Amalia Amoedo: "El arte es mi refugio"

Cuando Amalia Amoedo era una nena se sentó frente a Antonio Berni, uno de los pintores más importantes de Argentina, para que le hiciera un retrato que hoy forma parte de la Colección AMALITA en Puerto Madero.
Ahora, que ya es toda una mujer hecha y derecha, se sienta con las piernas cruzadas (siempre se las halagan) posando para el fotógrafo vestida con un Valentino estampado en rojos y rosas con plumas, unas sandalias fucsias altas con tiras de Bottega Veneta y un par de aros de Saint Laurent.

Tiene ese glamour innato que no pasa inadvertido nunca, ni siquiera cuando anda descalza en jean y musculosa por los jardines de su casa en San Isidro, donde cada pared, cada rincón (e incluso el techo) es una obra de arte. Fue su hermano Alejandro Bengolea quien le regaló su primera obra: una colorida pintura de Gachi Hasper que aún conserva.
En el subsuelo atesora su propia colección de arte latinoamericano contemporáneo con más de 800 piezas. Amalia es arte, ya se sabe, pero también es estilo. Un destino que tiene mucho en común con su abuela Amalia Lacroze de Fortabat, una de las más grandes coleccionistas argentinas, musa de Gino Bogani y otros grandes nombres de la alta costura internacional.
Capricorniana y siempre activa, mamá de Isabella y Angelina y también abuela, “Ama” (como todos la llaman en el mundo del arte y también sus amigos) no para ni siquiera cuando para. Con humor, dice que vive en “velocidad extrema”. Preside la Fundación Ama Amoedo con un programa de residencias artísticas con sede en la Casa Neptuna (obra del artista total Edgardo Giménez) en José Ignacio, Uruguay.
Se ocupa junto a su familia de Colección AMALITA, el impresionante museo obra del arquitecto uruguayo Rafael Viñoly que mandó construir su abuela donde se exhibe parte de la colección familiar. Todavía hay más: es la gran mecenas argentina de los nuevos artistas, quienes la consideran una “hada madrina”. En el 2024 fue declarada Personalidad destacada de la cultura de la ciudad de Buenos Aires.
Su propio arte también ocupa su agenda. En estos momentos, expone entre Dos lunas en Ungallery de La Boca hasta el 18 de octubre.

La lista de obligaciones de Amalia Amoedo no termina: integra los comités consultivos de instituciones como Americas Society, el Pompidou y el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA).
A pesar de tanta exposición, cultiva el bajo perfil y brinda pocas entrevistas. La última fue para Vogue Latinoamérica. Y ahora es, finalmente, turno de Viva.
-¿Qué recordás de ese momento en que Berni te pintó?
-Cuando tenía 3 años, mi mamá, Inés, le encargó a Berni que me hiciera un retrato. Si bien casi no tengo recuerdo de ese momento, cuando miro esa pintura veo que hay algo en la mirada que él pudo captar en mí. O, incluso, que pudo captar antes que yo.
Tener este retrato pintado por uno de nuestros artistas más admirados es un verdadero privilegio. Ojalá algo de su mirada sobre mí, me haya transmitido al menos un poco de su compromiso con el arte. Fue la primera y única vez que me retrataron en pintura. ¡Y qué difícil debe haber sido mantenerme quieta tanto tiempo!
-¿Fue esa experiencia de alguna manera tu primer contacto con el arte?
-Con el arte estoy en contacto desde antes de tener memoria (risas). Estaba muy presente en mi casa y también en la casa de mi abuela, en las paredes y en los libros.
Tengo muchos recuerdos de mirar libros de arte con mi abuela, de ver catálogos de subastas, de que el arte siempre esté de alguna manera, unido a la vida cotidiana. También recuerdo que al viajar, visitábamos museos, galerías, e íbamos a ver obras: algo infaltable.

-¿Alguna vez sentiste que dedicarte al arte era una “obligación” o un mandato familiar?
-No, por el contrario, encuentro que mi conexión con el arte es genuina, es un refugio. Tengo claro que es lo que realmente me apasiona, y siento que en mi casa siempre tuve la libertad de poder elegir mi propio camino. Tampoco hubo una expectativa familiar de que me dedicara al coleccionismo o al arte.
Si me preguntás por la filantropía, ahí te diría que no tuve la presión de un mandato o de expectativas de los otros, pero personalmente siento una gran responsabilidad. Encuentro sentido en estar presente para quienes me rodean. Me interesa ayudar a los demás, potenciar proyectos, fortalecer iniciativas sociales que incluyen temas de salud, de infancias y por supuesto, del arte.
-¿Quién te abre este camino del arte en tu vida?
-Mi hermano Alejandro Bengolea. Me enseñó muchísimo. Él era coleccionista de arte contemporáneo argentino, y estaba muy cerca de los artistas. Justamente, quien lo asesoraba era nada más y nada menos que el curador Marcelo Pacheco.
Ahora en Colección AMALITA hay una muestra sobre la colección particular de Pacheco, y es muy emocionante que se estén mostrando en el museo que fundó mi abuela, Amalia Lacroze de Fortabat. Mi hermano me llevaba con él a talleres y muestras en galerías. Me hizo conocer a muchos artistas que hoy colecciono y admiro.
Justamente, la primera obra de mi propia colección fue una pintura de Gachi Hasper que me regaló Alejandro cuando yo tenía 19 años. Este año, 2026, se cumplen 30 años desde que comencé mi colección. Hoy cuenta con más de 800 obras que incluyen arte argentino y latinoamericano.

-¿Cuándo decidiste ser artista?
-A los seis o siete años ya pintaba y dibujaba todo el tiempo. Después se fueron sumando la actuación, el canto y, claro, más pintura. Siento que son distintos caminos para la misma búsqueda artística. En 2017 publiqué Cruz del sur (editorial Mansalva), un libro de poesía. Siempre tuve esa necesidad de probar distintos lenguajes, de buscar nuevas maneras de expresarme.
Creo que mi vínculo con el arte tiene mucho que ver con la sensibilidad y con la curiosidad. Ahora, cuando miro las pinturas y los videos que están en mi muestra titulada entre Dos lunas en Ungallery, los conecto con recuerdos de mi infancia.
-¿Sentirte tan cómoda en el mundo del arte es una cuestión de afinidades y de sensibilidad más allá de la clase social?
-Creo que quienes formamos parte de este mundo sabemos que puede ser maravilloso, pero también muy intimidante y, a veces, algo hostil. Algo fundamental es quiénes te acompañan. Cuando uno piensa desde afuera en el mundo del arte puede imaginar algo snob o lleno de prejuicios, pero en mi experiencia me encontré con personas alucinantes y con las que hoy tengo una verdadera amistad.
-A principios de los ‘90 estuviste muy cerca del mundo del rock, sobre todo de Babasónicos. ¿Te atrae el mundo del rock, sentís que ahí hay experiencias para vivir que no te las da ningún otro mundo?
-Sí, me divertía mucho estar cerca de ese mundo. A los 17 años era bastante habitué de Cemento, sobre todo cuando tocaba Babasónicos. Era una época muy creativa, muy libre. Me encantaba esa energía.
Hoy sigo yendo muy seguido a recitales y es algo que me fascina hacer con mis hijas. Mi abuela y mi mamá siempre me decían que había que tener calle y boulevard. Creo que el rock fue, de alguna manera, parte de esa calle.

-Cuando se tiene tanto arte de excelencia, hay piezas que se convierten en favoritas: ¿Podrías nombrarme las tres que tienen mayor significado para vos? ¿A qué artistas argentinos seguís más de cerca en la actualidad?
-Es muy difícil nombrar las piezas más significativas, todas son importantes de distintas formas. Puedo mencionar un nuevo capítulo en mi colección que se abrió este año con la adquisición de Monitor Yin Yang, la instalación de Matías Duville que representa a la Argentina en la Bienal de Venecia.
Es un paisaje transitable de sal y carbón, sobre el que despliegan dibujos que recuerdan espacios alejados de la civilización. Es una obra monumental y enormemente hermosa. Una particularidad es que se destruye luego de la exhibición y hay que volver a montarla desde cero en cada nuevo espacio.
También hay obras muy significativas por el valor afectivo que tienen en mi familia, como el Mueble de la Piedra (1967) de Edgardo Giménez, Corazón y moño (1964) de Delia Cancela; o las obras de Jorge Gumier Maier, Marcelo Pombo y Feliciano Centurión, con las que convivimos. Adoro verlas todos los días.
-¿Sentís que protegés a los artistas y por eso te llaman “el hada madrina”?
-Más que proteger, me gusta acompañar. Para mí es muy importante estar cerca de los artistas, escucharlos, conocer sus procesos y entender qué necesitan. Mi rol es aportar a la concreción de los proyectos. Ese momento en que una idea se materializa y empieza a existir en el mundo real es, para mí, uno de los aspectos más gratificantes del trabajo.
Lo de “hada madrina” me causa mucha gracia. Me lo dijo Edgardo Giménez en un video que se proyectó cuando me entregaron el reconocimiento a Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires: me encantó.

-¿Cuál es la relación con el arte de tu familia, qué aprendieron tus hijas que se criaron en un mundo de artistas?
-Mis hijas tienen más cercanía al universo de la moda. Saben mucho de diseño, de tendencias y tienen un ojo alucinante para captar la moda del presente. De todas maneras, no quiero imponerles ningún camino.
-¿Cómo ves la situación del arte argentino?
-En cuanto a su calidad y creatividad, el arte argentino está en un gran momento. Una manera de verlo es a través de los premios y reconocimientos que reciben nuestros artistas en el mundo, como es el caso de Marta Minujín, que en los últimos años tuvo grandes retrospectivas en Estados Unidos y Europa, o la mención honorífica que recibió La Chola Poblete en la Bienal de Venecia de 2024, entre otros ejemplos.
En cuanto al mercado del arte, pienso que es importante acercar a nuevos públicos y compradores para que conozcan el trabajo de los artistas, y también cuidar a las instituciones que generan oportunidades para ellos.
-Viajás y ves arte y artistas por todo el mundo, ¿cuál es la particularidad del arte argentino, qué es lo que lo diferencia?
-El arte argentino tiene una energía única, es muy sincero y vibrante. Diría que eso es lo que lo distingue en el mundo. Hay mucho talento en el arte contemporáneo argentino, que a su vez se apoya en una tradición maravillosa de artistas visuales que crearon sus propias reglas y que es importante conocer y valorar.
Los artistas en la Argentina también tienen un gran sentido de comunidad. Se acompañan, dialogan, crecen juntos. Es algo que se puede ver a lo largo de las distintas generaciones, la camaradería, y siempre que es necesario, también hay mucha solidaridad.

-Fuiste la primera presidenta de ArteBA. ¿Qué lugar tiene la mujer en el arte como institución y como artista?
-En mi caso, crecí viendo a mujeres muy fuertes, independientes, y líderes, como fue mi abuela Amalia Lacroze de Fortabat. Esto era una excepción en la época, por supuesto, pero en lo personal me dio confianza. Las mujeres estuvieron siempre muy presentes en el mundo del arte, aunque no siempre fueron reconocidas.
La escultora Lola Mora, por ejemplo, tuvo que pelear muchísimo más que sus contemporáneos varones para que su obra pública fuera aceptada. Y hubo toda una generación de artistas que quedaron a la sombra de sus colegas, como Yente o Germaine Derbecq. Hoy su rol fundamental en el arte es cada vez más visible.
-No es fácil ser mujer y artista tampoco en este siglo.
-Sigue implicando un desafío particular: en general el reconocimiento llega tarde, hacia el final de la carrera o incluso en la vejez. Durante mucho tiempo, el lugar asignado fue el de “musa” o “pareja de”, relegando el trabajo propio a un segundo plano. Esa lógica empieza a modificarse, aunque todavía a un ritmo lento.
Hoy artistas de diferentes generaciones tienen presencia en muestras y en adquisiciones de museos, como por ejemplo: Diana Aisenberg, Adriana Bustos, Alejandra Seeber, Trinidad Metz Brea, La Chola Poblete y Nina Kunan.
Celebro las mujeres liderando instituciones, como en el caso de Adriana Rosenberg al frente de la Fundación Proa durante tantos años o más recientemente, Inés Katzenstein a cargo del área de arte latinoamericano del MoMA, o Victoria Noorthoorn dirigiendo el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

-Llegando a los 50 suele haber balances, ¿hiciste el tuyo?
-Me interesa justamente la palabra “balance”. Siempre pienso que en la vida lo fundamental es el equilibrio, ese punto medio que es tan difícil de lograr. Con los años, uno se da cuenta del valor de los vínculos verdaderos y sanos. También de cuidar el cuerpo, la energía, la salud.
Lo que más valoro es haber tenido continuidad en lo que me apasiona, que es el arte. Este año, además de mis primeros 50 (risas), celebro los primeros cinco años de la Fundación Ama Amoedo, que me ha dado muchas satisfacciones y que está colaborando a que el arte argentino en el mundo tenga cada vez un rol más relevante.
-Citás a Edgardo Giménez cuando dice “El arte te salva”: ¿de qué te salvó a vos?
-Me ayudó a no querer parecerme a nadie. También fue una gran compañía en momentos difíciles y pérdidas de seres queridos. Me conectó con personas maravillosas y me enseñó a mirar el mundo de otra manera. Creo que el arte me salvó de tomarme la vida demasiado en serio (risas).
-¿Tenés libros de cabecera, disciplinas como el yoga u otras, creencias?
-Tengo el hábito de entrenar tres veces por semana y de hacer yoga. Me hace muy bien hacer actividad física, me pone en eje. Estudié astrología durante varios años y siempre la incorporo en mi día a día.
-¿Y tenés apoyos espirituales?
-Soy una persona creyente. Lo espiritual es muy importante para mí. Desde agradecer y rezar, hasta conectarme con cosas que me hagan bien en lo energético. Utilizo piedras y cristales y siempre tengo persones y aromas, que me ayudan desde lo sensorial. Me renueva la naturaleza: estar cerca del mar, de plantas y flores. Son mi cable a tierra para bajar un poco el ritmo.

-¿Cómo es Amalia Amoedo fuera del arte?
-Soy bastante más simple de lo que quizás se imaginan (risas). Me gusta estar con mi familia y mis amigos. Soy una persona muy sociable, que disfruta el encuentro con las personas, pero a su vez, amo estar sola y encontrar espacios de silencio y quietud. Me gusta estar en mi taller, pintar, escuchar música. Y a su vez, me apasiona el cine.
-Disfrutás la vida en familia. Viajás con tus hijas, ¿cómo es esta relación de mujeres empoderadas?
-Es una relación maravillosa. Mis hijas tienen mucha personalidad, son independientes y sensibles. Viajamos, compartimos muchísimo, nos divertimos, también nos peleamos a veces, como en cualquier familia! (risas).
Pero sobre todo, siento que somos muy unidas. Tengo tatuado tres corazones en el tobillo por este vínculo que tenemos entre las tres. Disfruto de verlas crecer, madurar y construir sus propios caminos como mujeres.
-¿Y cómo fue tu vida como nieta, qué aprendiste de la otra Amalia?
-Era una mujer brillante, con una personalidad fuerte, muy leonina. Mi abuela era muy curiosa y si te veía con potencial, te generaba mucha confianza. Siempre me inculcó el animarme a hacer las cosas a mi manera. Y, sobre todo, me enseñó que cuando algo te apasiona, hay que comprometerse de verdad.
-Sos una mujer con estilo, ¿qué importancia le das a la moda en tu vida?
-Valoro mucho el diseño argentino y también algunos diseñadores de afuera. De Argentina me gustan Gino Bogani, Jazmín Chebar y la nueva camada de diseñadores jóvenes. De afuera miro mucho Loewe, Balenciaga y el nuevo giro que le está dando Matthieu Blazy, el nuevo diseñador de Chanel a la marca.

-¿Estás más cerca de la alta costura o de un jogging con chinelas Gucci?
-Hoy por hoy, ¡ambas! Me siento muy feliz de usar un jean con chatitas y una remera de algodón, y también me encanta ponerme un vestido largo con plumas y tacos. Y aunque no lo creas, cuando estoy en mi casa amo estar descalza.
-¿Qué opinión te merece la relación entre la moda y el arte?
-Celebro cuando las marcas y los artistas colaboran. Algunas ya son emblemáticas, como la de Yayoi Kusama y Louis Vuitton. Me parece que potencia ambas disciplinas y que en general, siempre se logra algo fabuloso.
En su momento, participé como modelo de la colaboración entre Ay not Dead y la artista Paola Vega, y también elegí muchas prendas de la colección de Edgardo Giménez para Jazmín Chebar. Ojalá haya cada vez más de estos cruces.
-Todos tenemos un deseo, un objetivo, algo que anhelamos. ¿Te animás a confesar qué es lo que quiere Amalia Amoedo?
-Quiero seguir trabajando para que el arte argentino y latinoamericano tenga cada vez mayor reconocimiento en el mundo.

“entre Dos lunas”, la nueva muestra
La exposición entre Dos lunas, que puede visitarse en Ungallery de La Boca hasta el 18 de octubre, es la cuarta muestra individual de Ama Amoedo. Con curaduría de Pabli Stein, el conjunto de obras que la integran parte de las prácticas cotidianas que conviven en el taller de Amoedo: la pintura, la poesía y los rituales.
La exploración de las relaciones entre estos tres mundos dio lugar a una selección que se despliega en la sala a través de 15 pinturas, un video a dos canales y una publicación. La sinestesia, la creatividad, el tránsito entre estados y los recuerdos son elementos presentes en el trabajo de Ama.
En esta ocasión, la artista parte de la evocación del patinaje sobre hielo, una práctica vinculada con su infancia, que convierte en un lenguaje visual y gestual a través de la pintura, el video, el sonido y el texto en la sala.
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