas y que no se podían cabecear porque eran re duras. Hasta que logramos una pelota cosida. Y lo interesante es que fue un chico que salió del penal a El Pase el que buscó cómo hacer una pelota cosida. Y él fue importantísimo. Hoy, cómo se cose una pelota bien artesanal es un conocimiento que tienen los chicos que salen a El Pase y que se lo van a pasando a otros nuevos”, cuenta.

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Tiene 57 años y si no fuera porque está vestido de civil (remera blanca, campera azul abierta y jean) podría pasar por un cura. Es de los que abraza largo, sin prisa, de los que mira a los ojos y hace las preguntas difíciles, de los que siempre tiene el consejo justo para dar. Todos los días, Martín se acerca a El Pase a charlar con los chicos, a sentarse un rato frente a la computadora que tiene en un rincón a repasar pedidos y entregas, a compartir el almuerzo. Para él, la pelota es una excusa para escarbar más profundo. “Lo que queremos es que los chicos entiendan que están presos por las decisiones que tomaron. Y buscamos que cuando queden en libertad no sea un mero cruzar la barrera sino poder lograr que no entren en esa calesita que los vuelve a depositar en la cárcel. Si reconocen sus errores, si quieren otra vida, ya es un gran paso. Para abastecer un mercado que en su demanda supera a lo que nosotros podemos producir, necesitamos que también se cosan pelotas en la cárcel. Y esto viene muy bien en este proceso de ganarse las cosas con esfuerzo. Coser una pelota requiere de un esfuerzo importante porque son 32 gajos que se unen uno por uno con hexágonos y pentágonos”, afirma.

El Pase, de lunes a sábado. Para que el juez acceda al pedido de salida laboral, los internos tienen que reunir diversos requisitos; ellos entran y salen solos al centro de Trenque Lauquen, sin ningún tipo de seguridad; Martín y su equipo van haciendo un trabajo cuerpo a cuerpo

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Nació en Pehuajó en una familia que se fue rompiendo de a poco. A los 13 años, Luis Gopar empezó a consumir. A los 30, perdió su libertad. Y en la cárcel, conoció a El Pase, un espacio que cambió su destino: “Me enseñó a trabajar, me enseñó de compañerismo, aprendí a dar amor, aprendí la honestidad, la humildad, el respeto, la constancia, el sacrificio. El Pase me devolvió la vida, volví a nacer”. Dice que no es el mismo que hace dos años. Hoy, está en libertad y trabaja como peón en la Estancia Las Elenas, ocupándose de las vacas. -¿Qué se siente al saber que hay gente que confía en vos? -Se siente algo agradable, genial. Martín confió en mí. Estuve un año y medio en El Pase pedaleando 20 kilómetros de lunes a sábado en la tierra, con lluvia, viento, calor, frío. Ese fue el proceso que me hizo fuerte. -¿Cómo te imaginás tu vida en 10 años? -Tener mi casa y ser experto en vacas, aprender bien el oficio y tener el diploma de la secundaria pegado en la pared. Que mi hijo sea feliz. Vivir en paz.

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Para definir a Martín, Rafael Brandes –amigo personal y colaborador de El Pase– elige decir que es una molestia. Una molestia porque siempre está haciendo demasiadas cosas que a el otro lo hace quedar “chiquito” en el terreno del dar. Una molestia porque es imposible seguirlo. Su familia es la dueña de la Estancia Las Elenas y es quien le dio trabajo a Luis Gopar una vez que salió en libertad. –Un día me cuenta su idea de hacer esta fábrica de pelotas para trabajar con los presos. Y yo le dije: “Martín, vos estás del tomate. Los presos que se pudran en la cárcel, por algo están ahí”. Y a partir de este proyecto me demostró cómo se rompen los prejuicios y uno empieza a ver al ser humano. A ver que estos chicos primero son víctimas de familias con desamor, de adicciones, de violencia. Uno se pone en ese lugar y dice: “Seguro yo hubiera caído en la misma o peor”. Entonces eso me hace dar cuenta de que yo tuve suerte. Él mismo se considera un estafador. Dice que en la interacción con los internos que asisten a El Pase, él siempre gana más de lo que da. En el caso de Luis, lo emociona verlo tan comprometido, con tantas ganas y haber podido darle una oportunidad laboral. -¿Qué le dirías a otros empresarios que no se animan a contratar a personas que estuvieron presas? -Que se acerquen a El Pase. Y que no tengan miedo porque los que salen de ahí vienen con una preparación, con un cambio de cabeza, de hábito. Y hay que aprovecharlo porque además es multiplicador. -Decías antes que vos habías tenido la suerte de nacer en un lugar y capaz que Luis y otros no. ¿Sentís que tenés una responsabilidad social por eso? -Sí. Yo arranqué el partido ganando 10 a 0. ¿Qué hago con esto? Y bueno, trato de ser consecuente y de multiplicarlo. La verdad es que cuando uno abre la mirada y ve otras realidades, está bueno poder compartir y contagiar. Y siempre es desde el amor.

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Toca un par de botones. Acomoda la remera color rosa en la máquina, la cierra y espera unos segundos hasta que esté listo el estampado. Brisa Galiano y otras cuatro mujeres se dividen las tareas en el taller textil de El Pase que funciona en el mismo galpón que el de pelotas. Una corta las telas, otra embolsa, otra hace grabados. Están preparando un pedido grande para un evento de prevención del cáncer de mama. “El taller textil apunta a la prevención porque empezamos a trabajar con madres que tal vez pueden ser las hijas, las hermanas, las esposas de los que están hoy en El Pase. Y son chicas que también vienen de instituciones que trabajan con la vulnerabilidad y tienen hijos. Y bueno, acompañamos esa crianza, no solo a la mamá, sino también a su hijo. Lo que queremos es que ese chiquito crezca en un lugar donde, mientras la mamá está trabajando, tenga una plaza de juegos, pueda tocar un instrumento, hacer arte, aprender tecnología, tener apoyo escolar. Siento que ahí se empiezan a desmadrar las situaciones de vulnerabilidad”, explica Martín. Brisa es madre soltera. Al mediodía, sale del taller y va a buscar en moto a sus tres hijos a un espacio de apoyo escolar. Los lleva hasta su casa, los cambia, les da algo de comer, les prepara la mochila y los lleva a la escuela. “En El Pase aprendí a usar la bordadora, a estampar, a cortar las telas. Aprendí muchas cosas, muchos valores y lo que es el compañerismo, porque yo no estaba acostumbrada a estar con personas. Lo más importante es la parte emocional porque vos estás mal, vas a El Pase y ya estás bien. Aparte de un trabajo, es un lugar de contención”, dice.

Transformar vidas. A la izquierda, Luis Gopar va a encerrar a las vacas en el establecimiento Las Elenas en el que trabaja desde que quedó en libertad; a la derecha, Brisa Galiano corta remeras en el taller textil de El Pase, un lugar que no solo le da estabilidad laboral sino que la acompaña para poder sostener mejor la crianza de sus hijos y evitar que caigan en el delito

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Para que el juez acceda al pedido de salida laboral a El Pase, los internos tienen que reunir diversos requisitos. Ellos entran y salen solos al centro de Trenque Lauquen, sin ningún tipo de seguridad. Allí, Martín y su equipo van haciendo un trabajo cuerpo a cuerpo. “Muchas veces tienen que sacarse el chip carcelario e instalarse un chip totalmente diferente porque acá hay códigos, hay límites, hay normas, hay trabajo de equipo, hay un montón de otras cosas que no suceden en la cárcel, y después tienen que volver a meterse presos. Empiezan a entender que lo que les pasó no los define sino que los define lo que hacen con eso que les pasó.”, señala. En el medio, hay fracasos, hay tropiezos, pero Martín dice que no se frustra. Tiene muy en claro que su misión es poner lo mejor de sí, sembrar una semilla que puede brotar a no. Él hace su parte, lo demás depende de ellos. Cuando las cosas no salen como él esperaba, sufre. Le duele. Pero después, algunos de los que salieron, que están bien y tienen trabajo, pasan a tomar unos mates y todo cobra sentido. “Ellos están muy agradecidos. Y son los que invitan a los que están presos en este momento a no aflojar. Les dicen que no es fácil, pero que vale la pena ir por este nuevo camino”, cuenta. Habla del amor. Habla de la empatía. Habla de salir del metro cuadrado e ir a conocer otras realidades. Habla de llegar a tiempo. Habla de prevención. Habla de apostar por los demás. “A mí muchas veces me dicen, ‘vos estás loco, acompañando a esa gente que no se lo merece’. Y yo les digo: ‘Pensalo diferente, tal vez si esa persona sale de la misma manera pueda volver a entrar en tu casa o pueda hacer algo que te pueda dañar. Si pasa por El Pase, tal vez, cambie de rumbo”, agrega Martín.

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-¿Cuál es el próximo sueño a futuro? -Estoy enfocado en construir un edificio nuevo, donde funcione la fábrica de pelotas, el taller textil y donde también haya espacios para los niños. El lugar ya lo tenemos y queremos desarrollar otras unidades de negocios. Yo sueño con que El Pase sea una escuela de formación de habilidades blandas, no solo técnicas. Y que podamos también sostener este sueño de tener una mamá que está cosiendo tranquila en el taller mientras su hijo está participando de algún taller. Además estamos pensando en desarrollar módulos habitacionales que se van a construir ahí. -¿Qué es lo que más te preocupa hoy? -A mí lo que me desespera no son los 25 pibes que están yendo a la reunión en la cárcel, sino los 100 que todavía no van. Pienso estrategias como, tal vez, ir a la celda a buscarlos en vez de esperar a que vengan. La realidad es que, en muchos casos, la cárcel es una escuela de formación de delincuentes. Yo lo que me pregunto es por qué no hay una decisión política de aplicar este programa o los otros que funcionan como Los Espartanos en cada unidad carcelaria. ¿No bajaríamos el índice de reincidencia? ¿No sería más seguro para la sociedad también? Lo que tendríamos que hacer es ir al hueso de la emoción para reparar el daño de ese pibe porque está probado que el gesto de amor es el que te transforma y es efectivo.

Darle a los presos una segunda oportunidad .
Martín Herrero creó una cooperativa que fabrica pelotas artesanales para que los internos encuentren un propósito y puedan proyectar una nueva vida en libertad

Cómo colaborar:

Las personas que quieran colaborar para la construcción de un nuevo predio de El Pase pueden donar al alias elpase o comunicarse con Martín Herrero al +54 9 2392 49-4528

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