Ir por el conurbano en moto: una ruleta rusa con el tambor siempre lleno

La mitad de las motos robadas en todo el país se roban en el conurbano. Unos pocos municipios concentran y afectan a otros que hacen “lo que pueden”. Nos despertamos cada día con casos que compiten en salvajismo. Los medios los presentan casi como un entretenimiento macabro, pero las pantallas no transmiten el dolor real que generan.
En los últimos años, andar en moto por el Área Metropolitana de Buenos Aires se ha convertido en una especie de juego de la ruleta rusa donde el tambor siempre tiene balas. Sumado a los riesgos inherentes de circular en moto, tenemos récords de ventas de motos y al mismo tiempo padecemos récords de robos de motos y en moto, siendo tristemente reconocidos en el mundo por su extrema violencia.
El delito se mueve en moto. Basta con ver aleatoriamente casos de inseguridad en el conurbano: recurrentemente hay motos involucradas, frecuentemente con menores de edad que apenas se pueden subir a ellas para manejarlas, especialmente cuando se llevan vehículos de gran cilindrada.
Terminamos limitando recorridos, evitando ciertas zonas, horarios o directamente dejando de usar la moto para no quedar expuestos. Es una pérdida de libertad irónica, considerando que la moto es el símbolo de la libertad por excelencia. Circulamos en un estado de indefensión absoluta: motochorros disparan cobardemente y sin importarles dónde terminan los tiros; el único límite es el costo de las balas. Nos acostumbramos a no poder andar en moto tranquilos.
Hablo desde la experiencia, no desde la teoría: en un solo año sufrí seis intentos de robo. Me persiguieron, me tiraron de la moto en movimiento, me encerraron, me dispararon y fallaron... hasta que un día, en un lugar supuestamente “seguro”, a plena luz del día y frente a decenas de personas, sin que ofreciera resistencia, esa vez no fallaron. Mi suerte se agotó: me dispararon a quemarropa a 30 centímetros de distancia; la bala entró justo por debajo del diafragma. Estaba a una semana de vender la moto. No debería haber sobrevivido. Y esta nota no existiría, aunque eso no hubiese hecho desaparecer esta dramática problemática para miles de ciudadanos.
Debido a los asaltos de motochorros, cada vez más violentos, cada vez más frecuentes, normalizamos:
Es común ver durante los fines de semana, al costado de las rutas, reuniones de motociclistas haciendo acrobacias con motos sin patente y ellos sin cascos, con escapes libres y llamativas motos de alta gama de dudosa procedencia.
El destino de una moto robada es variado; dependiendo del tipo de moto puede ser:
Los controles parecen diseñados para la recaudación y no para la prevención: se ubican estratégicamente en zonas visibles para multar una VTV vencida, mientras que a pocas cuadras de los retenes se ven motochorros robando frente a cámaras de seguridad que, en muchos casos, están de adorno. Curiosamente, las cámaras de fotomultas parecen funcionar todas.
Un influencer se filma manejando sin cinturón de seguridad y se lo sanciona de inmediato, mientras que en las mismas redes sociales vemos caravanas de motochorros robando los conos de los controles policiales.
En las redes sociales están las motos que nos roban prendidas fuego, fundidas y arrojadas a una zanja en medio de una despedida “tumbera”, con disparos al aire frente a murales de delincuentes abatidos.
Robar es un “trabajo” para ellos; las armas y las motos son las herramientas. Las motos robadas “son trofeos” y matar “un mérito” (marginalidad aspiracional, la verdadera batalla cultural).
Es un sistema perverso que castiga al que hace las cosas bien.
Es increíble cómo nos acostumbramos a esta locura, pero lo peor es que nos acostumbramos a la inoperancia de las autoridades y a estar cada vez peor.
Basta de eslóganes: menos marketing, más sentido común. Se puede revertir la situación sin grandes recursos (otros países lo han hecho); no hay que inventar la pólvora.
Para hacerlo necesitamos:
“Por la inseguridad también se vota”. Municipios, la Provincia y la Nación tienen que gestionar en lugar de echarse culpas y eludir responsabilidades o especular políticamente con nuestra seguridad.
Si los responsables de nuestra seguridad no están a la altura para protegernos, que renuncien. No podemos seguir acostumbrándonos a vivir con el miedo como copiloto.
Ah… a los que me dispararon nunca los agarraron.
El autor del artículo de opinión sobrevivió al robo de su moto, en el que casi lo matan de un tiro; desde entonces, se convirtió en un referente público respecto de episodios de inseguridad sufridos por motociclistas.
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